RESULTADOS del II Concurso de microrrelatos de terror de Morón Información –CATEGORÍAS LOCAL ADULTO Y NO LOCAL

Un total de 50 relatos han participado en el II Concurso de microrrelatos de terror de Morón Información, el cual estaba este año dividido en tres categorías: Autores locales infantil: Hasta los 16 años; Autores locales adultos: De 16 años en adelante; y Autores no locales (solo adultos y ámbito nacional).

En el caso de la categoría de autores locales adultos se han presentado 13 relatos, siendo el ganador el texto “El alma olvidada”, de Dolores Leonor Fernández Verdugo. El premio en esta categoría es un lote de libros formados por los títulos “La Oscura alternativa”, de José Carlos Valverde, “La tragicomedia del Gallo” (varios autores), y “El legado de mi paloma”, de José Luis Arrones (cambio ajeno a esta redacción); más una entrada doble para el Teatro Oriente (para el espectáculo “El bosque de Grimm”, del 1 de noviembre). Además, el jurado ha valorado otros cinco relatos como finalistas.

moroninfo-mar17

Por otro lado, en cuanto a la categoría de autores no locales, se han presentado 10 relatos procedentes de distintos puntos de la geografía española: Sevilla, Barcelona, Badajoz, o Córdoba, entre otros. El ganador ha sido el texto “Monstruos frecuentes”, de Elena Tejedor Gómez, de Sevilla. El premio para la ganadora es un polo/camiseta de Morón Información. En este caso, el jurado también ha valorado otros cinco relatos como finalistas.

El jurado ha puntuado los textos presentados sin firmar, de forma anónima, valorado tanto los aspectos formales como el contenido de las historias, teniendo especialmente presente uno de los requisitos establecidos en las bases del concurso, “estar ambientado en Morón de la Frontera”, si bien no ha sido el único criterio.

Por parte del equipo que compone Morón Información, agradecer a los 50 participantes su interés por este concurso que espera continuar en próximas ediciones con mejores premios.

A continuación publicamos los relatos ganadores y finalistas de las dos categorías.

Categoría Local

GANADOR LOCAL ADULTO II CONCURSO DE RELATOS DE TERROR MORÓN INFORMACIÓN
“EL ALMA OLVIDADA”
Dolores Leonor Fernández Verdugo (31 años)

Aún me estremece revivirlo pero el recuerdo que me persigue no quisiera llevármelo a
la tumba. Era apenas una niña de cinco años cuando ocurrió pero por mucho tiempo
que transcurra se trata de algo que me acompañará hasta el fin de mis días.

Nací en un pueblo de Granada pero debido al traslado de mi padre a la Base Americana
de Morón de la Frontera nos mudamos a esa localidad sevillana cuando apenas contaba
con dos años de edad. Recuerdo una infancia feliz, una vida tranquila. Cada tarde iba a
los jardines de La Carrera, donde todo era juego y diversión.Desde que llegamos a Morón comencé a ir a la guardería que había en el Convento de Santa Clara. Los recreos eran increíbles y las monjitas muy cariñosas con todos los niños. Pero un día, jugando a la pelota ésta se nos coló por encima del tabique que separaba el patio del recreo y el jardín del convento. Gritamos y gritamos que nos la echaran de nuevo, pero al parecer no había nadie en el otro lado…Rápidamente se me ocurrió ir en busca de ella y me crucé todo el patio hasta la sala del piano donde estaba la puerta que comunicaba con el interior del convento. Sin pensarlo un segundo la abrí y entré decididamente. Caminé por unos pasillos interminables, fríos y oscuros pese a que era de día, con unas
vidrieras que apenas dejaban traspasar la luz del sol. De repente, vi que estaba atrapada en un laberinto y, como era de esperar, me perdí. Me di la vuelta y a lo lejos pude divisar a una monja caminando hacia mí, por lo que me sentí aliviada pero pronto me dicuenta de que había algo extraño en su rostro, algo que apenas podía apreciar con
claridad. Vino hasta mí y me dijo con rabia contenida: ¡Fuera de aquí inmediatamente!
y luego se esfumó. Yo me quedé aturdida, sin poder reaccionar. Como estaba perdida
no tuve otra elección más que la de continuar por aquellos largos y fríos pasillos pero
mientras caminaba vi una de las habitaciones abiertas y quise ver qué había dentro.

Encontré una caja llena de fotos. Eran de una niña con el rostro desfigurado…En ese
momento la puerta se cerró de un portazo, sentí un escalofrío por la espalda y me
empezó a temblar todo el cuerpo. De nuevo aquella monja con semblante serio y
desafiante. Me quitó de un tirón la caja y se cayeron las fotos al suelo. Volvió a
gritarme: ¡Te vas a arrepentir de esto toda tu vida! y volvió a desaparecer.
Salí todo lo deprisa que pude y me tropecé con otra monja que me estaba buscando para llevarme con el resto de mis compañeros de nuevo.

