Un total de 41 relatos se han presentado al IV Concurso de microrrelatos de terror de Morón Información

    Un año más desde Morón Información nos sentimos satisfechos con el resultado que ha tenido nuestra iniciativa cultural del Concurso de microrrelatos de terror coincidiendo con la festividad de Halloween, en el que este año han participado 41 personas. En concreto, se han presentado seis relatos a la categoría de local adulto; 33 a la de local infantil (que un año más es la más participativa gracias a la implicación de los profesores); y dos en la de no local.

    Así, este año los ganadores han sido:

    • Categoría local adulto: Justo Rodríguez con su relato “65 kilómetros de agonía”.
    • Categoría local infantil: Andrea Rodríguez (14 años) con su relato “Las vías del tren”.
    • Categoría no local: María Morado (Ferrol, A Coruña) con su relato “Querido diario”.
    moroninfo-mar17

    En este caso, los premios han sido los siguientes:

    • Premio local infantil: lote de libros formados por “Canto a Morón”, de José Manuel Maguilla; y “Animales del parque”, de Mila Guerrero; más una entrada doble para el Teatro Oriente (para el espectáculo “Namor el niño pez”, del 1 de noviembre).
    • Premio adulto local: lote de libros formados por “El Retrato y otros relatos” (Ed. Pangea), de Juan Luis Mármol; y “Viejo carnaval de sombras”, de Raúl Cortés; más una entrada doble para el Teatro Oriente (mismo espectáculo).
    • Premio no local: lote de libros formados por los títulos “Nostalgia. 22 poemas de abril”, de José Carlos Valverde; y “La Ciénaga”, de Antonio Morales.

    El jurado lo han formado los escritores locales José Carlos Valverde y Antonio Morales, y el periodista Jesús Sánchez (Radio Morón).

    OS DEJAMOS CON LOS RELATOS GANADORES

    CATEGORÍA LOCAL ADULTO

    “65 kilómetros de agonía”. Justo Rodríguez

    Las siluetas de las aves nocturnas atravesando la carretera a modo de gráfica se iluminaban con los faros de mi coche de camino a Morón. La luna en fase creciente aparecía y desaparecía en función del incierto ir y venir de nubes amenazando lluvia. Este horario de vuelta a casa por la Carretera de la Base la madrugada del Día de Todos los Santos siempre me produjo una inquietud especial, ni siquiera la banalidad invasora de Halloween redujo nunca mi ansiedad por concluir cuanto antes mi recorrido. Demasiadas veces la misma puesta en escena, pero cada vez más numerosa en extras.

    Sabía que iba a repetirse, pero no podía evitar temblar mientras sujetaba el volante con firmeza. Presentía una vez más su aparición y no fallaron, seguían estando ahí. Algunos se apostaban junto a las señales de tráfico y otros muchos me invitaban a parar mi vehículo no sé bien con qué intenciones.

    Espíritus de personas que fallecieron mientras eran trasladadas a un hospital de Sevilla necesitados de una atención sanitaria urgente que nunca llegó a tiempo. Muertos ellos y ellas, parecían responsabilizarme a mí de su desdicha.

    ¿Qué culpa tenía yo? Más de una vez les grité sin bajar mi ventanilla que me dejaran en paz y se les aparecieran a quienes podían haber hecho mucho más por evitar que sus vidas se apagasen en una comarcal repleta de parches y asfaltado infame.

    De pronto, temí atropellar a una niña de ojos conmovedores que se posicionó justo delante de mi coche. Ya no tuve opción, hube de pararme. Todavía tenía colocada la vía en su brazo izquierdo y taponados los agujeros de la nariz y los oídos para evitar la hemorragia interna que le produjo aquel atropello en el paso de cebra del final de la calle Dolores Pérez Cerralbo. Me impresionó mucho su fractura abierta derecha, pero menos que la mujer mayor con el rostro torcido que se apresuró a sujetarla antes de que cayese al suelo. Tiró de ella y se dispuso a llevársela hacia el guardarraíl, pero antes me miró fijamente, se acercó a la puerta del conductor y pude leer de manera inequívoca en sus labios: “Tú también eres culpable de mi muerte”. Seguidamente, golpeó con rabia el cristal, dejándose en él restos de piel y sangre. Finalmente, ambas se unieron a una fila interminable de espectros pálidos de miradas penetrantes.

    Nada más llegar a casa volveré a buscar la pancarta por el Hospital para Morón y la colgaré en mi fachada; la tengo que encontrar como sea. La anciana y el resto de muertos vivientes tienen razones muy poderosas para seguir pidiendo justicia y no cejarán en su empeño hasta que me comprometa a aliviar su resentimiento eterno. ¿Qué hice yo para evitar que sean 65 kilómetros los que decidan demasiadas veces quiénes han de seguir viviendo?


