OPINIÓN_ Dominicas. “El Corresponsal, entrega V”, por Juan José García López

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Vida (novelada) de un andaluz polifacético, reconocido en su tierra.
No me llames Dominica, llámame Sunday.

Sonrió complaciente,  recordando aquel encuentro con el aspirante a escritor,  y con el mazo de folios que llevaba en las manos, se dispuso a revisar el relato que escribió días atrás, sobre algo sucedido en unos grandes almacenes, donde venden casi de todo,  que dicen supermercados.

Estaba buscando el último libro de José Luis Sampedro, que recoge unas clases de este escritor catalán, de ochenta y tantos años, impartidas hacía poco tiempo en la Universidad Menéndez Pelayo de Santander. Su título, “Escribir es vivir”, del que ya había leído alguna crítica y desde luego oído bastante de su utilidad, sobre todo para los aficionados a la literatura.

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Alguien le dijo que el libro había llegado a unos grandes almacenes de esos que instalan en el extrarradio de las ciudades, y allá que se me encaminó un sábado por la tarde, día en que estos establecimientos cobran mayor animación y que suele frecuentar, porque le recuerdan el ambiente de los populares mercados, aquella plaza de abastos, que frecuentaba e chiquillo, cuando se las buscaba, como lazarillo de un ciego de la Once, y porque en estos lugares se puede observar en muy poco tiempo, cómo se mueven y comportan los vecinos para  relacionarse, con la excusa de abastecer las despensas y los frigoríficos de sus casas.

Y allí estaba el libro, junto a otras novedades y publicaciones, en una estantería no muy grande, adosada a otra con efectos de menaje y ferretería: ollas y sartenes, herramientas de todo uso… Y no muy apartada de otros expositores donde colocan las lechugas, los manojos de acelgas, las espinacas de hojas verdes  y demás hortalizas. Una queja acudió a su mente por las viejas librerías de encuentro que desaparecen del mapa, sustituida por una apreciación realista e inmediata, para aceptar los nuevos modos de vida: un burdo existencialismo, –decía– sin pizca de filosofía, en todo caso la metafísica del pimiento molido; el existencialismo del consumo: tres paquetes de fideos (uno del 0 y dos del 3, para las almejas), la merluza congelada, una brocha de afeitar para el marido, la revista Diez Minutos de la abuela, y, si a mal no viene, seis pares de calcetines, que nunca están demás.

Tomó el libro del anaquel; después de hojearlo y disfrutar de su tacto,–¡Buena letra!–, leyó el prólogo de Olga Lucas, junto a unos rollos verticales de tela metálica. Después dio una vuelta por curiosear un poco más y echar la tarde atrás.

Siempre le encandila en esos sitios la abundancia y la variedad de artículos expuestos con intenciones luminotécnicas para la promoción, para realzar la calidad del producto y subir el índice del consumo. Todo parece mejor y más atractivo en los vistosos expositores tan bien estudiados de estos grandes almacenes. Mucho género comestible, de limpieza, y la gran bodega que forman esas largas estanterías de botellas multiformes y de llamativos colores, desde luego mejor abastecida la licorería, que los anaqueles de los libros. Reparó en cómo las amas de casa, en algunos casos acompañadas de sus jóvenes maridos, iban llenando los carritos galvanizados, con los artículos más variados  que se puede imaginar; y cuando el apreciador  proviene de la cultura del hambre, no comprende que este acopio no sea una exageración de las  cocineras del hogar, sugerido para un mes, pero volverán al poco tiempo para realizar la misma o parecida operación, según le comunicaba la cajera cobrándole los 20 euros del libro y dos de un paquete de galletas que le llamó la atención porque decían “elaboradas con cinco cereales”. (Continuará)

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