Pasaron los días y organizamos una misa en el convento….yo era la portadora del cirio
Pascual y una de las monjitas allí presente me dijo: “ten cuidado…no te vayas a quemar.

Aquí vivió durante años una hermana cuyos padres la abandonaron y la dejaron en la
puerta del convento cuando era apenas un bebé tras sufrir un accidente en el que fue
abrasada casi en la totalidad de su cuerpo. Hay que tener cuidado, que cualquier chispa
hace que la ropa salga ardiendo”. Avancé hacia el altar y al final del todo, entre la
multitud, pude ver a aquella monja mirándome fijamente, sin pestañear.

El tiempo pasó y quise creer que fue la imaginación de una niña lo que me hizo vivir
todo aquello pero me equivocaba. Cuando menos lo espero aparece sin decirme nada y
se sienta a mi lado. Ahora me está viendo escribir estas líneas. Esta aquí de pie frente a
mí, sin pestañear y con el rostro cubierto casi en su totalidad.

 

FINALISTA LOCAL ADULTO II CONCURSO DE RELATOS DE TERROR MORÓN INFORMACIÓN
“LA MIRADA”
Alejandro García Gallardo (21 años)
20:47, ya es prácticamente de noche. Los vecinos moronenses cierran las ventanas de sus hogares y las puertas con llave, debe ser que la presencia del otoño se va dejando ver cada día más y sólo apetece estar entre sábanas viendo cualquier tipo programa de entretenimiento. Camino sólo de vuelta a casa después de un intenso día de
entrenamiento, mientras, las farolas me abren paso por las calles iluminándome con sus
apagados tonos anaranjados. Sólo mis pensamientos, unos auriculares y música
comercial me separan de la realidad que me rodea.Odio la calle Marchena, no porque estéticamente no me guste ni nada de eso, sino porque después de haberme pateado la cancha mil veces me da algo de pereza subirla.

Miro a mí alrededor y me sigo viendo sólo, bueno… sólo un par de gatos rebuscando en
la basura algo que llevarse a la boca. Alzo mí cansada vista cuyo punto fijo se centraba
en el suelo y observo que una de las farolas entrecortaba continuamente su iluminación.
Debe ser la bombilla pensé…Detrás de mí, un ruido estrepitoso traspasó mis auriculares e hizo girarme espontáneamente al mismo tiempo que me los quitaba. Uno de los gatos había tirado al suelo un tubo de aluminio que se apoyaba en uno de los extremos del contenedor. No fue eso lo extraño, pero sí lo fue que el gato mantuviese su mirada en mis ojos, una mirada asustadiza, como llena de pánico hacia algo que él sólo podía ver. Salió corriendo y desapareció de repente.Deseaba llegar a casa y volví a encauzar mis pasos por esta angosta calle. Retomé mi mirada al suelo de modo que sólo veía mis desgastadas zapatillas y subí el volumen de la música. No me podía esperar que aquella farola que entrecortaba su iluminación se apagara repentinamente, y a su vez, todas las farolas de la calle.La oscuridad consternaba plenamente la calle Marchena, mientras una marchitada, y aparentemente, abandonada casa dejaba escapar una pálida brisa entre sus cortinas.

Corriente tras corriente me dejaba ver en su interior una silueta de una persona que
permanecía inmóvil, que aparecía y desaparecía con el ininterrumpido movimiento del
cortinaje. Fue entonces cuando aquella aterrada mirada del gato adoptó el color de mis
ojos, intentando ver aquel irreconocible rostro de la silueta, que desapareció justo en el
momento en que las farolas recobraron su luz.

 

FINALISTA LOCAL ADULTO II CONCURSO DE RELATOS DE TERROR MORÓN INFORMACIÓN
“HISTORIAS OLVIDADAS”
Isabel Carmen Maguilla Morilla  (29 años)
Existen muchas historias. Unas historias son bellas, otras románticas, algunas heroicas y otras de terror. Todos sabemos historias, pero pocos quieren conocer las historias
olvidadas…

Me encantaba sentarme con mi abuela y escuchar relatos de su juventud, esos sucesos que ocurrían en su pueblo natal, Morón de la Frontera, cuando ella era niña.
Su último día con nosotros, me contó un último recuerdo, advirtiéndome que ocurriría
en un futuro no muy lejano…

“Era sólo una niña cuando ocurrió. Pocas personas recuerdan lo sucedido, ya sea
porque muchos perecieron o quizá porque preferían olvidar tanto sufrimiento de sus
vidas, pensando que si hablaban la maldición recaería sobre ellos. Era el día previo al día de Todos los Santos y estábamos dispuestas a ir a misa para memorar a nuestros seres queridos.

