OPINIÓN_ La Lupa. “Con mascarilla”, por Mila Guerrero

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    Creyeron, aquellos que soñaban con un cambio estructural que supusiera una renovación intensa de las costumbres destructivas del ser humano, que la Naturaleza misma, la madre Tierra, nos estaba mandando un mensaje cristalino: si continuábamos con nuestro comportamiento aniquilador, ella misma se encargaría de acabar con nosotros antes de que todo se nos fuera aún más de las manos. La pandemia no era más que un aviso, y de la lección magistral, so pena de dejarnos muchos más cadáveres en el camino, devendríamos en una raza plenamente ecológica.  El confinamiento – unos cuarenta días – habría orquestado en nosotros – en todos los ciudadanos del primer mundo democrático, digo yo – una suerte de conciencia verde que transformaría como por arte de magia las relaciones económicas y sociales del planeta. No es que hubiera plantado una semillita, no, es que una luz intensa nos habría abierto en la sesera la mirada del bien, y de repente, cuando saliéramos a la calle, ya todos nos trataríamos con respeto, solidaridad y miraríamos solo por el bien común de la especie. Una suerte, no hay mal que por bien no venga. Saldríamos reforzados, abrazando la vida, libres de egoísmos y tretas, limpios y puros de corazón, a querernos todos.  Valiente susto.

    Creyeron, aquellos que en su fuero interno albergaban las más oscuras profundidades, que por fin sus sueños más húmedos se estaban cumpliendo. Una tragedia planetaria se cebaría con los individuos a todos los niveles. Una plaga divina- la primera de las que vendrán- que arrasaría con pecadores y justos por igual, que bastante desastre tenemos formado para que se salve alguien. La pandemia, metáfora de meteorito – que nos va a matar, pero despacito – es la manera en el humano paga sus dislates ciegos, su deambular alejado del camino correcto. Hordas descontroladas arrasarían con todo a su paso, y el apocalipsis sería aquí y ahora, y a ver si así  por fin se acabara esta raza torpe y disminuida que no atiende a razones más que a su propio beneficio. Se les podía ver el esbozo de risita en la comisura de los labios cada vez que veían aumentar las cifras en el telediario. Aún no han perdido su esperanza de que este invierno se abalance sin control una segunda oleada y por fin nos vayamos todos a otro barrio, si hubiérelo. Se acerca el fin, no puede ser más que eso.

    Y, sin embargo, a punto de cumplir el año del fatídico descubrimiento, seguimos en este bendito país discutiendo por un ciérreme usted allá unas discotecas, por un no me diga usted lo que tengo que hacer que quiero ser autónomo, pero arrégleme los bajantes que eso es cosa del casero. Llevándonos las manos a la cabeza con la ratio y el espacio en las clases, tirando de cinta métrica para cerrar garitos e instalaciones, pero apretujándonos a base de bien en recreos, burgers, fiestas y comuniones. Expandiendo la costumbre nacional de la vieja del visillo, y con proliferación fúngica de expertos epidemiólogos, pandemiólogos, pseudopsicológos, politólogos, futurológos, profetólogos y expertólogos. La vida misma.

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    No nos ha vuelto el mal, ni más malos, ni más buenos, y seguimos con la determinación infinita del comportamiento errático de los pollos sin cabeza, pero con mascarilla.

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