    CATEGORÍA LOCAL INFANTIL

    “Las vías del tren”. Andrea Rodríguez

    19 de diciembre, 1989. El inspector Coldwater llega a Morón de la Frontera. Eran las 8:30 aproximadamente cuando el tren descansaba en la estación mientras los pasajeros bajaban de sus vagones. El inspector vino a Morón por un solo motivo, había un misterio que aún nadie había logrado descifrar sobre aquellas vías. La historia sobre un joven vendedor de comida que, misteriosamente, había sido arrojado a aquellas vías se había hecho muy famosa entre los habitantes de Morón. Algunos aseguraban haberlo oído cantar su conocida frase ´´ vengan a probar las mejores hamburguesas de por aquí «, otros, decían haber sentido una presencia extraña, y un olor conocido a hamburguesas con patatas.

    El inspector, con la información de los habitantes, se alojó en el hotel más cercano a las vías, 11:30m de la noche, el inspector terminó de cenar en el hotel y empezó a conducir pocos kilómetros antes de llegar a su destino. Al llegar, el tren estaba allí, sólo había 2 farolas que, con luz débil, iluminaban la entrada. El inspector agarró su linterna y empezó a examinar cuidadosamente el lugar, nada, o más bien, nadie, se veía por allí.

    Una hora y diez minutos después, decidido a volver al hotel, Coldwater se aproximó a su coche, agarró sus llaves y abrió la puerta del piloto. Antes de entrar, desvió la mirada al tren. Esa presencia, de la que le habían hablado tanto los moronenses, se encontraba allí.

    Se acercó de nuevo con la esperanza, y algo de nerviosismo, de encontrar algo. A medida que avanzaba, la presencia se iba intensificando cada vez más, a los pocos minutos, se paró en seco, estaba escuchando el canto del joven. Las luces parpadeaban, era difícil saber si se trataba de la falta de luz o de ese extraño suceso.

    La suave brisa acompañaba esa noche al inspector Coldwater y al joven en esa estación de tren, una noche más, en la que alguien podía sentir esa extraña presencia, como si siguiera vivo.


    CATEGORÍA NO LOCAL

    “Querido diario”. María Morado

    Tras la pérdida de mi hija me sentí abatida. Siempre habíamos estado muy unidas. Yo era muy joven cuando la tuve. Fui una madre soltera y adolescente, así que nuestra relación siempre fue especial. Vivimos con mis padres, en la casa en la que ya me habían criado a mí, en Morón de la Frontera; pero éramos un equipo de dos. Porque además de madre e hija, éramos amigas, éramos cómplices. Debido a la poca diferencia de edad, quizás, casi como hermanas. ¡Cuántas tardes pasamos juntas en el parque de la Alameda! La de helados que nos tomamos en la terraza de Los Valencianos…

    Hasta compartíamos dormitorio. Solo nos distanciamos un poco cuando empezó en el instituto. Yo entendía la necesidad de que tuviese un grupo de amigos de su edad y la animé a ello; a pesar de lo cual, comenzó a escribir cada noche en un diario, al tiempo que leía en alto lo que escribía. Era una forma curiosa de contarme sus cosas, pero me encantaba escucharla. Y me permitía seguir sintiendo que cuidaba de ella, incluso cuando no habíamos pasado el día juntas.

    Días después del accidente busqué aquel diario, procurando consuelo en sus páginas. Y descubrí algo increíble. Mi hija había continuado escribiendo, hasta la noche anterior.

    Pensé que tenía que ser una broma. Una de muy mal gusto, horrible, muy pesada. ¿Pero quién iba a hacer algo así? Mis padres no, desde luego. ¿Quizás alguien que hubiese venido a darnos el pésame? Me enfurecí al principio, pero volvió a suceder esa misma noche. Alguien escribió en su diario. Y hablaba como ella, con sus mismas palabras y expresiones. Sentí que me describía su día, a mí, tal y como lo habría vivido.

    Y entonces experimenté una cálida sensación de paz… Creo que mi hija puede hablarme, a través de ese diario. Y eso me hace sentirla cerca. Alguna vez pensé en contestarle, pero temo que rompería la magia de aquellos momentos, en los que nuestras noches, de algún modo, quedaron entretejidas.

    * * * * *

    Querido diario:

    Desde el accidente nada es lo mismo, excepto las noches. Hablar con mamá me hace sentir que seguimos juntas.

    A veces tengo incluso la sensación de que puede leer lo que escribo…


    OS DEJAMOS CON UNA SELECCIÓN DE LOS MEJORES RELATOS

    “Escalofrío”. Nazaret Cabezas

    Gritos en el silencio.
    Gritos en una noche oscura.
    Gritos que ponen los pelos de punta.
    Gritos espeluznantes, en un solitario Pozo Nuevo.