De repente, las campanas de la Iglesia de San Miguel empezaron a repicar. Al
principio me parecía tan hermoso como cualquier día, pero pronto descubrí que algo
era diferente. El sonido era estremecedor, cada toque hacía vibrar el suelo… De
repente empezaron a sonar el resto de campanarios del pueblo, todos al unísono,
haciendo retumbar el suelo bajo nuestros pies…algo terrorífico anunciaban.
El ruido fue tan alto, que se escuchó en toda la comarca moronense, desde la Plaza San Miguel, hasta la Aldea Guadaíra. Nadie se libró de oír aquel atroz sonido…

Pero lo peor no fue el estruendo, ya que por cada campanada que oíamos, una persona
perecía. Nadie supo qué ocurrió, pero hubo más de mil novecientas víctimas…
El pueblo quedó desolado, maldito, y como si de un pacto común se tratase, nunca se
volvió a hablar de ello.”

Al oír esta historia estuve investigando en los diferentes archivos del Ayuntamiento o de
la Casa de la Cultura, comprobando que cada cien años había información que
desaparecía misteriosamente del archivo.

Hoy es 31 de octubre de 2017. Empiezan a repicar las campanas de San Miguel. El
sonido no es normal, suena demasiado alto. Les siguen el resto de campanarios del
pueblo. El suelo comienza a temblar, la gente nerviosa no sabe qué ocurre, oigo los
primeros chillidos y veo como muchos a mí alrededor caen sin alma sobre el asfalto.
Esta será otra historia olvidada…

 

FINALISTA LOCAL ADULTO II CONCURSO DE RELATOS DE TERROR MORÓN INFORMACIÓN
“NOCHE DE SÁBADO”
Laura M. Ruiz Medina (26 años)
Iba sola de vuelta a casa. Era de madrugada. Se notaba que era sábado, los bares de la plaza de toros habían estado a reventar, pero supo que era hora de irse a casa cuando ya solo quedaban borrachos. Andaba deprisa, todo lo deprisa que le permitían los tacones y el ajustado vestido. Llevaba el móvil en la mano y, aunque aún quedaba bastante para llegar a su casa, también había sacado las llaves, que se ajustaban con fuerza entre los dedos.

El móvil sonó. Un mensaje de Sofía: 

“Avisa cuando llegues.”

– Ei, guapa, ¿dónde vas tan rápido? ¿No te da miedo ir tan sola de noche por la calle? ¿Quieres que te acompañe a tu casa? – Por un momento se quedó paralizada, y se giró solo lo justo para ver por el rabillo del ojo a un hombre, no tendría más de 35 años, alto, musculado, bastante guapo si no fuese por la cara de borracho y esa mirada lasciva.

Sin pensárselo un segundo, continuó andando intentando aumentar el ritmo de sus
pasos. Cada vez sentía más cerca la presencia de aquel hombre.

– ¡Espera, guapa! ¿Por qué corres tanto? – alcanzó a oír justo en el momento en que la agarraba del brazo y tiraba de ella hacía sí.

Todo pasó muy rápido. Primero un forcejeo, la cara de sorpresa y la mirada de miedo.
Miedo que, poco a poco, se fue convirtiendo en pánico. Un nuevo forcejeo.
Movimientos rápidos. Un grito ahogado seguido de un golpe seco. Shock. Ya no hay
marcha atrás, no hay escapatoria. Los golpes se suceden unos tras otros, sin descanso.
Cae al suelo y llueven las patadas. Se cubre la cara con las manos, la barriga, sus partes, de nuevo la cara. No sabe qué hacer.

Siente que alguien se arrodilla a su lado, tiene la vista borrosa, le duele todo el cuerpo
pero es mayor el miedo. Pánico. La sangre empezó a brotar de su cuerpo. Notaba
heridas punzantes, una y otra vez. Seguidas. Sin descanso. Sangre, sangre por todas
partes. Caliente. Pegajosa. Su olor lo impregnaba todo. Veía luces brillantes a un lado y
a otro, y una sombra. Una sombra que lanzaba una risa atronadora, espeluznante,
mientras seguía clavando ese objeto punzante, que no lograba identificar, en su cuerpo.
Pero ¿qué importaba ya? Sentía la adrenalina corriendo por el cuerpo de su atacante, la
fiereza, la locura… y la determinación con la que seguía mutilando su cuerpo, sin
titubear.

Sangre, mucha sangre. Caliente. Pegajosa. Su olor lo impregnaba todo. Dolor. Pero
sobre todo, miedo. Pánico. Solo quería que acabase pronto…

El móvil sonó. Era Sofía de nuevo: 

“¿Va todo bien? ¿Has llegado ya? Me estoy empezando a asustar”

“¡Ya estoy en casa! Sana y salva. Aunque necesito una ducha y un masaje de pies.
¡Estos tacones son la muerte! Mañana hablamos.”

