“Tú, Soledad”, por Juan Manuel Guardado

    Este año me ha tocado hacer mi estación de penitencia desde mi casa. Junto a mi mujer y mis hijos que son los que me acompañan en este confinamiento obligado. Sin duda alguna, esta será la estación de penitencia más atípica que jamás me tocará hacer. Sin embargo, es así como tiene que ser, como Ella ha querido que sea.

    Por la carrera oficial de mi casa te recordaré a los sones de “Madrugá”. Aquellos que tan sólo podía intuir hace unos años, y que hoy resuenan melodiosos en mi cabeza. Madrugá oscura y funesta. Madrugá callada y silenciosa. Madrugá que antecederá a una mañana luminosa y radiante que se reflejará en tu rostro y en el de todos nosotros como un destello de luz de vida y de fuerza.

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    En el rincón de mi dormitorio te acunaré y te dormiré, con tanto cariño como el que te profesan todos tus hermanos y devotos, y como te demuestran las hermanas jerónimas, clarisas y de Santa Ángela. Hermanas, que a la vez que llevan tu nombre y tu gracia a los más necesitados. Hermanas que también necesitan tu cariño y tu aliento para seguir llevando a cabo esa encomiable labor. No te olvides, Madre, de los ancianos y de sus familias. No dejes que el mal que nos acecha se acerque a sus alcobas. No los desampares porque hoy te necesitan más que nunca. Ellos están cada Sábado Santo contigo.

    Igual que hoy lavamos nuestras manos y nos aseamos todos los días, Madre, ayúdanos a limpiar el odio y el resentimiento de nuestra sociedad. Que tú seas cauce de todo el amor que dio por nosotros tu Hijo Dios, y que ayudes a llenar de gozo, calma y paz todos los corazones que hoy están oscuros e infectados por el mal que nos ha tocado vivir. Hoy eres tú la costalera que nos tiene que llevar al cielo, igual que lo hacen los treinta corazones cofrades que te llevan cada Sábado Santo por las calles de Morón. Visita, Madre, cada uno de nuestros conventos de clausura, que hoy son nuestros hogares, y cuida de que el odio no entre en ellos.

    Soledad dame la mano y tu aliento, para subir por esta corredera de emociones en la que se han convertido los días, y bajar por la carrera de la paz y la añoranza. Soledad, dame la mano y llévame con fuerza por esas callejas estrechas y adoquinadas que son cada una de las semanas morenas, que transitamos. Soledad, dame la mano para subir a la casa de San Miguel, como tú lo haces cada Sábado Santo, e implorar al Arcángel que acabe con este diablo.

    “Soleá dame la mano, por las rejas de la cárcel, que tengo muchos hermanos, huérfanos de padre y madre”

    Cuando ese día soñado abra la puerta de mi casa, ahí estarás tú. Tú, luz eterna que inundará mi corazón de felicidad. Tu luz eterna inundará nuestros corazones de gozo y de libertad con cada uno de nuestros pasos, como haces cada Sábado Santo con tu sencillo andar, cobijándonos bajo tu alto palio y tu elegante manto. Entonces todo se habrá consumado, igual que un Sábado Santo en la memoria de un humilde nazareno de la Soledad.

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