OPINIÓN_ Dominicas. «¿Tú por qué escribes? V», por Juan José García López

Gumersindo Cintrón coincidió a fines de los 80 con la escritora invitada hoy aquí, en el fallo de un concurso literario al que por aquellos tiempos le daban las editoriales mucha pompa y publicidad. Ambos autores habían quedado en la bolsa de los finalistas y fue la misma editorial la que los invitó a la cena del escrutinio final.

La escritora en cuestión era Elvira Lindo, una muchacha de Jerez, pero afincada en Madrid donde trabajaba desde su juventud;  era una mujer joven, muy activa, y abierta al dialogo; decía que comenzó a escribir con contrato, sketches y guiones,  primero para a radio después también para la televisión, hasta que comenzara a escribir libros a partir de los 31 años. Cuando yo la conocí –argumenta Gumersindo en primera persona– todavía no había creado a su Manolito Gafotas, aquel  personaje literario de ficción, con el que alcanzó la fama en todo el mundo, hasta obtener el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil. A ella le oyó decir cuando le preguntó Paco Umbral, también invitado a aquella cena,  ¿Tú por qué escribes, Elvira? Ella resueltamente respondió «Escribo desde los nueve años. Desde muy joven empezaron a pagarme en la radio por guiones, que me inventaba. Cuando comencé a escribir libros, pensé que escribir era mi oficio hasta que me di cuenta de que se trataba de algo más. Es un oficio,  pero también una forma de vida. No sabría vivir sin escribir”. Y así fue como comenzó Y, al igual que ocurriera con su paisano, Caballero Bonald, más alejado de su edad que de sus méritos literarios,  ambos escritores, andaluces de Jerez de la Frontera, los traemos aquí para iniciar esta columna, por la fina coincidencia que miren por donde tienen  con el autor de estos Sundays.

El pregón literario del viejo maestro que yo tuve de niño, comenzó destapando la sospecha que abrigaba de mi poema olvidado. Y efectivamente pidiendo perdón a un poeta que él tuvo de alumno treinta años atrás, comenzó su disertación, y narró lo de aquella mañana de primavera en la que yo, desolado, sin entender lo que ocurría, ví volar ¡Ay!  aquellos trocitos de papel por el espacio sideral, cuales mariposas desnortadas, sintiendo en mis adentros que algo íntimo escapaba de mi ser, como si me hubiesen arrebatado un tesoro, algo que me pertenecía. Nunca antes sentí tanta rabia. Y rompí a llorar cuando el profesor me recriminaba, desde su tribuna de cristal, mientras destruía el poema,  preguntándome que de dónde  había tomado yo aquellos versos, convencido -el insensato- de que el trabajo no podía ser mío.

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-Eso lo haría por envidia ¿No, abuelo?

-No lo sé, Gumersindo; lo que si te puedo asegurar es que aquel fue uno de los tragos más amargos de mi infancia.

A raíz de este incidente abrigué el propósito de demostrarle a aquel inquisidor que los versos eran míos, salidos de mis sentimientos y puestos en el papel con mis propias palabras. Entonces escribí en alguna publicación, quizá en el semanario local el primer artículo de los que recuerdo, que además, no me lo publicaron, pero  ¡Qué pondría yo en aquellas cuartillas, que me expulsaron del colegio! Pero me quedé muy tranquilo.

-Uf ¡Qué bien! ¿Y ya no fuiste más a la escuela?

-Bueno, me inscribí en otra, donde comencé con muy buen pie y de la que guardo gratos recuerdos. Cuando llegué, estaban montando una obra de teatro y enseguida me ofrecieron un papel en ella; y esto me agradó y me proporcionó amigos nuevos, y los profesores me hablaban de otra manera. Hasta me pude colar en el grupo de los catecúmenos para hacer la primera comunión, que ya había hecho el año anterior en el otro colegio.

Eso no lo entendió muy bien mi nieto, porque enseguida le advertí extrañeza en el semblante.

-¿Cómo se puede hacer dos veces la primera comunión?

Le tuve que explicar que el suculento desayuno con que obsequiaban a los alumnos que  acudían por vez primera al pan de los ángeles, con tanta escasez como había en las casas, bien justificaba la mentirijilla.

-Ahora entiendo yo por qué eres escritor –exclamó con aires de sabelotodo–porque tienes mucho que contar. ¿O es que te inventas las cosas? –preguntó con la inocencia propia de los niños de esa edad,  como si él mismo, con toda su imaginación a cuestas, no fuera un invento de estos relatos.

Y resumiendo el contenido de aquella entrevista, comprobemos  las coincidencias  que tiene Elvira Lindo con el autor de estos relatos,    «Escribo desde los nueve años. Desde muy joven empezaron a pagarme en la radio por los guiones que escribía para el colegio, cuentos y sketches. Después cuando comencé a escribir libros pensé que escribir era mi oficio hasta que me di cuenta de que se trataba de algo más. Yo hoy no sabría vivir sin escribir.

Después ella  encontraría su pareja, Antonio Muñoz Molina otro escritor como la copa de un pino, también andaluz, este de Baeza, (Jaén), galardonado, en numerosas ocasiones, entre ellas, el Premio Planeta en 1991 “El Jinete Polaco”. Abundaremos sobre este autor en la próxima entrega.

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