Abrió la puerta de casa con dificultad. Llevaba los tacones en la mano. Tambaleándose,
se fue directa al baño en busca del botiquín. Había oído decir en alguna parte que las
manchas de sangre de la ropa se quitaban con agua oxigenada.

 

FINALISTA LOCAL ADULTO II CONCURSO DE RELATOS DE TERROR MORÓN INFORMACIÓN
“EL SEÑOR AZUL”
Julio Estévez Mejías (36 años)

¡Lo siento, mi vida! Es lo único que Eva recordaba con claridad de su madre. Eso, y que se lo dijo un día lluvioso antes de tocar el timbre del torno y salir corriendo a la calle.
Santa Clara había sido su hogar desde hacía 20 años. En este mes de octubre se cumplía
el aniversario del día en que la hermana Rosa (Ahora Madre Superiora) la acogió en el
convento, al margen de la ley. Al fin y al cabo, era un convento de clausura.

El aire húmedo y frío que precedía al alba la despertó antes que a Ana, la novicia que
tenía a su cargo y compañera de habitación. Como cada mañana, Eva acudió a la
habitación de la Madre Rosa para llevarle un café; solo y con una gotita de coñac, como
le gustaba. Luego, volvió a su habitación, en la que Ana seguía en la misma postura en
su cama. Se puso el velo y se marchó a la cocina a empezar la preparación de las obleas.

Habían pasado unas dos horas de tareas cuando notó el alboroto. Todas las hermanas
estaban alteradas, se oían chillidos, lamentos y rezos. Salió al pasillo y vio el tumulto
cerca de su habitación. Habían hallado a la hermana Ana muerta en la cama. La policía
estaba de camino y la Madre Rosa la convocó a su despacho.

Siempre le había gustado el olor a madera vieja de ese despacho. Su color oscuro y su
poca luminosidad le daban un carácter aún más serio, más imponente. El comisario Juan
había terminado las preguntas protocolarias y le inquirió sobre su relación con Ana y lo
ocurrido el día y noche anteriores. Eva contestó con claridad y de forma escueta y
sencilla. Nada fuera de lo normal, hasta que Juan le comentó que Ana había sido
estrangulada mientras dormía. Eva se quedó perpleja y en ese momento, recordó una
discusión con Ana sobre dejar el convento; había conocido a alguien, su Fe se estaba
quebrando, y los argumentos de Eva para convencerla no fueron tan efectivos como
hubiese deseado. Eso le dolió mucho. Le tenía mucho cariño. Quizá demasiado.

La presión del comisario Juan y la Madre Rosa hicieron que su mente volase veinte
años atrás como un relámpago. Recordó a su madre, su casa… y a aquel hombre: El
Señor Azul. Venía a verla con su gran linterna cuando se sentía insegura o tenía
problemas, le enfocaba la cara y, cuando quitaba el foco, todo estaba solucionado.
Su mente volvió al presente y el comisario estaba frente a ella, adelantado con los
brazos sobre la mesa en posición agresiva, insistiendo, ahora directamente, en si su
discusión con Ana se había acalorado hasta el punto de llegar a estrangularla, aunque
fuese de forma involuntaria. La Madre Rosa rezaba el Padre Nuestro y, entre pausas,
blasfemaba sobre Eva y sus actos, seguramente, fruto del estrés, el pavor y del exceso
de coñac en el café.La situación, la tristeza de la muerte de su compañera y amiga, las palabras de Rosa, a la que consideraba su madre y el recuerdo triste de su abandono cuando niña habían desbordado a Eva hasta el punto de romper a llorar y tener un ataque de histeria. Y, cuando creía que se desmayaba, que no podía más, vio, tras la Madre Rosa, como se iluminaba la habitación, y la paz y la tranquilidad empezaron a invadirla. Había vuelto y traía su linterna. Era el Señor Azul. Ya no había nada que temer.

 

FINALISTA LOCAL ADULTO II CONCURSO DE RELATOS DE TERROR MORÓN INFORMACIÓN
“CUANDO SE APAGAN LOS FOCOS”
Juan Luis Mármol Fernández (27 años)

Adolfo llevaba casi diez años trabajando como director del Teatro Oriente de Morón,
desde la reapertura de este punto emblemático de la cultura de la localidad. En este
tiempo había visto todo tipo de obras, recitales de danza, conciertos, galas… Le
encantaba su trabajo y su «casa», con todos los fallos que pudiera tener. Al fin y al cabo, nada es perfecto. Dado su amor por este lugar, no era de extrañar que se entusiasmase cuando, una mañana, interrumpiese sus labores para mantener una apasionada conversación sobre el Teatro Oriente con un visitante inesperado. Se lo había encontrado entre bambalinas, dando un paseo de forma casual. Era un señor mayor, así que, Adolfo pensó que se habría metido allí por accidente. Al acercarse, el hombre se disculpó y le contó que él mismo había trabajado en ese lugar, muchos años atrás.

