“Todo es una gran mentira”, por José Carlos Valverde

    Hace unos meses escribí una columna sobre las intolerancias y las alergias alimenticias. Ayer, esa advertencia si me permitís la expresión, le tocó a mi familia.

    Una de las cosas que he sacado en conclusión es que, a quien le corresponde la responsabilidad de los enfermos, se está fumando un puro. No asume sus obligaciones porque no les interesan los enfermos, así de claro y directo, y sí el mercado que con ellos va relacionado. Olvídense de recortes y muletillas políticas y sociales. Lo digo absolutamente convencido.

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    Cuando era pequeño, en clase, había uno o dos compañeros que tenían problemas alérgicos. Igual era el esquimo o el polen, pero poco más. Y siempre ocurrían con la llegada de los “polvitos” de mayo tras el frío. Y no me vengan con cuentos ni milongas de que esto ha existido siempre. Porque no. Tengo 35 años y nunca he visto tantas y tantas alergias. Ahora es a la inversa y el raro, entiendan mi expresión, es aquel chico que no padece ningún tipo alergia. Interesante.

    Es un acierto (al menos eso nos queda como consuelo) que las empresas alimenticias den un paso al frente y creen productos para estas personas. Leche sin lactosa, bienes para celíacos, etc… Y ahora es relativamente fácil encontrarlos. Al final acaba uno dando las gracias. Pero eso no es más que un mero parche a favor de esta sociedad de consumo. Esos productos no son precisamente baratos. Y está claro que algo está fallando en el entorno cuando éste nos obliga a cambiar de forma radical nuestra forma de alimentación.

    Mi abuelo exponía que no era normal que un pollo o un cerdo engordaran en tan poco tiempo, y que tantos y tantos efectos, como pesticidas o remedios químicos, no serían buenos para la naturaleza a corto plazo. O para el campo, como él siempre decía. “La mayor verdad está en el campo”, afirmaba. Imagino que de seguir vivo me diría con su media sonrisilla: “¿Ves cómo tenía razón?” Y claro que la tenía…

    A principios del mes de noviembre, en un documental sobre el SIDA, escuché a un enfermo asegurar que no se curaría nunca, pero sí podría vivir una vida plena y longeva. Lo decía con ironía y tristeza, ya que a las industrias farmacéuticas, aseguraba, no les interesa crear un fármaco que erradicara la enfermedad por completo, y sí la dependencia de los enfermos a los medicamentos para poder continuar viviendo. Una especie de hipoteca sanitaria que garantiza la estabilidad económica de un determinado sector y el día a día del individuo. “Todo es una gran mentira”, cercioraba impotente.

    Algo estamos haciendo mal. O están haciendo mal. Yo ya no me trago el cuento. Porque, ¿y si en lugar de crear productos para los damnificados, estudian soluciones para que no existan estas enfermedades? Lo dudo mucho. Porque los intereses económicos están por encima de cualquier tipo de enfermedad. Por eso, como dijo aquel paciente: todo es una gran mentira.

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