OPINIÓN_ La Lupa. “Inevitable”, por Mila Guerrero

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    La vida, ese amasijo de circunstancias aleatorias que hacen que tu configuración genética termine siendo un ser a veces inteligente, y no un calamar vampiro – por poner un ejemplo con nombre exótico -, se abre paso inexorablemente a pesar de todos los esfuerzos que hacemos a diario por ignorarla. Preferimos obviarla, ir a nuestra bola; como jefes supremos de la creación que somos, tampoco vamos a pararnos a pensar en pequeñeces.

    Y aquí estamos, un aluvión de años después convertidos en un crisol de colores, culturas y circunstancias, incapaces de vernos nada un poco más allá de nuestro propio ombligo, sin demasiadas excepciones. Para rematar la faena, alguien – que lo mismo podría ser la Naturaleza misma, ese Dios vengativo y castigador que mandaba las plagas en las pelis de Charlton Heston, al que tanto le gusta fastidiarnos, o dos listillos jugando en un laboratorio a ver cómo quedaría la cosa si fuéramos unos cuantos menos a repartir – nos ha mandado una pandemia mundial para ver cómo nos las arreglamos. En este punto quisiera aclarar que no creo los ímpetus imploratorios de mis queridos amigos partidarios de que la limpia se hiciera a través de meteorito, y sus deseos desaforados de que esto se acabara pronto – porque al no tener ya arreglo, todo lo que venga será peor –, hayan tenido nada que ver. Claro, que empiezan unos cuantos de ateos a rezar para que caiga un pedrusco y les sale la suelta de un virus, más que nada por la falta de costumbre.

    Bueno, pues la cosa es que hay que, de momento, acostumbrarse. Pero esta nuestra pequeñísima parcelita de visión que tenemos los que por circunstancias somos los afortunados occidentales de vida en Democracia, solo nos deja ver nuestra triste tragedia. Nosotros, los que hemos apagado religiosamente los telediarios cuando nos ofrecían imágenes de masacres en lejanos países de aquí al lado, y a los que se les han escatimado convenientemente las imágenes de cadáveres y se las han sustituido por canciones ñoñas. Los que nos preocupamos por si es suficiente la distancia, la mascarilla, el gel y los improperios al vecino que sale a los bares para mantenernos en el grupo de los elegidos para la vida, esos, a los que se nos ha olvidado que hay que morirse, y que el imprescindible requisito para ello es solamente estar vivo. Los mismos que entramos en pánico al tener que reabrir las escuelas, y cerramos la diversión y los antros a partir de la hora en que se peca mucho y bien, que al final todo va a ser de lo mismo, y pedimos a voces, desesperados, que nos regulen y legislen hasta la hora en la que respiramos, incapaces de gobernarnos por falta de costumbre.

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    Nosotros, vivimos en comportamiento contradictorio constante, al no poder desprendernos de nuestra imperfecta humanidad – qué bien que lo expresaba mi amiga Katia Verdugo en su Facebook la semana pasada – enfrentada al reto mayúsculo de lo no conocido. Quizá debiéramos recordar que esta es sólo es una manera más en la ruleta diaria de morirse; endeble memoria la nuestra, que hemos olvidado la azarosa magia que nos mantiene vivos, porque es la vida, con todas sus circunstancias, lo único que, de verdad, es inevitable.

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