Estuvieron hablando durante horas, contando anécdotas sobre las personas con las que
habían trabajado, sus obras favoritas y lamentándose de lo mal que estaba el teatro.
«Algunas cosas nunca cambian», pensó Adolfo. En ese momento, aprovechó para
contarle a su nuevo amigo que él mismo dirigía una compañía de teatro. Su interlocutor
asintió y echó una mirada cargada de nostalgia hacia los hierros de donde colgaban los
focos.—«Troyanas» de Eurípides. Maravillosa obra. La recuerdo muy bien. También me
gustó mucho la versión que hicisteis de «La Dama Boba» —aseguró—. He visto todas las obras que habéis hecho aquí. No me pierdo nada. 

Adolfo se sorprendió, pues no recordaba haber visto nunca por allí a ese señor. No obstante, le agradeció sus comentarios y los apreció de veras, pues en aquella conversación le bastó para saber que verdaderamente estaba hablando con alguien que entendía lo que el teatro significaba. Podrían haber estado hablando muchas horas más, pero el trabajo demandaba su cuota de atención, así que Adolfo se ofreció a acompañar a su predecesor a la puerta. Este agradeció el gesto, pero aseguró que conocía bien las instalaciones con una sonrisa cómplice. Antes de que volviese a su trabajo, Adolfo cayó en la cuenta de que no sabía el nombre de su nuevo amigo.

—Mi nombre es Julio Rodríguez —dijo el hombre mientras se despedía de Adolfo.

Horas más tarde, Adolfo fue a tomar café al Horno. Allí se encontró a Juan José García,
cronista de la villa, por lo que aprovechó para saber algo más de su nuevo amigo.

—Ah, sí… Trágica la historia de Julito… Nadie esperaba que se tomase de aquella
forma su «retiro forzado» —dijo el cronista—. Supongo que amaba tanto el Cine
Oriente que la idea de abandonarlo lo crispó demasiado. No sé si en el sitio en el que
hayas leído su historia lo pondrá, pero… ¿sabías que tardaron tres días en encontrar su
cadáver? Nadie miró para los hierros de los focos hasta que tuvieron que echar abajo el
edificio. Se había ahorcado con los cables. Espero que esté en un lugar que le haga feliz.
Adolfo dejó intacto su café y se despidió apresuradamente. Su cabeza palpitaba con mil
preguntas y temores, pero una idea se imponía a todas: definitivamente, Julio Rodríguez
estaría para siempre en un lugar que le hacía feliz.

 

Categoría No Local

GANADOR NO LOCAL II CONCURSO DE RELATOS DE TERROR MORÓN INFORMACIÓN
“MONSTRUOS FRECUENTES”
Elena Tejedor Gómez (29 años)
Sevilla
– Mi papá es un vampiro –confesó en un susurro el pequeño Mario.
–¡Qué dices! –sonrió el cura ante la ocurrencia del niño– No hay vampiros en Morón,
Mario. El sábado tu papá llevaba un disfraz de Halloween. Anda, vuelve a casa antes de que anochezca y tu mamá se preocupe.

De camino a su hogar, Mario encontró una rama que pensó que le podría servir de estaca.

Él sabía que aunque su padre saliera trajeado y sonriente a plena luz del día, por las
noches se transformaba en un monstruo que hacía sangrar a su madre, cada vez más pálida y ojerosa.

Él la salvaría.

 

FINALISTA NO LOCAL II CONCURSO DE RELATOS DE TERROR MORÓN INFORMACIÓN
“LA SOMBRA”
Manuel Sánchez Ramos (36 años)
San José de la Rinconada, Sevilla
El soldado García había descubierto por sorpresa a alguien extraño en la Base
Aérea de Morón. Alguien que no debía estar allí a aquellas horas de la noche. Una
oscura sombra que huía de él. García era nuevo en la base militar moronense. Era su
primera guardia nocturna. La noche y la extraña presencia le pusieron muy nervioso. No
dudó un segundo en empuñar su fusil e ir detrás del extraño, ordenándole a gritos que se detuviera.

Su agónica persecución le llevó hasta el pabellón de ocio. Allí no podría esconderse en la oscuridad. García pulsó el interruptor nada más entrar. La primera planta del pabellón se iluminó por completo. Allí estaban las mesas de billares, de póker y de ping pong, los futbolines, las dianas electrónicas y las máquinas arcade de videojuegos. Justo detrás de una de las mesas de billar, allí agazapada, estaba la sombra que García buscaba. Una silueta pequeña, como si fuera la de un niño.

