OPINIÓN_ Dominicas. «¿Tú por qué escribes? IV», por Juan José García López

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“Cuando me levanto por la mañana en lo primero que pienso es en escribir la próxima escena de mi libro. Es con lo que más disfruto. Es fantástico dedicarse a algo que uno sabe hacer con soltura. Disfruto escribiendo pero «disfrutar» es una palabra que se queda corta. El acto de escribir me apasiona. Envuelve todo mi intelecto, mis emociones y comprendo lo que sé del mundo y de cómo funciona el ser humano. Todo forma parte del reto de hechizar a mis lectores. Mi trabajo me absorbe de forma total”. (Dixit, Ken Follet). Y como en este sentimiento, el autor y yo coincidimos, de ahí la cita; perdonen la inmodestia.

Las palabras precedentes, a modo de introducción, son del consumado escritor británico, Kenneth Martin Follet, más conocido como Ken Follet, epítome –permítanme la expresión- epítome intelectual del conocimiento de la Europa medieval. Según deduzco de una entrevista que le hizo el diario El País, hace ya bastantes años,   cuya página recorté en su día  y la conservo en mi carpeta de “pendientes” y que hoy, al cabo del tiempo, me sirve para este trabajo. Decía en la interviú el periodista, un tal Serprum, que el ilustre galés era un apasionado admirador de Shakespeare y que escribía los libros que le gusta leer a la mayor parte de la gente porque los temas que trata y la salida que tienen, así lo indica.

Follet está especializado en historias de la Edad Media. Es la literatura propicia para revolcarse en episodios apasionantes y transmitir emociones de luchas y misterios. Y algo de cierto habría en su afirmación, cuando ha vendido más de 160 millones de ejemplares correspondientes a sus treinta novelas. Así está considerado como el gran maestro de la narrativa de acción y suspense, que nos transporta a la Edad Media, ese fascinante mundo de reyes y sus armaduras de hierro; damas, caballeros, pugnas feudales; castillos y ciudades amuralladas… Donde  los símbolos del amor  y la muerte, el fuego y la sangre se entrecruzan vibrantemente en sus magistrales tapices, cuyo centro lo puede y suele ocupar la construcción de una catedral solemnemente gótica y donde la alta política se mezcla con las bajas pasiones para conformar el sello de Ken Follet imprime en su obra,  que lo han hecho merecedor del título de “gran capitán del best seller”.

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Yo acababa de leer “Los Pilares de la Tierra” y para mi Ken Follet, en aquellos momentos era una especie de dios tirando de la pluma mágica del talento y el conocimiento  medieval. ¡Qué arte! ¡Qué dominio  tiene el tío escribiendo! Así sus  libros se lo beben en todas partes del mundo.  Está traducido a todas las lenguas conocidas. Recorté la página de la entrevista y la guardé -como digo-  en la carpeta de mi archivo de “apuntes pendientes”, para cuando tuviera tiempo. Tiempo del  que por fin hoy dispongo y entregado a la escritura estoy (como Follet, pero sin princesas que llevarme a la mazmorra del castillo, sino para  disfrutar plenamente de la litertatura). Llevo jubilado cerca de veinte años y aunque siempre estuve muy próximo a las letras, hoy imito a Follet, en cuanto a estímulos y hábitos se refiere; pues yo también despierto a media noche, deseando que amanezca para ponerme a escribir las escenas de lo que traiga entre manos, y a veces me despierto, e incluso me desvelo, para tomar nota, no sea que se me vaya la idea de la cabeza, una suerte caída del cielo, ésta de estar  contagiado  del síndrome del escritor aludido, que en mi caso se enriquece con la presencia de mi nieto Gumersindo, otra bendición divina que me tiene entusiasmado, como él lo está con el juguete electrónico que le regaló la abuela en su décimo cumpleaños. Esta tarde quería saber a toda costa que fue lo primero que escribí, para que lo viera la gente…

-Ah, sí!  Bueno; no fue un buen principio, pero aquello me sirvió, aunque lo pasara mal, para que no me fiara de todo el mundo, como solía, Porque…

-Al grano, abuelo, al grano; que le das más coba a las cosas… Ni que fueras a contar  la boda de un pavo.

-Vicios de la literatura, Gumersindo, que las cosas que a mí me pasan,  no le pasan a nadie. Te cuento: Pasado el tiempo, de aquel primer poema del convento de las monjas; sí, creo que fue en los primeros años del Colegio Nacional donde yo aprendí a leer. El maestro propuso un trabajo sobre la primavera que comenzaba al día siguiente. Estuve toda la tarde escribiendo, hasta componer un romancito de veinte versos, en cinco cuartetas. Recuerdo que comenzaba: “Primavera tú eres pura / tú estás llena de color”…  De cuarenta niños que componíamos aquella clase del piso alto, sólo cinco aparecimos con algo escrito. Llegué ilusionadísimo al colegio, mostrando el trabajo a los compañeros más cercanos, antes de entregarlo al profesor, que por cierto se decía poeta, y hacía sus pinitos en el periódico local. Tomó mi escrito entre las manos y a cada verso que  leía,  junto al ventanal que daba al patio del recreo, el maestro me miraba con cara de pocos amigos, arrugando el labio superior hacia arriba.  No estaba muy seguro de que lo concluyera, el muy mala sangre, enfadado, con gesto de mal genio hizo añicos la hoja y abriendo un postiguillo de la enorme cristalera, arrojó los pedazos de papel al quieto viento de la mañana. Aquello fue una ligereza de la que se tuvo que retractar en público, treinta años después, cuando se presentó a los juegos florales que se hacían anualmente en el pueblo por Semana Santa; y a mí -como ganador de los juegos de la edición anterior- siendo ya corresponsal de prensa, me tocó presentar al antiguo maestro, cuando ya rozaba la ancianidad. En el momento de  cruzarnos en el escenario para el protocolario relevo en el atril, y justo en el momento de estrecharnos la mano, tanto le gustó mi introducción elogiando a su persona, que .me susurró al oído: “Me equivoqué, contigo me equivoqué”.

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