RELATO_ «El Juicio de Jengibre», por Juan Luis Mármol

    A la memoria mi pana José Carlos Valverde, que también soporta juicios enfurecidos

    El bueno de Hans estaba ya saliendo por la puerta de su casa, cuando comprobó que todo el pueblo estaba teniendo la misma idea. ¡Cómo no hacerlo! Todos iban a la plaza del ayuntamiento, con la esperanza de guardar un sitio en el salón de plenos, tan vacío en otras ocasiones, y que ahora cotizaba  como  mil  sacos  de  grano  cada  metro  cuadrado.  Nadie  quería  perderse  el  gran  juicio  a aquellos dos hermanos. Hans tendría su lugar asegurado, como testigo presencial, pero comprendía que ninguno de los vecinos quisiera perderse el espectáculo. El revuelo había sido mayúsculo. Los rumores se dispersaban con la escandalosa eficacia del mayor virus que ha poblado esta tierra: la desinformación humana.

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    —Son dos hermanos, sí. Un chico y una chica. ¡Terribles! A estas edades tendrían que estar en casa, ayudando a su familia en estos tiempos que corren.

    —Pero eso es lo que harían unos chicos bien educados. ¡A saber cómo serán sus padres!

    —Ellos son los que menos culpa tienen. Incluso he oído que el padre tuvo que echarlos de casa  porque  estaban  destruyendo  su  propio  hogar.  ¡Unas  garrapatas!  Y,  a  la  vista  de  lo  que  ha sucedido, hasta tuvieron suerte. Les podría haber tocado a ellos en lugar de a la pobre anciana.

    Los rumores y las valoraciones se iban sucediendo uno tras otro, agrandando cada vez más la  negra  leyenda  sobre  esos  dos  chicos  a  los  que  se  acusaba  de  haber  quemado  la  casa  de  una anciana, con la pobre mujer dentro. Por supuesto, todo lo que se contaba no era más que habladurías de tabernas, medias verdades que son mentiras completas al final, con una base cierta.

    Resulta que, una semana atrás, un grupo de cazadores encontró una columna de humo en el bosque a donde habían salido a por sus presas. La densidad del humo activó su sentido de alarma, disipando las primeras impresiones de que podía ser alguna fogata de un viajero haciendo un alto en el camino. Además, sabían de buena tinta que por allí vivía una vieja, aislada de la sociedad y que se había ganado cierta fama de bruja por su carácter hosco y ermitaño. Incluso un poco loca, pero era  normal:  el  aislamiento  y  la  edad  avanzada  no  suelen  casar  muy  bien.  ¿Que  la  mujer  era excéntrica? Sí, estaba claro. Pero eso no era justificación para lo que le sucedió, ni mucho menos. Cuando los cazadores llegaron al claro en el que se encontraba su casita, al que tardaron en llegar un buen rato, ya que lo frondoso del bosque dificultaba muchísimo el acceso al pequeño camino que conectaba el claro con las partes más transitables del bosque, no se pudo hacer nada. Hans formaba parte del equipo de cazadores, y lo que vieron todavía le perseguía en sus pesadillas, aun habiendo pasado tanto tiempo.

    Estaba repasando las escenas, sus movimientos desde que se despertó aquella mañana. Su reunión con los compañeros. El plan que iban a seguir. La copita para darse fuerzas. El humo. Los gritos. Tan absorto se encontraba que no pudo esquivar a las dos personas que salían por la puerta habilitada  para  los  testigos.  Se  chocaron  y  él  pidió  disculpas,  solo  para  ver  cómo  aquellas  dos personas, un hombre y una mujer, se escurrían rápidamente entre sollozos. Hans los siguió con la mirada y pudo ver cómo la multitud enfurecida callaba de golpe, abriendo un pasillo muy amplio

    para dejar pasar a la pareja. O, más bien, alejarse de ellos, como si fuesen dos infectados. El silencio comenzó a morir con los picotazos de los cuchicheos, cada vez más fuertes, y el espacio se llenaba de dedos acusadores. Hans sintió un pequeño pinzamiento en la barriga, desde dentro, y luego un tirón fuerte, en su hombro, desde fuera. Un alguacil le requería y él se presentó. Tras una pequeña comprobación,  el  hombre  se  apartó  dejando  entrar  a  Hans  en  el  ayuntamiento.  Sentado  en  una pequeña   habitación,   con   varios   papeles   desperdigados   en   una   mesa   y   claros   síntomas   de agotamiento. Su peluca de letrado estaba puesta de mala manera en el soporte con forma de cabeza, junto a un cepillo. Ni siquiera levantó la cabeza cuando entró Hans.