    “Hotel”. Sara Escacena

    Llegué al hotel bastante tarde. Estuve en la feria, en un almuerzo de empresa. Salí a las
    dos de la tarde y llegué a eso de las doce de la noche. Yo no soy de Morón, así que
    decidí alojarme esa noche en el hotel de allí.
    Cuando entré, aún seguía la recepcionista tan simpática que me atendió aquella mañana.
    Había algo extraño en ella, cuando me miró, la noté muy… ¿nerviosa? Le di las buenas
    noches y cuando iba a subir las escaleras para mi habitación, oí que me llamó. Lo que
    me dijo me dejó un poco atónito. Me dijo, que se le olvidó decirme una cosa esencial,
    una cosa bastante extraña… “Por muchos ruidos, susurros, voces o lo que sea que
    escuchase durante la noche, ni se me ocurra mirar hacia el techo de la habitación, es
    más, ni si quiera abriese los ojos o lo contrario sería la peor noche de mi vida”. Al
    escuchar eso, casi suelto una carcajada, pero la cara de terror que tenia la chica en el
    rostro, hizo que me contuviese. Esa mujer ve muchas películas de miedo. Que
    equivocado estaba. Después de aquello, fui a mi habitación, me desvestí, me puse el
    pijama y me metí en la cama destrozado de la juerga que me había pegado con mis
    compañeros. Me quedé profundamente dormido en nada de tiempo.
    Serían las dos de la mañana cuando empecé a escuchar una puerta chirriar lentamente,
    luego un portazo y pasos. Esos pasos, me heló la sangre porque yo pensaba que todo eso era mis vecinos de al lado, pero sonaba como si fuese dentro de mi habitación. Los
    pasos eran lentos y como si estuviesen arrastrando los pies. De pronto susurros, no
    entendía nada que decían pero juro por Dios que juraría que lo estaba escuchando dentro de mi habitación. Ahora, fue una silla arrastrándose lentamente acercándose a mi cama, yo seguía con los ojos cerrados porque a ese punto estaba despierto pero no quería abrirlos. Silencio, al menos duró unos minutos. De repente se empezó a escuchar un ruido extraño, fue como si se soltase una cuerda y de repente se soltase con un peso grande a su final y al tensarse, esto empezase a moverse hacia los lados. Ese ruido fue la gota que colmó el vaso. Abrí los ojos como platos y me senté en la cama mirando por todos lados, cogí mi móvil y con la linterna alumbré la habitación y no vi nada.
    Entonces volví a escuchar ese sonido. Con duda y ya temblando, dirigí la linterna
    lentamente hacia el techo. No debería haberlo hecho. ¡En el techo había el cuerpo de
    una mujer ahorcada! En el cuello, que estaba ligeramente torcido, tenía una soga que lo sostenía … esa mujer me miraba… me miraba con esos ojos tan abiertos como platos, sin vida. De pronto, esa mujer empezó a mover los labios, lentamente hasta formar una sonrisa macabra. De repente sonó como si la cuerda se rompiese y ese cuerpo cayó encima de mí dejando todo oscuro porque la linterna del móvil se apagó sola. Entré en un ataque de pánico y salí. Salí corriendo sin coger nada, no quería entrar en esa habitación, no quería estar en este hotel, solo quería irme a mi casa…


     “Willy”. Milagros del Rosario Sonco (3ºA)

    En un día lluvioso, apareció él, sentí que me miraba desde la ventana. Él era Willy, mi amigo imaginario desde que tengo memoria, siempre jugamos, él me dice que hacer, al principio se me hacía divertido, con el paso del tiempo esos juegos se convirtieron en órdenes más y más macabras y si le decía que no, pasaban cosas horribles.

    Aquel día en el que me dijo que torturara al gato de mi vecina, que le cortara las orejas y los ojos, me rehusé y le dije que no. Willy se enfadó y no apareció en toda la noche, al día siguiente me entere que la vecina, su esposo incluso su pequeña niña de tan solo cuatros años habían sufrido un accidente de coche en los que al instante murieron.

    Willy me dijo que sucedería eso si no le obedecía.

    Desde entonces supe que no tenía escapatoria, él ya no era mi amigo, le tenía un miedo terrible, siempre me despertaba a las tres de la mañana desde el espejo hasta que…me dijo que me dejaría en paz porque se cansó de jugar conmigo pero me dio una última orden, la más dolorosa de todas, me dijo que matara a mi padre y si no lo hacía mataría a toda mi familia como con la vecina, no tenía elección así que me las arregle para alejar a mi padre del pueblo, le dije que iríamos a pasear y lo llevé a donde Willy me dijo, un descampado al cual hace años no pasaba nadie.

