OPINIÓN_ La antorcha y el manantial. “Héroes” por Juan Diego Vidal

Martina bien podría ser la protagonista de La vida es bella o En busca de la felicidad, ya que, al igual que Giousè y Christopher, ella también tuvo un padre que en casa era responsable, sonriente y divertido, y que cuando salía a la calle se convertía en héroe, ¡pero un héroe de los de verdad!

Hace tres años, el papá de Martina decidió unirse a otros héroes y heroínas en Lesbos, en el mar Mediterráneo, y fue entonces cuando muchos lo conocieron. Aquella isla del mar Egeo se estaba llenando de dolor, lágrimas, explotación, ataques, olvido e incomprensión. Los televisores de medio mundo mostraban las imágenes de gente que necesitaba ayuda, personas que huían de la muerte, llegando penosamente a tierra firme, y que una vez alcanzado su destino eran maltratadas. Y durante la ruta, las aguas se tragaban miles de vidas, vidas valientes. Así que había llegado el momento, no tenía nada más que pensar: el papá de Martina, junto a decenas de hombres y mujeres, puso su corazón y sus ideas al servicio de los demás, y allí que se fue a salvar víctimas, como hacen los héroes.

Él era bombero, así que ya tenía experiencia como portador de solidaridad ayudando a quienes más lo necesitaban. Esas llamas que tantas veces apagó fueron creciendo en su interior en forma de superpoderes cargados de amor y dignidad, y fueron esas herramientas las que permitieron a cientos de migrantes seguir vivos cuando las olas, el frío y el terror ya se preparaban para sepultarlos en el cementerio más grande del mundo, el de las profundidades mediterráneas. Pero he aquí una diferencia con las pelis: en su triste pero bella misión, los buenos no contaron con la ayuda de las autoridades en la realidad. Es por ello que héroes como el padre de Martina tienen aún más mérito.

Eran (son) tiempos en los que escaseaba la luz, con jefes manejando los hilos de las tinieblas para ocultar a la luz pública los intereses existentes tras la inmensa trama de tráfico de inocentes. Poderosos enemigos, gobernantes impolutamente trajeados que guiaban los medios para insuflar odio, racismo y mentiras a través de discursos y leyes. Muchos de los héroes comenzaron a ser detenidos, atracados sus barcos, amordazadas sus voces, acusados, todo con el objetivo de que la gente no viera que ellos estaban haciendo lo que correspondía a unas instituciones vacías de moral y valores. Se ondearon banderas de patrias para nublar la vista, se llamó “peligrosa invasión” a las desesperadas llamadas a la fraternidad, la ciudadanía estaba confundida… ¡Pero los héroes nunca dudan! Ellos saben que a veces hay que pensar cómo desobedecer para seguir atendiendo a quienes requieren ayuda, y por  eso siguieron adelante.

Pues bien, los héroes de la vida real tienen nombres y apellidos que no hacen referencia a criaturas sobrehumanas, a resultados de experimentos de laboratorio o a ilusiones cósmicas. Son Òscar Camps, Helena Maleno, Laura Jansen, Onio Reina, Manuel Blanco, Julio Latorre, José Enrique Rodríguez, Eduardo García, Santiago Serrano, Alfonso Mata, Proemaid, Aquarius, SOS Mediterranée, Proactiva Open Arms, Sea Watch, Mediterranea, G-Fire Bomberos, y un largo etcétera de mujeres, hombres y organizaciones que voluntariamente, y aun sin ser llevadas sus hazañas al cine, ponen cada día sus superpoderes al servicio de las miles de almas que se tiran al mar en busca de una vida mejor.

En tiempos en los que el odio al de fuera parece generar votos en las urnas, en los que los colores de una bandera son utilizados para tapar las injusticias, en los que hay periodistas que denigran la profesión sirviendo a bandos, en los que se levantan muros para alimentar la ignorancia, en los que se rememoran los episodios históricos de avasallamiento bélico en lugar de recordar aquellos que significaron la unión de culturas y civilizaciones, y en los que se involuciona ensalzando exclusivamente lo propio en lugar de evolucionar a partir de la diversidad, ellos, los héroes de verdad, hacen caso omiso a todas esas muestras de inhumanidad y siguen surcando los mares. En medio de ese ambiente de tensión y miedos, ellos siguen abriendo sus brazos, prestando su inteligencia para atender los problemas de verdad. En medio de los ataques, ellos siguen jugándose la vida con tal de salvar la de los más desprotegidos.

Y ocurre que, como en las películas, a veces los héroes no pueden prolongar sus aventuras todo lo que ellos quisieran. Pablo Cano no podrá seguir con la suya por culpa de una larga enfermedad. Este vallisoletano de 34 años fue uno de los que llegó a Lesbos para salvar vidas, sustituyendo la capa voladora por el traje de neopreno. ¿Cuántos supervivientes transportados en precarias embarcaciones están hoy vivos gracias a gente como él? ¿Cuántos de esos niños refugiados serán mañana héroes también?… Por lo pronto, una nueva heroína está en ciernes y se llama Martina. El legado de Pablo Cano, su papá, le reportará los mimbres necesarios. ¡Ella sí puede decir, bien orgullosa, que su padre fue, es y siempre será un héroe de los de verdad!

moroninfo-mar17
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