OPINIÓN. Los veranos lentos_ “Valparaíso”, por Antonio R. Ramírez Albarreal

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    Dicen de Valparaíso las guías de viaje más prestigiosas que es una ciudad especial, algo bohemia pero con un colorido que la hace diferente en toda Chile, con unos acantilados de ensueño, calas enormes, con calles laberínticas llenas de arte urbano en las que es fácil enamorarse. Es famosa por sus carnavales y sus edificios con impresionantes miradores.

    Huelva se parece en algo a Valparaíso. Sus calles con casas coloridas del centro, las increíbles vistas a la Marisma del Odiel desde el Conquero, las cuestas larguísimas y sobre todo el azul del mar que se deja ver cuando te acercas camino de las marismas hasta sus playas.

    Aproximándome a los veinticinco todo cambió y pude compartir veranos en pareja durante más o menos una década. Cada etapa tiene algo de especial y único. Y ésta, sin duda, es de lo mejor hasta el momento. Ya fuera porque coincidió con el comienzo de la madurez o por compartir tanto con la misma persona aquellos años, esos veranos aprovechados al máximo y esa persona tan especial siempre tendrán el lugar que se ganaron.

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    Fueron tiempos divertidos, donde siguiendo la estela de los años anteriores estuvimos en varios campamentos juntos. Tiene algo de especial compartir esas experiencias con esa persona con la que además compartes mucho más. Le da a esos momentos profundidad y acompañamiento, que, a veces, puede faltar. Recuerdo uno en el que teníamos que cambiarnos las ropas de chicos a chicas, fue una noche genial, cargada de canciones, bailes y diversión.

    Pero no solo teníamos eso, una de las ventajas de vivir tan cerca del mar es que a partir de abril se puede considerar verano, y vaya si lo aprovechamos. He de reconocer que antes no me gustaba tanto la playa como ahora. Creo que durante todos esos años fui poco a poco aprendiendo apreciar la belleza del atardecer en la playa o la tranquilidad que solo el mar puede transmitir, esos recuerdos de pequeño con el levante y las tortillas de patatas crujientes no ayudaron.

    Sin duda, Punta Umbría fue nuestro lugar fetiche, nuestro sitio favorito. Puede que en según que épocas estuviera demasiado masificado, pero pasamos tantos buenos momentos que, como el resto de lugares que ya he contado, ha pasado a ser uno de los mejores para estar en verano.

    Esos veranos pudimos visitar lugares geniales. Recuerdo una semana que pasamos en Ibiza. Cada día visitamos una cala distinta y cada día, llegábamos agotados, pero contentos por haber podido disfrutar esos paisajes tan espectaculares. Otro, pude acompañarla a la fiesta de Moros y Cristianos en un pequeño pueblo de Alicante, una semana donde aprendí muchísimo y disfruté mucho más con todo lo que pude comer sin parar. Por supuesto, compartimos Ferias y Colombinas, cuando llegan estas últimas sabes que el verano está a punto de acabarse, pero cuando finaliza la Feria, ya puedes ir despidiéndote del verano con una sudadera el lunes de resaca.

    Esos mismos veranos, cuando mis amigos de aquí podían ir allí, disfrutábamos juntos de todo lo que aquel sitio, que ya conocíamos tan bien nos podía ofrecer. Hay dos cosas que creo que todos recordaremos, la primera, una casa enorme que estaba en La Ría, de planta inglesa y con unos pilares que sobresalían y mantenían la casa en alto, con unas vistas directas a la desembocadura de la ría en el océano. Ha habido veranos que solo nos hemos dado la vuelta a Punta para poder verla y poder fantasear con lo que nos hubiera gustado hacer con ella. La última vez que fuimos, solo quedaba el solar.

    El otro, fue el día en que la hija de unos amigos, que hace muy poco cumplió años, cuando con apenas meses se dio en aquellas aguas su primer chapuzón. Son los pequeños detalles que construyen amistades.

    Durante esos veranos pude recuperar esa sana costumbre de jugar al baloncesto. Cerca de donde vivía había una pista y durante algunos veranos gastamos tanto la suela, como el balón o la pista. Otra de las ventajas, es que por la mañana puedes subir a Sotiel o a cualquier ubicación con ese paisaje tan típico de los pinos de copa redonda y comer tranquilamente en la playa. Por qué elegir playa o montaña cuando los puedes tener todos en un día.

    Solo dos recuerdos más: fue un verano cuando mi abuela materna nos dejó, esa alegría que llenaba la casa, se nos fue como arena entre las manos, casi sin darnos cuenta. Fueron horas complicadas, primero el desconcierto de dejar de verla y escucharla y luego, durante meses, el silencio de su falta llenó todos los rincones de nuestras vidas.

    Otro, de un tono más alegre y que engancha con eso que hablaba hace unas semanas de los campamentos. Un verano, tras colaborar con una fundación durante los meses de invierno, me contrataron, junto a una educadora que llevaba mucho por allí y de la que aprendí muchísimo, para hacer un campamento urbano con los chavales del barrio. Tras años disfrutando de campamentos tendría la oportunidad de participar y disfrutar de uno, en un sitio donde desde el primer momento me sentí en casa.

    Tengo que decir que aquella oportunidad me hizo ver mi vocación, topármela de frente, afrontarla y disfrutarla.

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