El soldado le mandó que saliera de su escondrijo para poder verle. De pronto, las
luces del pabellón se apagaron. García lanzó un grito de espanto. Estaba a oscuras y
muerto de miedo. Y ese miedo fue a más cuando la pantalla de la máquina arcade se
iluminó mostrando un juego bélico. Con la luz que transmitía la pantalla, García pudo
vislumbrar aterrado cómo las bolas de billar se movían solas en la mesa, yendo de un
lado para otro y chocando entre ellas; los muñecos del futbolín también se movían
solos, como si unas manos invisibles estuvieran jugando una partida; los dardos eran
lanzados con fuerza hasta las dianas electrónicas, sin que aparentemente nadie fuera el
encargado de tirarlos; una pelota de ping pong iba de derecha a izquierda y viceversa en
su mesa de juego, como en una partida normal. Sólo que no era una partida normal, ya
que allí no había jugadores.

García tenía ganas de escapar de ese maldito lugar, antes de que se volviera loco
por lo que estaba presenciando. Pero tenía un deber, una misión que cumplir. Y como
buen soldado, no podía abandonar. No podía rendirse, salir corriendo y llorando como
un cobarde. Volvió hasta la puerta de entrada y buscó a tientas el interruptor. Cuando
dio con él, se percató de que estaba apagado. Pulsó para que las luces se encendieran…
y se encontró de frente con la misteriosa sombra que buscaba.

Era un ser amorfo, de piel grisácea, que no medía más de 1,50 centímetros de
altura. Tenía una cabeza gigantesca, comparada con sus brazos y piernas delgados. Sus
ojos grandes, negros y ovalados estaban clavados en el soldado García. Estaba inmóvil.
Los dos estaban quietos como estatuas. El sudor bañaba el rostro de García. Estaba
tembloroso. Impresionado. Y muy, muy asustado.

De manera inconsciente, levantó su fusil y apuntó hasta aquel extraño ser. Se
oyeron tres disparos. El soldado cayó arrodillado y se desplomó en el suelo. Lo habían
matado. Detrás de García, apareció uno de los sargentos de la base. Sujetaba en su mano el fusil que acababa de disparar. Se quedó serio observando al ser amorfo, como si fuera a regañarle por algo que no debía haber hecho. Sin dejar de mirarle, se llevó su dedo índice a sus labios, en señal de silencio. En señal de secreto. El ser grisáceo le respondió emitiendo una especie de risa nerviosa que retumbó en las paredes del pabellón.

 

FINALISTA NO LOCAL II CONCURSO DE RELATOS DE TERROR MORÓN INFORMACIÓN
“CUÉNTAME UN CUENTO”
José Luis Chaparro Gozález (57 años)
Salvatierra de los Barros, Badajoz
Cuando vi en mi teléfono varias llamadas perdidas de mi amigo David, no puedo precisar por qué, pero supe que algo ocurría. La última vez que nos vimos fue durante
mi vista a su pueblo, Morón, con motivo de celebrar el nacimiento de su hija María,
hacía ya casi cuatro años. Desde entonces, algunas conversaciones telefónicas para no
perder el contacto, una muñeca, un libro de cuentos como regalos de cumpleaños para la niña, pero poco más. Ahora estas llamadas con tanta insistencia…Lo localicé en la agenda y marqué. Su voz al otro lado del auricular, denotaba una gran preocupación.

—Necesito que vengas pronto, —exclamó angustiado, tras las palabras de saludo.

—¿Ocurre algo grave?

—No puedo decírtelo por teléfono; nos tomarías por locos. Necesito tu ayuda.

—Esta misma tarde estaré allí. —Respondí ante su petición desesperada.

Serían las diez de la noche cuando llegué a su vivienda en la calle Pozo Nuevo. Allí me
esperaba David. Parecía muy nervioso; al preguntar por su esposa Pilar, me respondió
que se encontraba con ella en el dormitorio hasta que conciliase el sueño.

—¿Qué le ocurre? —Le pregunté mientras tomábamos asiento en el salón.

—Eres psiquiatra. Por eso recurrí a ti. Espero que puedas ayudarnos.

Entonces me contó lo ocurrido la noche anterior.

—A menudo regreso del trabajo muy cansado. Anoche, mientras Pilar hacía los
preparativos para la cena de la niña mientras yo tomaba un baño. Poco después de
terminar, la acompañamos hasta su dormitorio. Pilar salió con la excusa de preparar la
cena para nosotros y yo, como siempre, a pesar de mi cansancio me ofrecí para contarle
un cuento antes de dormir, pero ella declinó mi ofrecimiento, como viene haciendo
desde que cumplió los tres años y su comportamiento comenzó a cambiar. Antes de
salir, coloqué junto a ella la muñeca que le regalaste de la que nunca se separa y pareció quedar conforme. Pilar y yo aprovechamos para charlar un poco mientras cenábamos y como tenemos por costumbre, antes de irnos a dormir, para comprobar que la niña se encontraba bien, pasamos por su dormitorio. Desde hace algún tiempo notamos algo así como un susurro que proviene del interior de su habitación. Con el máximo sigilo nos acercamos a la puerta para intentar averiguar lo que ocurría. El murmullo continúa; una dulce voz puede oírse desde el exterior, cuando de repente, como si la niña intuyera nuestra presencia, se hace el silencio y no nos decidimos a abrir la puerta, suponiendo que la niña hablaba en sueños. Pilar insiste en que no se trataba de su voz y que algo extraño le ocurre a nuestra hija. Yo le comenté que te llamaría y que te quedarías a cenar para que pudieras comprobarlo por ti mismo.

