OPINIÓN_ Dominicas (Sunday), “  El Corresponsal, entrega VI”, por Juan J. García López

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No me llames Dominica, llámame Sunday.

En medio de este trasiego,  bullanguero y mercantil, del supermercado,  que también tiene su encanto para estudiar el comportamiento de las personas, la memoria de los que conocimos la crisis del queso amarillo, el  que repartían por los colegios los americanos de la base allá por los años 50, vuela inevitablemente a unos tiempos en los que el supermercado era algo inédito, excepto los grandes economatos militares en  ciudades de milicia, o en las películas extranjeras, pues el nivel de vida que ahora se observa acá, impensable. (Aquí hay que advertir que estas escenas son anteriores, muy anteriores a la crisis financiera que se destapó en el año 2008. que en el año doce nos mantenía al borde de la quiebra).

Paseando como digo por los  pasillos del Eroski, todo un reclamo a la vista para tentar a cualquiera, oí una voz que no reconocí, viniendo de mis espaldas y me volví.

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-¿Qué, dándole al ojo para luego largar, no? –Me interpelaría ahora algún seguidor del programa de radio que tengo por las mañanas, mientras su esposa sonreía a su lado—. Por cierto, a ver si te das una vueltecita por mi barrio que aquello está imposible, y tú tienes mucha mano para que arreglen,,.

La gente -que no se compromete-  espera que la denuncia de tu pluma le solucione sus problemas, sobre todo los urbanos, tales como la vigilancia policial del distrito donde viven, los jardines de sus plazas, el alumbrado eléctrico;  porque en el fondo las personas  confían en el poder de la prensa y te revelan sus quejas y a veces  hacen unas confidencias, que vaya usted a saber. Algo  que uno aprovecha para tener argumentos con los que poder seguir trabajando, que aun sin publicarlos te dan fuerza y ánimo para la tesis.

En el puesto que ocupa el comunicador  en el pueblo donde reside,  sus paisanos le conocen, le saludan, y aunque no siempre todos le hablan de igual manera, unas veces con admiración, otras no exentas de ironías, pues que criticar al crítico se tiene por una proeza. Estas situaciones,  a veces te ponen en un brete, porque es imposible quedarse con las caras y los nombres de todos, y mucho menos conocer las intenciones de cada hijo de vecino; entonces a esperar que en el transcurso de la conversación salte la clave que te conecte con lo que se está ventilando en ese encuentro. Así las cosas, ya salía del supermercado, cuando en el vestíbulo del mismo me cruzaba con un joven matrimonio acompañado de una linda chiquitina de unos tres años de edad. Subida en el carrito de la compra iba la pequeña tan contenta. Acababa de descubrir que moviendo una mano  hacia una determinada dirección, mandaba abrir o cerrar las puertas automáticas del establecimiento, y con una gracia coqueta, propia de las crías de esa edad, me hacía carantoñas. Me acerqué a la niña  para corresponder a  sus gestos con un halago. En esto que el padre de la chiquilla, un muchacho de unos veintiséis o veintiocho años, que suele mirarme con cierto agrado cuando nos cruzamos por la calle, aquel día se dirigió a su hija para decirle:

-Mira, Jessica, este hombre dice en la radio por las mañanas,  lo que nosotros  pensamos a cualquier hora y en cualquier parte

Supongo que estaría un poco achispado. Su joven esposa lo miraba, como temiendo que  de un momento a otro se le pudiese escapar alguna inconveniencia. El hombre se deshizo en alabanzas hacia mi persona,  y sin más, me abrazó y me zampó dos besos, uno en cada mejilla; besos que yo devolví a la pequeña Jessica, antes de despedirme de la familia un tanto azorado. (Continuará)

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