OPINIÓN_ Dominicas. “El Corresponsal, entrega II”, por García López

No me llames Dominica, llámame Sunday.

Y este salvoconducto que tantas puertas le abrió y con el que en tantos líos estuvo metido, mientras duró aquella aventura -cerca de quince años- sobre todo los primeros, el corresponsal lo utilizaba para todo.  El periódico al que remitía puntual-mente todo tipo de crónicas y sucesos, fiestas y celebraciones, los pormenores de las visitas de ringo-rango que tenían lugar en Torres de la Plata, a cuyas recepciones el corresponsal era siempre invitado, cuando no conminado a asistir,  más que nada para hacer bulto en las filas del anfitrión: aquí el corresponsal de la Región… Por éstas y otras relaciones pronto comenzó a tener contactos con gente de  privilegios, como tribunos, magistrados, oradores y ministros elocuentes, gobernadores de la cosa, directores de empresas, obispos o generales con mando en plaza; gente de trapío, con criterios diversos de los conceptos, de las cosas, los hechos y las ideas, que si bien coincidían con la idiosincrasia del periódico, no tanto con las de su corresponsal en Torres de la Plata,  pero aquel era un sugestivo campo que también quería explorar. Y así fue cómo  se  introdujo en esa parte de la sociedad que no es que lo subyugara, pero le causaba mucha curiosidad, para hacer sus comparaciones y sobre todo para saber de los calderos donde se cuecen las habas.

Con el paso del tiempo, Cintrón fue adquiriendo experiencia y cierta mundología, y esto se podía advertir en sus razonamientos y en sus redacciones, por lo que el periódico fue introduciendo su firma en las secciones de las más conocidas plumas de colaboradores, así que, cuando llegaron los revueltos tiempos de la transición, su nombre ya era conocido, tenía un peso. Comenzó a publicar en revistas de alcance nacional y hacia los años 80 –ya en democracia- se atrevió con un libro que le publicó el ayuntamiento electo, para presentar a los escolares de Torres, en el centenario de su nacimiento, al más grande poeta que había dado la patria chica y que ésta lo tenía poco menos que olvidado.

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Nada más recibir de la redacción la credencial, que fue su pistoletazo de salida a la cancha del periodismo, se acomodó resuelto ante  la Olivetti y se dirigió al director de “La Región” con un artículo personal, cuya dedicatoria lo decía todo: “Se lo agradezco y se lo explico; no lo defraudaré”.  Al final le salió una plasta tan empalagosa que ni siquiera echó la carta al correo. Este corresponsal no estaba hecho para la adulación

A partir de aquel momento su estilo literario tomó otro rumbo. Más pendiente del asunto que de la forma de contarlo, sin poder evitar su estilo personal, intentaba que prevaleciera la noticia sobre la calidad literaria del escrito. Fue abandonando el lirismo y la cadencia poética de su obra, picado por la vorágine de lo inmediato: de la vida municipal y el espinoso mundo de los sucesos, las revueltas y rifirrafes de los jornaleros, el sindicato vertical, luego los clandestinos,  la política y los bulos de tertulias, que era donde se fraguaban las noticias… Toda una experiencia que duró  -ya digo- quince años y aunque maldijo estar en ese arriesgado ambiente en múltiples ocasiones, en el fondo reconocía su aportación al cambio que se fue operando a todo lo largo y ancho de Torres de la Plata. Cuando el periódico pasó de ser informativo a un espécimen de factor político, escorado a la derecha, Gumersindo se despidió de “La Región” volviendo a la radio local, que fue siempre su válvula de escape, y como mejor contactaba con sus paisanos, que eran al fin y al cabo para quienes había escrito siempre y con los que tenía por ello más compromiso.

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