—Así lo haremos, —respondí. Pensaba que aquello parecía no tener la menor importancia.

Después de cenar, les pedí por favor que no me acompañasen arriba y subí solo.
A medida que me acercaba a la habitación de la niña, el susurro se hacía más evidente.
Era una voz muy dulce… como infantil.

Decidí que debía abrir la puerta lo mínimo para poder mirar hacia el interior. La hija de
mis amigos se encontraba entada en la cama y frente a ella, la muñeca que yo mismo le
regalé, con el libro de cuentos entre sus manos.

La niña, escuchando el cuento, sonreía ilusionada.

Al advertir mi presencia, ambas miraron hacia mí para dedicarme una sonrisa que me
heló la sangre.

 

FINALISTA NO LOCAL II CONCURSO DE RELATOS DE TERROR MORÓN INFORMACIÓN
“LA FRONTERA”
David Domínguez Parrilla (41 años)
Sevilla
He tenido que taparme hasta la cabeza con la sábana. No quiero ver lo que quiera que sea que anda por el pasillo.

Escucho sus pisadas, suaves, lentas, no tiene prisa, sabe que estoy sola en casa.

Ahí viene de nuevo.

Sí, se acerca.

Creo que está en la puerta de mi habitación.

Estará pensando si entrar o no…

¿Qué hace? No escucho nada.

Las palmas de mis manos me duelen de apretar la sábana para que no se escape.

Sería fatal.

Nada. Sigue sin moverse.

O no lo escucho…

Voy a dejar de pensar un momento.

No sé qué clase de bestia está ahí parada, podría leer mi pensamiento y saber que
pánico.

Espera, calla…

Se mueve.

Sí, ha dado un paso.

Parece vacilante.

Se ha parado de nuevo.

No, se mueve, sí…. joder, joder, viene hacia la cama.

Aquí está ya.

Se ha parado de nuevo.

Está junto a mí.

Su sombra es negra, muy negra.

Aprieto aún más la sábana entre mis manos.

Mi corazón late con tal violencia que creo que ese terrible ser puede escucharlo.

¿Qué hace ahora la bestia?

No la siento.

No se mueve.

No respira.

¿Será humana?

Pese a todo, sé que me está mirando.

Las gotas de sudor de mi frente comienzan a unirse.

Quiero secarme porque el cosquilleo es muy desagradable, pero por nada de este mundo
soltaría la sábana. Esa cosa puede abalanzarse sobre mí en cualquier momento y romper
mi último reducto de protección.

Siento terribles punzadas en las articulaciones de permanecer quieta, como si mi quietud
me hiciera invisible a esos ojos que imagino inyectados en sangre.

No sé cuanto tiempo lleva aquí parada junto a mí, sin moverse.

Sin respirar.

Solo mirándome.

Oh no, se está inclinando sobre mí…

Sí, casi puedo verlo.

Ahora sí siento su respiración…

Joder, está tirando de la sábana, ¡¡¡está tirando de la sábana!!!!

 

FINALISTA NO LOCAL II CONCURSO DE RELATOS DE TERROR MORÓN INFORMACIÓN
“NOCHE EN EL CEMENTERIO”
Hugo Anta Peña (24 años)
Barcelona
Estaba anocheciendo cuando Ángel comenzó a escuchar el continuo impacto de pequeños objetos contra la ventana de su cuarto, era un sonido irritante y continuo, tic
tic tic…

Se levantó nervioso de la cama y abrió el ventanal para ver que ocurría, aunque ya lo
sabía, sus amigos se habían reunido bajo su casa para recordarle que había prometido
algo, maldita la hora en la que lo habían retado a ello, debía pasar una noche en el
cementerio municipal de Morón de la Frontera sin más ayuda que una linterna.

Cuando bajó sus amigos lo hicieron desfilar desde la calle Murillo y a lo largo de la
avenida del cementerio mientras lo asustaban con viejas historias y cantaban canciones
lúgubres. A medida que el cielo se tornaba más negro, Ángel sentía como la valentía se
le desprendía poco a poco.