    —Schulz,  Hans.  Pase  —apartó  una  pila  de  papeles  y  empezó  a  garabatear  en  uno  nuevo. Cuando terminó de escribir el nombre, dejó la pluma en el tintero y levantó la vista por primera vez, con aire divertido—. Hans… Vaya casualidad, ¿no le parece?

    —No sabría qué decirle, señor. Es un nombre muy común.

    —Común, sí, desde luego. No como el caso que tenemos aquí, lamentablemente. Esto está fuera de todo lo común. Ojalá estuviésemos ante lo común. ¿Sabe qué es para mí lo común?

    Hans  se  sentó,  incómodo. Aquella  pregunta  no  parecía  esperar  ninguna  respuesta  y  aquel hombre parecía hablar consigo mismo más que con Hans. Así que este cayó y esperó.

    —Lo  común  por  aquí  es  atender  disputas  absurdas. A Fulanito  peleándose  por  un  lío  de faldas con Menganito. A los vecinos que juegan a los imperios moviendo la valla que delimita su finca  medio  metro  en  el  terreno  del  otro.  Chorradas.  El  otro  día  quisieron  que  encerrásemos  al tabernero  porque  estaba  envenenando  a  sus  parroquianos.  ¿Sabe  qué  sucedió?  —el  hombre  se levantó y se asomó por la ventana, desde la que se podía observar el final de la turba, que esperaba impaciente a entrar en el edificio— Resulta que habían estado comiendo cosas en mal estado en sus casas, pero sus mujeres no se atrevían a reconocerlo. Es más, insistían en que la culpa era de las caravanas de mercaderes, que llegan las últimas a nuestro pueblo y con comida en mal estado. Todo mentira, por supuesto. Y todo dentro de lo común. No como lo que ustedes vieron. Repasemos su testimonio antes de entrar en la sala, ¿le parece?

    De nuevo, una pregunta retórica que encontró el silencio de Hans. El funcionario regresó a su mesa, removió unos papeles y comenzó a leer.

    —Bien, en su declaración, usted afirma lo siguiente. Leo textual, ¿de acuerdo?

    «Cuando  vimos  el  humo,  extremamos  las  precauciones.  No  era  normal  que  alguien acampase a esa hora de la mañana, y como no nos fijamos en la columna antes, dedujimos que el fuego acababa de empezar. Al poco tiempo, el grosor del humo y la velocidad con la que crecía nos extrañó. Sebastian fue el primero en reaccionar y nos dijo que teníamos que averiguar de qué se trataba y, llegado el caso, hacer todo lo posible por que no se propagase. Todavía siendo precavidos, iniciamos la marcha a más velocidad. Conforme nos acercábamos, empezamos a oír los gritos. Nos asustamos, pensando que podría haber alguien herido, pero entonces me sorprendió darme cuenta de que los gritos no eran de terror o de dolor: eran de alegría» —el hombre se detuvo y observó a Hans, que permanecía igual de impasible y paciente como cuando acechaba a sus presas—. ¿Algún error hasta ahora?

    —No, señor. Mis palabras exactas.

    —Entonces, ¿lo que sigue a continuación lo mantiene?

    —Todo, señor. Hasta la última palabra.

    —Es consciente que ahí dentro no se estará tan cómodo y tranquilo como aquí, ¿verdad? Allí dentro habrá varios juicios, además del principal que estamos celebrando. Y uno comenzará sobre usted en el momento en que se siente a declarar. ¿Está preparado? ¿Sostendrá todo lo que hay en este  documento  delante  de  la  jauría  sedienta  de  sangre?  ¿De  esos  niños  que  están  a  un  paso  del cadalso?

    Hans sostuvo la mirada del hombre, que se había agachado para estar a su altura, pero solo en el plano físico. Aunque fuese el abogado de un poblacho recóndito, seguía teniendo el porte y la elegancia  del  hombre  de  mundo  y  ciencias,  superior  a  los  meros  aldeanos.  Pero  Hans  no  era  un simple cateto. Él no era un hombre leído, no había salido de la aldea más que para comerciar con sus piezas de caza y mantener a su familia. Pero no le faltaba una gota de valor y honradez como para que su voluntad se quebrase por un abogado o una turba de exaltados.

    —Mientras antes empecemos, antes podremos terminar con esto.

    El abogado le observó un segundo más, antes de asentir, satisfecho. Se colocó la peluca, recogió todos  los  papeles  que  necesitaría  y  acompañó  a  Hans  hasta  el  pasillo  que  conducía  al  salón  de plenos. Antes de salir, se detuvo.

