OPINIÓN_ La Lupa. «Únicos», por Mila Guerrero

    A menudo, al salir de mi calle conduciendo, a eso de las siete y media de la mañana, cuando cojo la segunda curva para intentar salir del barrio, me encuentro de sopetón con alguna cuadrilla de seres ataviados con el ánimo fresco de empezar el día corriendo, esparcidos a todo lo ancho de la calzada. Se les olvida, sin embargo, que esa calle que ellos invaden con sus saltitos alegres y madrugadores, no es de uso peatonal, y también que cualquier día vamos a tener un disgusto, si no yo, cualquier otro vecino desaprensivo que, en vez de poder ponerse las mallas y la cinta en la frente, no tenga más remedio que dirigirse al trabajo en su coche. En una ocasión, masqué tan de cerca la tragedia, que, al mismo tiempo que clavaba el pie en el freno presa del pánico para evitar despanzurrar bajo las ruedas a una corredora ya no tan moza, les grité desesperada por la ventana a todo el grupo que si estaban locas o qué.

    A medida que me alejaba, todavía con el susto en el cuerpo, dando gracias al cielo de que estuve lo suficientemente despierta como para reaccionar a tiempo, podía escuchar de lejos los insultos y aspavientos cuyo objeto, por supuesto, era yo. Esto me recordó de inmediato a aquella otra ocasión en que circulaba por una calle más bien estrecha, pero con su correspondiente acera, y una señora se desplazaba pegadita a ella, sí, pero abajo del bordillo, y cuando -cansada de esperar para que se subiera y poder seguir adelante sin dañarla – le pedí que lo hiciera, me espetó de mala manera, que si me creía que llevaba un Mercedes, que podía pasar perfectamente. Obviaba, claro, el pequeño detalle de que ella, peatona, circulaba por la calzada.

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    Proliferan, además, y por desgracia en este pueblo nuestro, esas pandillitas de púberes que obvian el paso de cebra y cruzan por donde les da la real gana de sus adolescentes voluntades, animados por el rebufo del grupo. Cuando los veo comportarse así, siempre me pregunto si no serían carne de atropello fácil en cualquier ciudad, y cuánto les costaría acostumbrarse a cruzar por donde se debe y no por donde se quiere.

    Pero claro, para que aprendan eso del deber y del querer, primero habría que enseñarles a respetar y obedecer unas normas de convivencia básicas, unas reglas en las que no son el centro del universo, ni individuos aislados, sino solo otros seres más en este espacio, quizá únicos, pero tan valiosos como todos los otros únicos.

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