Sin saber realmente como había llegado hasta allí, se topó de frente con las barras
metálicas que daban entrada a aquel lugar, si el pensamiento de darse la vuelta había
pasado por su cabeza sus amigos se lo borraron pronto al obligarlo a trepar la verja.
Entre risas desaparecieron y Ángel se encontró más solo que nunca, las cruces parecían
monstruos, las palmeras a través de las cuales soplaba el viento, siseaban y parecían
cobrar vida, las criptas oscuras y frías parecían a punto de quebrarse y dar salida a
muertos.

Ángel prefería pasar la noche paseando a quedarse quieto en algún rincón de aquel
terrorífico lugar así que echó a andar, solo había recorrido unos pocos metros cuando
escuchó como uno de los adoquines sueltos con los que estaba pavimentada la entrada
crujió bajo el peso de una fuerte pisada.

Un escalofrío le recorrió el cuerpo, durante unos segundos se quedó absolutamente
paralizado, incapaz de avanzar o voltearse para ver qué ocurría. Cuando consiguió
reaccionar se volvió y su cara se descompuso para dar paso al horror más absoluto que
había sentido nunca al descubrir la figura que acechaba a escasos metros.

La figura medía unos dos metros de altura, iba descalza pero sus pies eran negruzcos y
llenos de llagas por los que aún se vislumbraban restos rojizos de sangre seca, vestía un
pantalón roto que dejaba ver unas piernas faltas de carne, llevaba el torso desnudo lleno
de cicatrices y con un agujero gigantesco en el estómago en el que las vísceras y los
gusanos se entremezclaban creando una danza siniestra, pero lo peor era su cara,
desfigurada, con los ojos a punto de salirse de las órbitas y una brecha de considerable
profundidad en el cráneo que se alargaba de la frente a la nuca y emanaba sangre tan
densa que se tornaba más bien negra.

Ángel apresado por el miedo avanzaba a zancadas torpes, sin rumbo alguno mientras
veía la sombra de su perseguidor cada vez más cerca, su olor pútrido ya le llegaba a las
fosas nasales, al doblar una esquina, sus pies se entrechocaron y se precipitó a una fosa
abierta golpeándose con rotundidad el cuerpo.

Cuando se repuso, comprobó con horror que en aquel agujero cavado en la tierra su
nombre aparecía pintado con sangre cientos de veces en el polvoriento terreno, trató de
levantarse pero su perseguidor había llegado y con el brazo lo empujó de nuevo a su
tumba. A la mañana siguiente, no quedaba ni rastro del muchacho y en Morón de la
Frontera nunca más se supo de él.

 

FINALISTA NO LOCAL II CONCURSO DE RELATOS DE TERROR MORÓN INFORMACIÓN
“VAMPYRS”
Desirée Molinero Izquierdo (29 años)
Badalona, Barcelona
Todo el mundo cree que los vampiros eran aquellos seres inmortales, míticos y
elegantes que vivían en Transilvania, se alimentaban de sangre y no podían ver la luz
del sol…Bien, hoy os vengo a relatar la auténtica historia que precede a toda esa leyenda que nos cuentan hoy en día en libros, películas y series de televisión.

La verdad, es que… No empezó en Transilvania, sino en Morón de la Frontera.

Por allá el año 313 a.c, mientras el imperio romano apilaba sus soldados y los preparaba
para el siguiente combate. Yacían mientras los cuerpos de los guerreros abatidos por los
enemigos.

Entonces, había sólo dos clases sociales: alta y baja.

La alta se caracterizaba por su piel blanca como la nieve (dado a que no trabajan como
la clase baja, bajó el sol), además tenían todo lo deseado: joyas, preciosos ropajes,
largos baños, todo cuanto querían.Sin embargo, la clase baja, se podían definir como los esclavos de la clase alta, pobres y con carencia de dinero y bienes.

Pero durante el año 313 a.c , en Morón de la Frontera empezaron a saquear todo el
poblado y mataban a todo aquel romano que se interponía en el camino.

Al acabar prácticamente sin nada que llevarse a la boca, tanto la clase alta como la clase
baja se unieron en un bien común , y para sobrevivir ante tanta pobreza, empezaron a
beber sangre y comer carne cruda de los recientemente fallecidos en la batalla.

Se ocultaban de día, para evitar ser vistos por el enemigo y atacaban de noche,
mordiendo la carne y sorbiendo la poca sangre que aún les brotaba de las heridas.

Al parecer, esta acción se convirtió en un hábito. Y cuando ya se acabaron los
cadáveres. Fueron a por el enemigo.Al atacar siempre de noche para evitar ser vistos, desarrollaron una especie de alergia  en las generaciones posteriores, por lo que no podían salir a la luz del día.

Se dice que a día de hoy los pocos que quedan están divididos en dos clanes, unos viven
entre la alta sociedad, alimentándose de sangre en clubs privados, pujando por sus
víctimas. Otros viven en suburbios escondidos del mundo y alimentándose de cualquier
animal que hay a su paso.

Compartir