OPINIÓN_ “La Lupa”. “Cuento de Navidad”, por Mila Guerrero

    La comida fue abundante, variada y excesiva como corresponde a la tradición. Habíamos dado cuenta de entrantes a base de queso, jamón, ensaladilla, chorizo y salchichón ibérico, caña de lomo, carne mechada, mejillones en aliño, biscotes con paté. De la cerveza habíamos pasado al vino blanco para acompañar las patas rusas, las gambas, los langostinos y los gambones a la plancha. Cuando las deliciosas rodajas de roti de carne al horno acompañadas de patatas llegaron a la mesa, no hubo más remedio que cambiarse al vino tinto. Para el postre pudimos elegir entre la tarta de brazo gitano o los típicos dulces que se estilan para estas fechas: turrón, chocolate y bombones rellenos. Con los cafés llegaron las copas de balón y los chupitos.

    A esas alturas de la tarde me sentía un poco pesada, y busqué refugio en la zona sofás. Los niños ocupaban la mayor parte, y su entusiasmo por ganarse unos a otros una partida de la playstation, a un juego que parecía una guerra entre plantas de colores fluorescentes y unos muñecos asquerosos con aspecto de zombis, les hacía dar gritos de vez en cuando. En la otra parte del salón, el compás con los nudillos se hacía ya un hueco en la mesa de los adultos, y en el patio, los fumadores pedían a grito pelado que llevaran la música hacia ellos. Yo me acurruqué con sopor en una esquina del sofá grande, al calorcito de la estufa, incliné un poco la cabeza a un lado, comencé a verlos a todos borrosos…y me dormí.

    Tuve entonces un sueño extraño, una pesadilla terrible que me tuvo angustiada todo el tiempo que duró. En el televisor se sucedían, sin solución de continuidad, imágenes terribles de un tiempo pasado: hombres muy machos que se encendían un cigarrillo después de una galopada, o tras atravesar selvas en puentes de cuerdas sobre precipicios, retratos de gente alegre mientras sostenían entre sus dedos el humeante símbolo de la peligrosísima despreocupación. Por si no era bastante, se intercalaban de manera proporcional con otras que invitaban con descaro a beber licores, whisky, incluso un brebaje extraño que al parecer te hacía aumentar las señales de hombría: el ponche. Las personas que cometían estas tropelías encima parecían disfrutar de la fiesta, alegres. El colmo fue cuando vi como una chica, que parecía la misma que antes había cabalgado semidesnuda en una playa blanca para invitar a beber coñac, se desprendía de la poca ropa que llevaba y corría despavorida de alegría y libertad hacia las olas de frescor de los limones del caribe. Mi mente no pudo resistirlo más y desperté.

    El alivio fue inmenso. El corazón se me tranquilizó al momento, cuando comprobé que todo estaba bajo control:  los niños habían salido al porche a pegarse tiros con las balas de gomaespuma de sus pistolas automáticas, y los adultos se mofaban unos de otros en el patio, compitiendo sobre quién tenía más vídeos de tontadas en el teléfono. La felicidad fue plena en el momento en que la tele me narcotizó en pocos minutos, los que tardé en visualizar cinco anuncios seguidos de casas de juego y apuestas, y otros cinco de perfumes, con su atmósfera de peli negra los primeros, de chicos malotes al borde de ganar tanto dinero como para comprarse otro cordón brillante para el cuello; los segundos con ese aire de metáfora extraña que hacen que parezca que las drogas son condición indispensable para la creatividad.

    Menos mal que hace mucho que ya salimos de aquellos otros tiempos más insalubres y oscuros.

    Compartir