RELATO_ «El Juicio de Jengibre», por Juan Luis Mármol. Capítulo III

    Para mi primo Antonio, que está pasando una cuarentena extraña en Jaca con los demonios de Instagram

    Aquel   pueblo   no   era   importante.   No   estaba   conectado   con   ninguna   ruta   comercial significativa. Tampoco pillaba en medio de algún camino que condujese a algo. No tenía industria, no tenía pasado y el futuro dependía de cómo se comportase la generación que tenía la suerte de vivir  en  el  presente. A juzgar  por  el  estado  actual,  los  habitantes  del  pasado  no  se  preocuparon mucho del futuro de sus hijos, y estos, a su vez, no parecían haber cambiado el comportamiento de sus mayores. La única diferencia de la actual generación con las anteriores estaba, eso sí, en el plazo en  que  iban  a  ejecutar  a  sus  niños.  Mientras  que  los  errores  del  pasado  ejercían  su  curva  de influencia con una tendencia a largo plazo, los de ahora se habían sofisticado y perfeccionado para actuar  casi  inmediatamente.  Así  pues,  un  lugar  insignificante,  dejado  de  la  mano  de  Dios  y condenado al olvido.

    Por eso extrañó tanto a los vecinos que hubiesen encontrado el nombre de su pueblo en el boletín  semanal  que  llegaba  de  la  capital.  La  prensa  nunca  se  había  preocupado  de  sus  asuntos, quizá ni sabrían poner el pueblo en el mapa, pero ahora estaban allí, en primera plana. El Honorable Juez Weinkauff no había abierto mucho la boca durante el juicio. Lo justo para dictar la sentencia. Pero,  en  su  regreso  a  la  capital,  había  hablado.  Y  mucho.  Relató  con  todo  lujo  de  detalles  la transformación de los habitantes en «bestias descerebradas, llevadas hasta el extremo por el odio enfermizo»,  ansiosas  por  devorar  a  «ese  par  de  pobres  diablos,  sin  la  luz  de  Dios  para  poder caminar por el sendero de la rectitud, perdidos ya y sin posibilidad de redención». Contó (no con poca sorna) la impresión que le dio el testimonio del cazador, «un tal Hans Schulz, más pendiente de la comida que de dar un testimonio competente», algo que quizá estaba alentado por la actitud endeble  del  funcionario  del  ayuntamiento,  para  quien  también  tuvo  sus  comentarios  el  juez: «sobrepasado  por  los  acontecimientos,  este  tipo  ejemplifica  todo  lo  malo  de  nuestro  sistema judicial: alguien que busca la vía fácil y que, en cuanto llega el primer problema, se viene abajo de forma terrible. Justificó su actuación en pos del bien general, de no perder, fíjense bien en lo que voy  a  decir,  no  perder  nuestra  humanidad  por  un  caso  a  medias.  Aunque  lamento,  eso  sí,  el incidente que le costó la vida al terminar. Por muy incompetente que seas, nada justifica la reacción violenta de la turba».

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    Así pues, en los párrafos de aquella cobertura cimentada en la única fuente del Honorable Juez Hermann Weinkauff, se dio cuenta rápida del resultado de aquel proceso que pasó a la historia con el nombre del «Juicio de Jengibre». Se hablaba por encima del motivo del juicio a los dos niños que  asesinaron  y  robaron  a  una  anciana,  quemando  su  casa  con  ella  dentro,  viva,  y  tratando  de llevarse las joyas para hacer una pequeña fortuna con ellas. De cómo fueron interceptados por unos cazadores que luego no quisieron declarar en el juicio, salvo uno, artífice de la celebérrima frase de

    «el  lugar  apestaba  a  jengibre  y  yo  no  entendía  por  qué»  que  acabaría  justificando  el  titular  de aquella pieza:

    «CONDENADOS A MUERTE LOS NIÑOS DEL JUICIO DE JENGIBRE»

    El texto prefirió cebarse con la población, que celebró el veredicto con alegría desbordada. Pero, sobre todo, el panfleto dedicó el mayor espacio a la declaración de los niños. Del niño, mejor dicho,  porque  la  hermana  era  incapaz  de  hablar,  «probablemente  carcomida  de  remordimiento  y temor por sus acciones». Contaba el boletín la pausa que tuvo que forzar el juez Weinkauff de un día en el juicio para garantizar la seguridad del mismo. Porque la gente se iba a lanzar a la jaula que contenía a los niños. Unos barrotes que, irónicamente, servían para proteger a sus inquilinos de las amenazas de fuera, y no al revés. No bastaba con la presencia del par de alguaciles del pueblo, así que hubo que esperar a la llegada de refuerzos. Weinkauff recordaba la sugerencia del funcionario del ayuntamiento, «queriendo celebrar el resto del juicio a puerta cerrada. ¿Se lo pueden creer? Este hombre no entendía que la Justicia (sí, escríbelo en mayúsculas) tenía que hacerse valer ante los ojos del pueblo, soberano. Aunque este estuviese compuesto por estas almas descerebradas».