    Al bajar del auto y sin mirar a mi padre saqué el arma, entonces escuché que alguien lloraba, abrí los ojos y… vi a mi padre arrodillado en el suelo llorando y me dijo: « Este es el mismo lugar donde Willy me dijo que matara a mi padre.


    “El silencio se ha roto”. Nuria Mulero (16 años)

    Volvía a ser de noche. En la granja reinaba el silencio, un silencio estremecedor. Si hubiera soplado el viento, este habría suspirado entre los campos de trigo, habría agitado el vetusto espantapájaros de trapo que se situaba en la mitad del sinuoso y estrecho camino, habría hecho sonar el atareco de los becerros que dormitaban a las tantas de la noche. De hecho, ninguna de esas cosas tomaba presencia, por lo que el silencio perduraba.

    En el interior, un equipo de investigadores, agrupados en un extremo de la granja, intentaban descifrar una posible cura para la enfermedad de Marek que, actualmente, carecía de ella.

    Apenas eran las 01:17 de la madrugada, el momento perfecto para realizar la investigación. El silencio dominaba y todos los animales allí presentes se encontraban en un profundo sueño.

    Incluyendo al sujeto clave en la operación, un achacoso gallo que presentaba síntomas vinculados a este virus, tales como la cojera o la parálisis en ciertas partes de su cuerpo. Su presencia añadía otro silencio, pequeño pero sombrío.

    Para comenzar, dejaron a cargo de la situación a Kain, el chico más joven de grupo y, el que más conocía acerca del tema. Empezaron inyectándole algunos anestésicos locales y, sucesivamente, colocaron al animal en una mesa circular de cristal. Esta se situaba sobre una encimera de gran extensión que contenía una gran cantidad de embudos, matraces, placas de Petri y todo tipo de herramientas tanto quirúrgicas como científicas. Lo que no podía faltar eran los miles de genes de diversa variedad que habían recolectado única y especialmente para aquel caso. Nunca habían intentado algo así, pero estaban seguros de que todo aquello iba a salir según lo previsto.

    Seguía siendo de noche. 01:49 de la madrugada, todo aquello parecía ponerse en funcionamiento.

    Se mantenía el impoluto silencio. Consideraron que probablemente lo más eficaz sería realizar una transgénesis, con lo que conseguirían detener la parálisis, por lo que se pusieron manos a la obra.

    Pasados unos minutos, comenzó a hacer efecto, el gallo no paraba de crecer, a la vez que su cuerpo iba tomando formas extrañas. Ante aquella situación, el experimento que habían preparado durante años parecía estar tomando un rumbo totalmente diferente al previsto. Cada segundo el animal aumentaba su tamaño notablemente, hasta que, finalmente, parecía haber conservado un tamaño fijo. No parecía lo que realmente era, su rostro se había desconfigurado, acabó sin plumas y no paraba una y otra vez de cacarear, despertando a todos los animales de la granja.

    Al poco rato, se puso a dar vueltas en el recinto como loco, abatiendo a algunos del equipo de investigación. Las puertas de la granja cayeron con estrépito, todos los animales huyeron asustados.

    Era un completo caos. Uno a uno, no se pensaron dos veces salir de allí cuanto antes, pues no podían hacer mucho ante tal “monstruo”. Aunque quizás no fue la mejor opción. El animal, al percatarse del movimiento de estos individuos, no dudó en atacarlos. Sangre, alboroto, era lo único que allí se podía observar, ahora el silencio se rompió estrepitosamente.

    Kain, aterrorizado, el único con vida en aquel momento, lo único que pudo hacer fue ocultarse para no ser el próximo en caer. Veía todos los cadáveres de sus compañeros, las partes de sus cuerpos hecha pedazos y trituradas, de un color tan rojo como el fuego. Ojos que estaban intactos ahora eran pienso para gallinas. De lo único que tenía ganas era de escapar de allí y volver con su familia, a la que tanto añoraba. Mientras tanto, el gallo seguía disfrutando de aquel festín. Se sacudía y cacareaba, con un sonido que recordaba a las carcajadas.

    Al día siguiente, Kain se despertó al oír las campanadas que daban la hora. Parpadeó, adormilado, e intentó levantarse poco a poco mientras llegaba a su mente todo lo que había sucedido la noche anterior. Echó a correr, perdiéndose en el inmenso campo de trigo, pisando charcos con sus descalzos pies y respirando el fresco aroma a cebada. Se encontraba mirando a todos lados ansioso por encontrar una salida pero con lo único que se topó fue con el gallo petrificado en los campos de trigo, sin plumas y cacareando. Lo dejaron como monumento para conmemorar a aquel grupo de investigadores y al extraño hecho que sucedió, con la duda de si algún día despertará del silencio que en un principio rompió.

    moroninfo-mar17
    Compartir