OPINIÓN_ Dominicas (Sunday), “El Corresponsal, entrega VII”, por Juan J. García López

No me llames Dominica, llámame Sunday.

No es la primera vez que me encuentro en este tipo de situaciones, que si son como éstas, pasen, pero otras veces de verdad me apabullan y no sé cómo zafarme de ellas. He tenido incluso que acudir a la casa de algún vecino, requerido por personas ancianas, enfermas o imposibilitadas, que habían pedido a sus familiares saludarme, quizás para contarme sus cuitas, algunas de mucho cuidado, como ocurrió con aquella anciana -doña Remedios- que me reveló una tarde de invierno en su casa, de la calle Jerez, que ella estaba al tanto del enigmático vecino a cuya descendencia buscaba la Guardia Civil para un asunto de Palacio.

Sin entrar en detalles, pero sin titubear, la anciana me contó por lo alto la historia de un muchacho del pueblo, que haciendo la mili en Madrid, allá por año en que estaban instalando el tren en Torres, tuvo intimidades con la mismísima reina,  de la que por lo visto nació una niña; y la soberana, que sufrió el embarazo en secreto, dio la criatura en adopción a una noble familia sin hijos, de origen austriaco, asentada en Guadalajara.  Y cuando pasado el tiempo, la niña con título de marquesa indagó hasta descubrir quién era su padre biológico, un tal Diego Sevillano Plaza, conocido en Palacio como “el Sevillano”, natural de Torres de la Plata. Ella intentó localizarlo sin éxito, pues por lo visto Diego murió joven. Y la marquesa, al final de sus días,  consignó en su testamento una fuerte suma de la fortuna que poseía, en favor de sus posibles hermanos o descendientes, hasta la sexta generación.

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Tanto intrigó a Gumersindo la enigmática historia, que le esbozó la anciana, que salió de allí, prometiéndose a sí mismo que no sería aquélla la última visita que hiciera a doña Remedios, pues en el relato que le apuntaba aquella mujer mayor que vivía en la calle Jerez Alta, él imaginó un interesante filón literario del que podría sacar partido.

En fin –solía comentar a sus amistades—, algunas veces sale uno de estas visitas con complejo de confesor por lo civil. Y como muestra de lo expuesto, que aquí no hay secreto que guardar, les cuento lo que me sucedió con un paisano al que yo conocía de verlo pasar y de alguna cercanía en el casino; un hombre algo mayor que no me resultaba indiferente, pero nunca imaginaba que fuera tan misterioso. Cada vez que lo veía, me llamaba la atención la forma de caminar de aquel hombrecillo. En cada zancada, larga y firme, parecía escapar de algo; esto unido al juego que a cada paso le daba a la cabeza, cual las calaveras que enarbolan pinchadas en un palo los jefes de las tribus oceánicas, mirando como digo  sincrónicamente a todos los ángulos posibles de su entorno, como hacen las lechuzas, o los periscópicos camaleones, y eso confirmaba mis sospechas: “este hombre vive huyendo”.

Poco sabía yo entonces de aquel sujeto que si antes de entablar amistad con él ya me resultaba extraño, después no digamos, era un auténtico caudal de sorpresas, y casi ningunas olían bien.

Vino una tarde al jardín favorito de mis retiros, el del alto de la Atalaya, el mejor mirador del pueblo, expresamente para hacerme una confidencia que me dejó perplejo, por no decir patidifuso, como dice doña Remedios la de la calle Jerez.

¡Hay que ver la cantidad de cosas que ignoramos de nuestros semejantes!  Se puede uno morir de viejo y si nos fijamos bien, cada día nos asalta un millón de novedades que antes, aun viviendo en el mismo pueblo, ni siquiera se podía uno imaginar.

Conocí de cerca al hombre esquivo de este relato en una de las tertulias de verano que hacemos en el paseo de la Carrera. (continuará)

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