    Así pues, el testimonio de los acusados comenzó al día siguiente. Y si peculiar había sido el del cazador, el del joven asesino mostraba «claros  signos  de locura, una vívida imaginación y la falta  de  respeto  a  la  Justicia  al  tratar  de  hacer  pasar  por  verdad  aquella  sarta  de  bobadas  que reproducimos a continuación, íntegra, para que puedan juzgar ustedes:

    “Hacía  mucho  tiempo  que  no  teníamos  para  comer.  Los  malos  tiempos,  ya  saben.  Padre hacía lo posible por conseguir comida para alimentarnos a mí, a Gretel y a nuestra madrastra. Pero ella era insaciable. Podríamos haber aguantado un poco más, ajustándonos y haciendo sacrificios. Jamás  accedió  a  eso. Antes  bien,  conspiró  y  envenenó  la  mente  de  nuestro  padre  para  que  nos abandonase.  Le  hizo  ver  que  era  mucho  mejor  dejarnos  a  nuestra  suerte  en  el  bosque  cercano  a nuestra cabaña en lugar de comportarnos como una familia. Lo que aquella harpía no sabía es que, cuando  atacaba  con  su  lengua  envenenada,  yo  estaba  escuchando.  Es  lo  que  tiene  el  hambre, señores:  como  la  culpa,  no  deja  pegar  ojo.  No  podía  creerlo,  al  principio.  Sabía  que  no  era  una buena mujer (no era como madre, al fin y al cabo), pero jamás pude imaginar que alguien podría albergar tanta maldad. Aunque la vida me demostró que me equivocaba y no tardaría en encontrar a gente peor. Pero eso sería más adelante. Mi padre accedió, rompiéndonos el corazón a mi hermana y a mí a la vez que rompía para siempre el significado de la palabra familia. El plan era tan sencillo que no me costó trabajo desbaratarlo: al día siguiente iríamos al bosque a ayudar a padre con la leña y él tendría que perdernos en el bosque, regresar a casa y tapar su conciencia con la poca comida que pudieran ganar de nuestras pequeñas bocas. Así que esa noche aproveché para buscar los guijos de piedra que más reluciesen con la luna, todos cuanto pudiese guardarme en los bolsillos. Cada poco tiempo iba dejando un pequeño rastro con el que pudimos regresar a casa, esa misma noche, tras  haber  sido  abandonados  por  nuestro  propio  padre.  ¿Saben  qué  hizo  nuestra  madrastra?  Nos azotó.  La  desalmada  nos  castigó  por haber  llegado  tarde  y  nos  dejó  sin comida. Al  poco  tiempo pusieron en marcha el mismo plan, pero esa vez no tuve suerte. No pude encontrar las suficientes piedrecitas, así que tuve que optar por una medida suicida: el pan. Nos dejaron con un trozo de pan duro que fui desgajando conforme avanzábamos por otra ruta distinta. Era una apuesta arriesgada y, al final, fallida, pues no éramos los únicos que pasaban hambre en el bosque. Nuestra libertad se fue volando  con  los  pajarillos  que  consumieron  nuestro  pan,  obligándonos  a  vagar  por  aquella oscuridad. Jamás habíamos pasado tanto miedo entre aquellos árboles. Solo nos teníamos a nosotros para  luchar  contra  un  mundo  de  pesadilla.  Pero,  de  nuevo,  pronto  comprendería  que  el  terror auténtico no está en una madrastra malvada o en un bosque antiguo. Cuando amaneció, intentamos emprender  el  regreso  a  casa,  o  lo  que  fuera  en  lo  que  aquella  choza  se  había  convertido  para nosotros. Caminamos durante horas, las fuerzas fallando y el ánimo muriendo. Al principio pensé que era mi imaginación, como ese cazador ha dicho antes. Pensé que el hambre me estaba jugando una mala pasada, pero fue mi hermana la que me convenció de que aquello era real. ‘Hansel’, me dijo, ‘me parece oler a pasteles’. Y así era: todo lo que puedan imaginar: dulces de leche, chocolate, jengibre, nata… Cada vez más y más claro era el olor conforme avanzábamos, hasta que llegamos a aquella casa. Todos los que están aquí se rasgan las vestiduras y se arañan las mejillas recordando a la pobre vieja que vivía allí, como si la conocieran de algo, pero apuesto lo poco que me quede a que nadie sabía de la existencia de esa mujer, más allá de algunas habladurías. Nadie podría olvidar una casa así, tan maravillosa. Tan… acogedora.

