OPINIÓN_ La Lupa. “Prisa”, por Mila Guerrero

    Lo primero en lo que me fijé, lo que llamó poderosamente mi atención, fueron sus labios. Tenía una boca carnosa, de labios gruesos y bien proporcionados, había perfilado su contorno de forma redondeada, para que sus dos líneas se fundieran en un perfecto seno de corazón en el centro del labio superior. Los llevaba pintados con un carmín a la última moda, de un violáceo oscuro, lo que los entendidos en moda creo que califican como color berenjena.

    Tenía, de modo que sus ojos color avellana verdoso resaltaban en la blanquísima piel, una finísima línea negra que le adornaba ambos párpados, y una capa de sombra perlada que ascendía suavemente hasta las cejas bien depiladas. El rímel no era muy profuso, solo lo suficiente para alargar y curvar solo un poco sus pestañas.  Un rosa primaveral adornaba sus mejillas, dejando un reflejo como de diminutas gotas de sol hacia la sien.

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    Su media melena de puntas perfectamente cortadas, peinada y planchada a conciencia, descansaba un extremo por delante de su hombro derecho, mientras que el otro, recogido por arriba detrás de la oreja izquierda, permitía ver cómo de ella colgaban dos aritos de colores diferentes, oro amarillo y oro rosa, y un diminuto pendiente brillante un poco más arriba.

    Llevaba una camiseta negra, holgada de mangas cortas y caídas, cuyo cuello de barco naufragaba hacia un lado, dejando al descubierto en su totalidad el hombro izquierdo, sobre el que descansaba a tirilla sedosa de lo que podía ser a la vez sujetador y camiseta. Unos pantalones vaqueros, gastados y deshilachados que dejaban los tobillos al descubierto, una rebeca blanca atada a la cintura, a juego con la suela engordada de las zapatillas de cordones completaban el atuendo, eso que esos mismos entendidos de antes llamarían el outfit sin conocimiento alguno de los tres sinónimos en su propia lengua.

    Tenía, a modo de bandolera, cruzado en el pecho, la correa de piel de un bolso de marca, un reloj en la muñeca izquierda que incluso desde lejos contaba que no era barato. Tenía, en la otra muñeca, una pulsera pandora a la que pude contarle al menos seis charms o abalorios. Tenía un anillo que bien podía ser de oro en el dedo gordo de la mano izquierda, y otro que sin lugar a mucha duda lo era, a juzgar por el fulgor que despedía con el ligero rayo de sol que lo alcanzaba de refilón, en el dedo corazón de la misma mano. Tenía, en la otra mano, otro par de anillos en diferentes dedos, y tenía, por supuesto, una manicura de uñas de gel quizá demasiado largas.

    Tenía, seguramente, no más de doce años.

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