“Viernes Santo en la memoria”, por Isabel María Ortiz y Belén Martínez

    El Viernes Santo está repleto de vivencias y emociones.  Se inicia en la tarde del Jueves Santo, que enlazada íntimamente con la madrugada, culmina en la tarde del viernes con muy pocas horas de intervalo en torno a las 3 de la tarde, la hora en que, según la tradición, murió Jesús en la cruz después de ser crucificado en el madero sobre el mediodía.

    Curiosamente es una hora sin pasos en la calle, sin penitentes, sin ruido. El Viernes Santo posee una quietud y un silencio únicos, de eso sabemos bien en la Hermandad del Santo Entierro.

    Después de una agitada noche, la ciudad duerme, son muchos los que viven la madrugada levantándose a una hora muy temprana. Con el sol ya muy alto una muchedumbre ingente se agolpa en el barrio de Santa María y en la ermita de la Fuensanta.

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    Con las puertas ya cerradas, reinaran el cansancio y el sosiego, recuperar fuerzas siquiera brevemente antes de que las calles vuelvan a conocer otros hábitos penitentes, otras cadencias costaleras, otro templo que abrirá sus puertas de par en par a las 7 y media de la tarde para continuar con la teoría Moronera de la Pasión de Cristo.

    Este año la tarde del viernes ha cambiado su fisionomía, la ciudad hoy es otra, otra será la luz y otro su semblante, el sol al que no estamos acostumbrados parece mortecino y como apagado.

    Plaza de Santa Ángela al filo de las 6 de la tarde, una agradable reunión se da por concluida y sus asistentes cuadrantes en mano se dirigen a su casa Hermandad y desde allí al templo que da cobijo a su capilla.

    El silencio se adensa, Don Mario, director espiritual, recuerda con emoción del supremo trance de Jesús y la plegaria en común y el rezo en voz alta hace vivir a los presentes una sensación honda y feliz.

    Esta es la liturgia no escrita ni prevista que la emoción del cofrade llena allí mismo de contenido y de fe profunda.

    La tarde del viernes volvemos a retomar el camino hacia el Gólgota, la Expiración de Cristo y los momentos posteriores hasta quedar María en su Soledad junto a la Cruz ya vacía.

    No quieras saber hermano qué se siente, cada uno de nosotros imprime forma y carácter propio a su Viernes Santo.

    Créanme si les digo que es precioso casi una cuarentena (este sí que lo es) de personas desarrollar sus esfuerzos todos a una misma vez.

    ¿Qué humana razón podía alcanzar que “todo” hubiese terminado en un completo “fracaso”?

    Son carencias que se pueden remediar, no son necesarias grandes obras colectivas, solo tenemos que poner los cimientos de la comprensión, de la ayuda mutua, de la entrega, como hacen calladamente muchos cofrades y no cofrades en hospitales, asilos y dispensarios sin que sepan sus nombres, ni de dónde casan sus fuerzas para hacer ese hermoso ejercicio de Caridad.

    La liturgia que puede resultar lejana, inteligible, fría y distante tiene que buscar un recuentro con la religiosidad de su pueblo, en una liturgia personal y colectiva que se enmarca en la limpidez del cielo, en las hechuras arquitectónicas de nuestra ciudad, la medida justa de nuestras calles para la cruz de Cristo o la su Madre.

    Una madre inundada de Angustias en un indecible dolor, tiene de nuevo a su hijo en su regazo, instante durísimo como aquel que sufre la pérdida de un ser querido.

    Son las doce de la noche. Nada queda por hacer, la Cruz ha quedado vacía, las sabanas que ayudaron al sagrado descendimiento quedan flotando al aire del crepúsculo, y a solas con su dolor, pero sin perder la Esperanza porque en su fuero interno puede vislumbrar que “esto” no puede acabar así.

    El ciclo cofrade no acaba aquí, el final es el punto de partida renovado cada año. Como dijo Jesús a Nicodemo: “Hay que nacer de nuevo”, ese es el cofrade renovado que afronta un nuevo año.

    Hoy la caridad lo mismo que la penitencia debe ser colectiva, será Cristo quien nos ayude en esta labor, como nos ayuda con nuestra cruz cada día, no solo la tarde del Viernes Santo, sino todo el año.

    Acaba de sonar la hora de mi cofradía, ya queda atrás todo lo vivido y lo que nos queda por vivir, desde hoy tu templo es mi casa, y “¡Señor no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme!”

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