SEMANA SANTA 2019_ “El Cautivo: un regalo para los sentidos”, por Ezequiel Ríos

    La tarde del Domingo de Ramos vino a ser la perfecta continuidad de la mañana vivida junto a La Borriquita. El blanco puro de los tramos de nazarenos insistía en regalarnos destellos de pureza sobre un fondo azul espléndido. Un regalo de Dios para los sentidos, en éste que son setenta y cinco los años transcurridos desde que se fundara la Hermandad del Cautivo.

    Una tarde de regalos. La cruz de guía que abrió las puertas de San Miguel lo hacía por vez primera, nueva, bañada en la misma plata de la que parecían estar recubiertos los capirotes de los tramos de hermanos que diligentes salían a la calle para hablar con su testimonio de la fe que recibieron de sus padres y abuelos. Precedían al paso de Francisco Verdugo, recién terminado de tallar para el Señor. Una obra que bien podría haberle servido a cualquiera para entender durante la tarde el significado de los términos proporción, perfección, o medida… Mientras, Nuestro Padre Jesús Cautivo, lo que quiso dar a entender fue su grandeza: el primero es el último de todos. Su primera túnica y sus antiguas potencias le bastaron para ello. Lo demás, fue un camino de piedad en su recorrido por Morón. La banda de las penas de Úbeda le puso la música a sus pies con las cornetas y los tambores que suelen sonar para el Señor. Corte clásico, andando sobre los pies, con el alarde justo que una imagen del Hijo de Dios necesita para abrirse paso entre la gente que lo arropó durante la Estación de Penitencia.

    La nota de color la puso la Virgen de la Paz. Blancos, rosas y carmines se precipitaron sobre ella en los pétalos que la acogieron al salir de San Miguel, cuando el sol ya empezaba a rendirse frente al palio de luz y oro. Sobre los respiraderos de Seco Velasco, reformados por Paula Orfebres, los mismos tonos de color se asomaban entre los varales unidos en las rosas de los buqués y los frisos. Pequeñas granadas plateadas entreveradas en el exorno floral iban de la mano de la orfebrería del paso de la Reina de la Paz.

    El solo de Rocío llegó a sonar en la embocadura de la Calle Sagasta, con el bullicio de fondo acomodándose en la Plaza de Meneses para esperar de nuevo a la Cruz de Guía a su vuelta por La Carrera. A la vez que el palio de María Santísima bajaba la calle llegó también hasta la memoria de los presentes el 75º aniversario de la fundación de la Hermandad de la Buena Muerte. Estuvo sonando la centenaria Amarguras hasta que los zancos arriaron en la esquina de la Calzadilla.

    La Banda Municipal puso la banda sonora de los momentos que se vivieron delante de la Virgen, en la bulla que se formó, como cada año, delante de su paso, calle San Miguel arriba, en ese romance renovado año tras año con la belleza. Candelería encendida, ascua de luz dorada para el perfil de la imagen de la Madre de Dios. Nube de incienso rota, traspasada por el caminar del palio hacia el callejón de San Miguel donde Esperanza de Triana tuvo que repetirse para aguantar el aluvión de nuevo de pétalos que la esperaban antes de la entrada en el templo. En el interior, Ave María sonando en el alma de los que daban gracias por haber llegado de nuevo hasta allí, hasta la plenitud del Domingo de Ramos. Caccini nunca imaginaría que aquello sería una gran marcha. Lo mejor es que nos queda menos de un año para volver a vivirlo.

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