    Muestren  un  poco  de  empatía,  pónganse  en  nuestra  piel.  Llevábamos  mucho  tiempo  sin comer y aquella casa tenía todo lo que necesitábamos. Nos lanzamos sin pensar, sin darnos cuenta de  que  era  imposible  que  una  casa  así  existiese.  Pero  allí  estábamos,  devorando  las  paredes, metiéndonos  cachos  de  cristal  que  se  deshacían  como  azúcar  en  nuestras  bocas.  Comimos  y comimos  hasta  que…  hasta  que  ella  nos  echó  el  guante.  No  la  vimos  venir.  No  la  escuchamos. Apareció de repente, con la voz más terrible que he oído nunca. Caí fulminado y, cuando desperté, estaba encerrado en una jaula, llena de huesos… huesos de otros niños. No veía a mi hermana por ninguna parte. Llamé y llamé, pero lo único que recibía era un tormento. Dolor y terror por cortesía de aquella bruja que tanto defienden aquí hoy. Aquel monstruo me llevaba comida todos los días. Me quería cebar, decía, ponerme lo suficientemente rollizo para poder hacer un guiso con mi carne. Pero,  bruja  o  no,  tuve  suerte:  era  ciega  y  no  podía  saber  si  estaba  engordando  de  verdad.  Por supuesto que yo comía, pero ella nunca supo si estaba preparado para su macabro banquete. Todos los días me pedía que sacase un dedo por los barrotes, así que me las ingenié para usar uno de los huesos de mis pobres compañeros de celda. Pude averiguar que Gretel seguía viva, esclavizada por la  bruja  y  la  siguiente  en  la  lista  para  alimentarla  una  vez  hubiese  acabado  conmigo.  Traté  de escapar, pero aquella jaula no era natural, así que seguí con mi engaño. Hasta que la vieja se hartó. Decidió que ya había tenido suficiente y que me asaría en el horno. Fue ahí cuando tuvimos nuestra oportunidad. La bruja mandó a mi hermana calentar el horno en que me metería, pero Gretel le dijo que no podía comprobar si estaba preparado. Engañó a la vieja para que asomase la cabeza en el horno y aprovechó para empujarla y encerrarla allí. Gretel corrió para liberarme, mientras la bruja empezaba a arder. Aquellos gritos… aquellos gritos no eran humanos. Pero ya no podrían hacernos daño. Me fui corriendo hasta la puerta, pero Gretel me dijo que, mientras limpiaba, había visto los tesoros de la bruja. Me convenció para llevarnos el botín y poder ayudar en casa. Incluso después de lo que nos habían hecho, mi hermana seguía pensando en el bienestar de nuestro padre. Accedí y nos llevamos lo que pudimos. Tuvimos que salir muy rápido, porque el fuego del horno se había empezado a propagar por la casa y esta prendió con violencia. Cuando volví a saborear la luz del sol y la libertad, empezamos a gritar de júbilo y alegría, pensando que un nuevo mañana traería una nueva vida para nosotros.

    Pero  caímos  de  la  sartén  para  dar  con  nuestros  huesos  en  el  fuego.  Yo  pensé  que  había conocido  la  maldad  en  casa.  Luego  el  bosque  me  hizo  cambiar  de  parecer,  hasta  que  llegué  a conocer a aquella bruja. Finalmente, he descubierto que el verdadero monstruo se encuentra aquí, reunido, sediento de sangre. Y habla en nombre de la justicia”.

    Aquella declaración desató la furia de la jauría, casi tan fuerte y vehemente como la alegría por  la  decisión  del  juez  Weinkauff.  Los  niños  morirían  en  la  horca  en  el  plazo  de  tres  días.  La publicación garantizaba a sus lectores una «rigurosa cobertura del momento en que la Justicia caería sobre aquellos rufianes», enviando, por primera (y última) vez en la historia de aquel pueblo, a un corresponsal que tomase nota del acontecimiento.

    Pero aquel juntaletras llevó otra historia mucho más terrible.

