OPINIÓN_ Dominicas. “El Corresponsal, entrega IV”, por Juan José García López

Vida (novelada) y obra de un andaluz polifacético, reconocido en su tierra.
No me llames Dominica, llámame Sunday.

Estuvimos hablando un rato más. Se conoce que aquel muchacho ya había leído lo suyo. A sus diecisiete o dieciocho años, tenía ideas y sabía latín, pues tradujo -con cita- la veleidad que se me escapó más arriba con una perfecta traducción: Vanidad de vanidades y todo vanidad, (Sagrada Biblia. Elesiastés, I.2), y además añadió por su cuenta: Vanitas laudis humanae.

Llegamos a la conclusión que el más preciado don que pueda tener cualquier mortal es la vocación y si hace de ésta su medio de vida, se aproxima a la felicidad.

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Sobre otros aspectos. Luís y yo no estábamos muy de acuerdo. Apareció en la conversación la pereza y otros vicios a los que son dados los bohemios, los famosos, cuando cuentan con medios y posibles. Yo defendí mi criterio como pude, pero con la juventud no hay quien pueda. Con tanta clarividencia, Luís tenía más argumentos que zagalejos en el invierno, las viejas del Andévalo.

-La felicidad –argumenté— no es tanto de los ricos, como del amor que pueda sentir una persona por lo que es, por lo que hace; pues nada desconocemos tanto como el bienestar de nuestra propia condición. Para ser feliz no es menester perseguir tanto la riqueza como la perfección, pues las personas que se contentan con lo necesario, tener bastante ya es una riqueza.

Y como advertí cierta perplejidad en el semblante del muchacho, le puse un ejemplo práctico, al recordar  un cuento que de muchacho leía en un libro viejo que yo guardo en mi casa.

Cuentan que en cierta nación de la antigüedad, habitaba una princesa aquejada de un mal incurable, desahuciada por los médicos, el rey –su padre—consultó con un santón, por ver si encontraba remedio para su hija.

El santón le dijo que la princesa curaría, si lograse vestir la camisa de un hombre feliz Era una metáfora que en palacio no entendieron y mandaron a los guardias a buscar de puerta en puerta, por todos los pueblos y ciudades del reino, y en cada casa encontraban un problema; nadie era feliz del todo. Entonces le recomendaron los vecinos de una pequeña aldea que buscaran a un pastor que habitaba en las montañas, pues siempre lo veían ellos contento, saltando, cantando canciones, mientras guardaba el rebaño de su amo. Y busca buscando dieron con el rabadán.

-¿Es usted un hombre feliz? – le preguntó el capitán.

Y poniendo aparte la flauta que estaba tocando, el pastor le contestó:

-Sí, lo soy. ¿En qué puedo servir yo a mi rey?

-Déjenos usted una camisa para que la princesa cure.

-¡Cuánto lo siento, oficial! Pero, es que yo no tengo camisa.

Después de esta narración, que no sorprendió al estudiante, porque tampoco entendió la alegoría del real adivino, mirándome fijamente Luis preguntó:

-Dígame Señor Cintrón, ¿Usted por qué escribe?

Y porque advertí tanto candor en sus palabras y a esa edad en que todo se idealiza, le iba a responder que yo escribía para poder soñar despierto los sueños que yo me invento. Pero como esto me pareció una pedantería por mi parte, lo dejé estar. Después, de darme recuerdos para Gumersindo, al que ahora desde que estaba en el Instituto decía que veía menos,  decidimos dejarlo para otro día y nos despedimos, no sin antes animarlo en su idea de matricularse en Ciencias de la Información, algo que yo nunca pude hacer, pues la carrera de periodismo es larga y además en mis años mozos sólo se impartía en una Facultad,  y ésta estaba  en Madrid. Pero vamos, que yo me contentaba con mis espacios radiofónicos, o aquéllas columnas que me editaba  “La  Región”.

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