OPINIÓN_ LA LUPA. “De pollos sin cabeza”, por Mila Guerrero

    La vida inteligente, que nos abandonó hace tiempo dejándonos en las desaprensivas manos de un tutorial de Youtube, se ríe de nosotros desde su retiro espiritual.

    Si en un momento de inusitada lucidez concentráramos nuestra atención en el silencio (esa cosa ajena cuyo nombre nos suena solo  del título de alguna  canción) se podría escuchar su risita in crescendo a carcajada descarada e  irreverente. Se troncha, imagino yo, de vernos desorientados, faltos por completo se sentido común, pero con nuestro gesto impávido, sonrientes de poder poseer el último (o al menos el penúltimo) modelo de teléfono móvil para poder seguir en las redes programas del calibre cultural de MHYV (he tenido que mirar el acrónimo en San Google). Se desternilla, de ver niños mandando en padres, padres en profesores, lobos guardando ovejas, dirigentes corruptos y casi analfabetos, polemistas profesionales, troles, hackers, haters, youtubers y toda esa calaña escondida bajo pseudónimo jactándose de su buen hacer y sus faltas de ortografía; sabios apartados, necios haciendo caja,  mentirosos profesionales, trileros de masters , timadores de currículums, mercachifles, truhanes, trovadores regetonianos del reino, imitadores a saco de periodistas, escritores, poetas y artistas.

    moroninfo-mar17

    Me recuerdan estos derroteros humanos sin sentido a una imagen que permaneció en mi memoria para siempre: Tenían mis padres en el  corral de la casa donde habitaba mi familia siendo yo pequeña unas cuantas gallinas y algún que otro pollo para el abastecimiento casero.  Un gallo joven cogió la fea costumbre de picarme en lo alto de la cabeza, cada vez que conseguía tras arduo esfuerzo alzar la pierna por lo alto del escalón que separaba el salón de la casa del patio (contaba con cinco años cuando nos mudamos de barrio y esto ocurrió bastante tiempo antes). Mi padre, antes de que el gallo  pudiera seguir molestándome, no entendió chica: cargó la escopeta de caza con un par de cartuchos y practicó el tiro al pollo en el patio.

    Jamás se me borró de la retina ese pollo descabezado, con la mitad del cuello aún colgando, corriendo por el patio sin itinerario cierto, manándole la sangre oscura a borbotones, hasta caer agonizante de lado, exhausto y sin solución,  y se me viene a la mente cada vez que contemplo un desconcierto general a gran escala.

    Por cierto, no  me quedaron secuelas de por vida de los picotazos del pollo en lo alto de la cabeza, aunque estoy segura de que habrá un sector de lectores que, en este punto, lo pueda poner en duda. Claro, que lo mismo es que yo lo veo todo desde el prisma opaco de una crianza traumatizada, llena de pollos, escopetas y corrales.

    moroninfo-mar17
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