    Habían acordado que la horca actuase en la noche del jueves, para que todos los trabajadores del campo pudiesen ser testigos del ajusticiamiento. No faltó ni un alma en el pueblo, salvo Hans Schulz, el cazador que había encontrado a los niños y que no salió de su casa desde que testificó en el juicio. Por supuesto, tampoco estaba el funcionario del ayuntamiento, que había sido enterrado dos  días  antes  en  un  discreto  funeral  mientras  que  su  asesino  cumplía  condena  en  una  prisión remota. El cadalso se había dispuesto en la plaza principal. Estaba iluminado por dos antorchas para que resaltasen bien las dos sogas destinadas a los finos cuellos de los críos. Además, los vecinos se habían traído su propia fuente de iluminación. Era como ver un pequeño firmamento de estrellas en el suelo, o una macabra procesión de fuegos fatuos indicando el camino al infierno. El periodista recordaba  en  su artículo  el  «extraño  ambiente  que  se respiraba  en  el  pueblo,  con  un silencio  tan pesado que se te echaba en los hombros y te obligaba a caminar encorvado. Los pueblerinos, tan pasionales en su día, estaban ahora en solemne trance, como si temiesen que el más mínimo ruido rompiese el buen hacer de la justicia. Ni siquiera cuando los asesinos empezaron a dar sus últimos pasos. Parecía que iban a tener el respeto de sus vecinos en este momento, pero quién iba a decir a este que escribe que aquello no era más que la calma antes de la tempestad».

    Hans Schulz no había salido del juicio siendo la misma persona. Las pesadillas, el rostro de los  niños,  la  transformación  de  sus  vecinos  y  amigos  en  bestias  y  la  decisión  del  juez  fueron demasiado  para  su  mente.  En  su  interior,  el  cazador  había  empezado  a  comprender  que  había cometido un error del que no podría recuperarse jamás. El miedo le cegaba, pero el remordimiento le otorgó clarividencia y la culpa le indicó el camino.

    Aquella noche, Hans se unía a la caza.

    «Nadie  supo  qué  ocurrió  ni  cómo.  Los  pocos  supervivientes  no  han  querido  hablar  y servidor  no  pudo  ver  con  claridad  el  origen  de  aquello.  Los  gritos  empezaron  a  mi  derecha,  al principio con un murmullo cargado de reproche que pronto se transformó en el terror absoluto. El caos empezó a desatarse y pronto pude ver qué había alterado tanto a la gente: el fuego se estaba abriendo  paso  entre  la  multitud.  Cuando  empezamos  a  huir,  esta  vez  se  escuchó  claramente:  un disparo. Habían abatido a uno de los portadores de antorchas del otro lado y, cuando esta encontró un  objetivo,  el  fuego  encontró  otro  foco.  Las  llamas  avanzaban  con  violencia  y  una  velocidad inexplicables,  como  si  hubiesen  encontrado  un  combustible  especialmente  volátil.  En  aquel entonces, alguien señaló al cadalso: era Hans Schulz, el cazador que encontró a los asesinos, que había subido para liberarlos. Cargaba con su fusil de caza, aún humeante por los disparos con los que  había  provocado  el  incendio. Aquella  misión  de rescate,  sin embargo, no  llegaría  demasiado lejos. La muchedumbre se olvidó de las llamas derritiendo su carne y se lanzaron a por aquel trío de criminales, envueltos en el mismo fuego que acabaría consumiéndolos a todos. En todos mis años como periodista he cubierto muchos incendios, así que créanme cuando les digo que jamás había visto algo parecido. Pude ponerme a salvo y presenciar cómo, en apenas cuestión de horas, aquel pueblo desapareció, consumido y reducido a cenizas y un humo negro que se pudo ver durante días. Fue  un  auténtico  milagro  que  no  afectase  a  los  bosques  cercanos  y  se  propagase.  Muy  pocos vecinos pudieron librarse del fuego, que puso el punto y final al Juicio de Jengibre».

    El  suceso  fue  la  comidilla  de  la  alta  sociedad  durante  un  par  de  días,  lo  justo  para  que surgiese otra calamidad que sepultase del todo la historia de aquel pueblo. Pero, como en todas las grandes historias periodísticas, lo mejor estaba en lo que el autor se dejó. No contó el miedo que sintió rodeado de aquella gente, ida, sin vida en sus ojos y sin nada en sus cabezas más allá de lo justo  para  avanzar. Tampoco  contó  el  escalofrío  que  sintió  al  oír  la  voz  que  arrastraba  el  viento, parecida a la risa más cruel que oiría jamás. Y también se guardó para sí lo que llegó a su nariz durante su frenética huida del lugar.

    Aquel horrible olor a jengibre.

    FIN

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