OPINIÓN_ La Lupa. “De buenos padres y buenos hijos”, por Mila Guerrero

    Se llama Pepe, y lo conocí hace algo más de veinte años, cuando yo formaba parte del grupo de amigos que su hijo menor había reclutado en su casa aquella noche para ir juntos a una fiesta. De aquel encuentro recuerdo poco más aparte de que parecía un padre sensato que le daba los últimos y consabidos consejos de seguridad a su hijo, ya universitario, antes de salir de juerga, mientras nosotros esperábamos pacientemente a que terminara la charla. Coincidí con él en algunas ocasiones más, sin detallar demasiado, en circunstancias de superficialidad similar, así que se puede decir que no lo conozco en profundidad.

    Con seguridad, Pepe ha tenido sus sombras en la vida, habrá tenido sus intransigencias, y su mano izquierda, sus fallos y sus aciertos. Puede que sea una de esas personas que todo el mundo conoce y aprecia, no en balde fue conserje de una finca durante muchos años, pero no me equivoco tampoco si afirmo que tuvo detractores, incluso -como todos tenemos- algún que otro enemigo, de esos con los que una vez se tiene un encontronazo leve, que se torna en situación inmanejable, y que deja esa huella para toda la vida de tener alguien con quien no volverás a saludarte jamás, bajo ninguna circunstancia, pasen los años que pasen.

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    A lo mejor Pepe, viudo desde hace dos años, fue un buen esposo. A su señora, a la que también conocí de manera somera – con ella sí que tuve alguna que otra conversación, aunque intrascendente -, la recuerdo como alguien de personalidad afable y serena. Desprendía ella un aura de tranquilidad considerable, lo que no quita para que tuvieran sus más y sus menos como cualquier matrimonio, y que resistieran como los de antes, que cuando la cosa hacía aguas no había más remedio que achicar, aguantar el chaparrón, y rezar para salir a flote más pronto que tarde.

     Pepe tiene ahora noventa y dos. Su mente ha decidido que ya ha visto bastante la vida de afuera, y se ha sumergido para siempre en las tinieblas de los recuerdos inconexos. Ya no sabe quién es, ni quién fue, ni sabe por qué alguna gente a su alrededor le mira con pena y otras al pasar le ofrecen una leve mueca de asco o de miedo, y, para ser sinceros, esto último ni falta que le hace.

    Desconozco, en la rotundidad y el alcance de la afirmación, si Pepe fue un buen padre, pero me bastó ver a su hijo menor dándole pacientemente de comer en un restaurante para no necesitar saberlo, y reafirmar otra vez mi certeza eterna de que Carlos sí es un buen hijo.

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