OPINIÓN_ Dominicas. “Trastadas monaciles I”, por Juan José García López

Tiempo recobrado 6ª entrega en Sombras, Cal y Hambre

Nunca causó tanto estupor una noticia, ni sembró la intriga que a todos los niveles arraigó en Torres,  como la del hallazgo de un hombre desnudo y decapitado,  en un descampado próximo al pueblo.

“A partir del macabro desenterramiento que hicieran los cerdos de la piara concejil, aquella lluviosa tarde del pasado otoño,  en una inmunda gavia del Hundidero -escribía Sanchís, a mano, en el bloc de notas de donde leía para pasarlo a máquina. Se refería a la zanja existente en el terraplén en pendiente del prado,  donde los vecinos al amanecer vertían  las aguas residuales de las viviendas

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Más que curiosidad por conocer quién, cómo y porqué,  lo que entró en cada casa, a raíz de este suceso, fue una incertidumbre de zozobra, como un suspense.  Y tan pronto se destapó, lo  que dieron en llamar ´el crimen de los cochinos´,  cada cual en este pueblo ya tenía pergeñada una historia que contar sobre el intrigante sucedido. Algunos, con sus pronósticos de urgencia, coincidieron en un ajuste de cuentas,  con raíces en  la guerra civil, pero nadie se atrevió a dar un diagnóstico. Y en el Cuartel, todo se revolucionó ante el expediente más imbricado y de mayor importancia que habían tratado en años; incluso mandaron de la comandancia un especialista que colaborase con el teniente Tirillas, comandante en jefe del puesto local, que en casos de asesinatos raros, como éste, o asuntos de temas políticos,  agradecía el asesoramiento;   y por otro lado, el vivo interés vecinal, del que venía investido este incidente,  demandaba, una dedicación más exhaustiva. Pues que de este suceso, todos se ocupaban; hasta en la sacristía de la Iglesia Mayor, cuando el tema se enganchaba en los encajes de las esclavinas monacales, como en las conversaciones de los acólitos, que en el caso del decapitado, tanto tendrán que aportar para aclarar quién sería la víctima y que ésta los llevaría al autor o autores de tan horroroso crimen.

Es algo que ya salió en los prolegómenos de las pesquisas, por  la investigación que los monagos hacían por su cuenta”. Esto sí que se puede adelantar y Sanchís lo hizo en sus apuntes.

De momento, lo dicho: una convulsión popular; una tragicomedia especulativa en cada casa, como escribiría el anciano en su libro de memorias: “Nunca levantó un acontecimiento tanta expectación en Torres de la Plata, como ´el crimen de los cochinos´, que a punto estuvo de terminar con la libertad  de una pobre mujer del Castillo, Almudena Jiménez Amaya” -escribía, más bien dibujaba Sanchís sobre el papel, con la pluma mojada en tinta y una sonrisa entreverada en los labios, para continuar— “y con la reputación y el prestigio profesional de Joaquín Carmona, porquero de la piara colectiva, que sin más herramientas que su látigo de cuero trenzado,   con lengua de esparto y flexible rabiza,  que al sacudir el látigo al viento, ésta alcanza tal velocidad que rompe la barrera del sonido;  de ahí el chasquido tan característico, seco y fuerte de este artilugio inextinguible y antediluviano, capaz de romper todos los silencios del mundo”.

Pues con su látigo en la mano y al hombro el hatillo con el almuerzo del día, retiraba de cada casa un cerdo, dos a lo sumo, de los que la gente criaba en sus propios domicilios,  que junto a los que le confiaban la custodia del suyo, reunía una piara de ochenta o noventa cerdos, a veces hasta cien juntaba,  los sacaba al campo y los retornaba a la caída de la  tarde, hartos de andar, de retozar y a medio comer, a cambio de unas perrillas que cobraba el porquero diariamente por cada cerdo.

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En la amplia sacristía de la Iglesia Mayor, la de los altos techos, con ventanales de cristal,  que iluminan la estancia mañana y tarde,  a medio escondidas, entre los muebles tallados, para guardar la cera, los enormes roperos y cajoneras, de cedro oscuro,  los tres monagos, Juan, Pedro y Andrés, se recuperaban tras el castigo de suspensión de empleo y sueldo que durante tres días que habían sufrido, por la bromita que le gastaron al cura oficiante, un día en el fragor de una misa: que le pegaron con cera derretida el cáliz a la losa de piedra llana que hay en cada altar, y en plena función litúrgica, el reverendo notó que el cáliz con el vino se resistía, en un momento tan delicado como es la transubstanciación,  echando chiribitas por los ojos al no poderlo despegar de la ara… Y menos mal que entonces se decía la misa de espaldas al pueblo y las peripecias quedaron ocultas por la amplia casulla que lo tapaba.

Bueno, pues aquella mañana, que a los grandes ventanales de la sacristía no había llegado el sol, planeaban astutamente los monagos, cómo sacarle a doña Andrómeda, la feligresa más buena -por espléndida- de cuantas visitaban la iglesia; fraguaban cómo obtener de esta señora que nadaba en la abundancia, una propina extra, que aliviara las necesidades de sus familias, pues en sus casas, atravesaban una crítica situación de necesidad, como ocurría en otros muchos hogares de Torres en aquellos tiempos que, literalmente estaban pasando hambre.

Octubre es siempre un mes de pocos recursos económicos para los monagos de la parroquia; entonces ingeniaron algo maquiavélico que solo se le ocurre a los chiquillos avispados: secuestrar la tortuga nepalesa que doña Andrómeda tenía en el patio de las macetas, la que muchas veces la adentraba en la cocina para que el animal aprovechara las migajas que caían por el suelo, porque a veces, el alimento recomendado que ella compraba en la farmacia y se lo servía en el comedero del terrario, lo rechazaba, no se lo comía y ella -doña Andrómeda- que ya había comprobado que los restos comida del comedor o la cocina,  a la tortuga le pirraba. Este bello animal, el de la concha grabada y la cabeza ladina que asomaba y se escondía bajo el caparazón,  se la trajeron de las altas cumbres del Nepal, sus primas Sagrario y Sacramento, cuando era un galápago bebé, que cabía dentro del bolso, para que le sirviera de mascota, como si adivinaran que su prima Andrómeda se iba a quedar para vestir santos, como así fue.

Ya estaban avisados los tres para ir a pulirle con zumo de limón  y arena fina del río, los dorados de la casa, desde las cabezas de los clavos de bronce que asoman, adornando las puerta de la calle, hasta los almireces de la cocina, los braseros de colgar y los grandes  platos de guerreros bronceados que cuelgan en el recibidor de la sala de estar. (Seguirá)

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