    —Una cosa más, señor Schulz —esta vez había perdido el tono inquisitivo y no fingió la divertida curiosidad de su pregunta—: ¿tan fuerte era el olor a jengibre?

    **

    El abogado no había mentido. Mientras estaban en el pasillo, las puertas del ayuntamiento se habían  abierto  y  el  gentío  entró  arrasando,  buscando  los  mejores  sitios  para  no  perderse  el espectáculo. Los guardias apenas podían contener a las masas, que pronto acabaron con todos los asientos, así que la mayoría tuvo que permanecer de pie, al fondo de la sala. El jaleo era enorme, la expectación, desbordada. Hans pensó que quizá había sido demasiado orgulloso al pensar que no le afectaría la presión un poco, pero se rehizo. Observó el comportamiento de sus vecinos y recordó a los animales de carroña que esperaban, impacientes, a que hubiese terminado con su pieza de caza, para  arrasar  con  el  resto.  ¿Eso  es  lo  que  iba  a  hacer?  ¿Acabar  con  aquellos  críos?  No,  no.  En absulto.  No.  Él  solo  iba  a  contar  lo  que  vio.  Lo  que  sintió.  Que  los  chicos  fuesen  culpables  o inocentes solo dependía de una persona, de un juez que tendría que valorar todas las pruebas, todas las  declaraciones.  Él  no  iba  a  acabar  con  nadie,  pero  tampoco  era  un  salvador.  Solo  iba  como instrumento de la justicia.

    En esos pensamientos estaba cuando los gritos llamaron su atención. Una de las puertas del fondo  de  la  sala,  a  la  izquierda  de  la  mesa  del  juez,  se  abrió.  Dos  guardias  iban  tirando  de  una pequeña jaula en la que había un pequeño bulto, dos cuerpos abrazados fuertemente. Las venas de los cuellos se hincharon, la sangre subió a las cabezas y la calma tensa que había dio su paso a la terrible tempestad.

    —¡ASESINOS! ¡DESALAMDOS! ¡HIJOS DE SATANÁS!

    La masa se habría lanzado a despedazar a los dos habitantes de la jaula, de no ser por los esfuerzos soberbios de los guardias, que empezaron a repartir porrazos a todos los que trataban de saltar al estrado. Hans observaba todo esto con auténtico temor, incapaz de asimilar lo frágil que era el  estado  de  la  condición  humana,  lo  rápido  que  pasaba  el  hombre  a  desatar  sus  instintos  más animales. El abogado le dio una palmadita en el hombro y le dijo que él sería el primer testigo en declarar.

    —Creí que yo era el tercero.

    —Sí, así iba a ser. Usted iría detrás de los padres de estas criaturas, pero la madre demostró ser un testigo terriblemente inconsistente, siempre corrigiendo al marido. «No son mis hijos, no son mis  hijos,  ¡deja  de  decir  que  son  mis  hijos!»,  repetía,  cada  vez  que  el  hombre  decía  «nuestros hijos». Así que les he mandado a casa, que bastante tienen ya con lo suyo.

    —¿A qué se refiere?

    El abogado hizo una pausa breve, carraspeó e hizo muecas para calentar la voz antes de salir a la sala.

    —El   remordimiento,   señor   Schulz.   Días   antes   de   que   todo   esto   sucediera,   habían abandonado a los chicos en el bosque. Al principio pensé que era una de las excusas desesperadas de los chicos cuando les interrogamos, pero el padre me lo confirmó esta mañana. A saber cómo habrían aguantado aquí hoy. En fin, buena suerte, señor Schulz. Por aquí viene ya el juez.

    El  aludido  era  un  hombre  orondo,  que  avanzaba  a  pasos  cortos  y  dificultosos  y  que  se detenía  para  tomar  aire  y  secarse  la  sudorosa  frente.  Saludó  con  un  gesto  de  cabeza  a  los  dos hombres  y  entró  en  la  sala.  La  gente  no  se  había  percatado  de  su  presencia  porque  seguían obsesionados  con  los  dos  hermanos.  Hans  les  observó:  estaban  más  flacos  que  cuando  los encontraron a los pies de la casa en llamas. No parecían verse afectados por las iras de la gente, ni por  nada  de  lo  que  sucediese  a  su  alrededor. Algunos  veían  en  esto  el  claro  signo  de  la  frialdad asesina, pero a Hans le daba la sensación de que, en realidad, aquellos chicos estaban rotos, huecos. Sus ojos no decían nada.

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