OPINIÓN. Los veranos lentos_ “La EME1, un faro y los amores de verano”, por Antonio R. Ramírez Albarreal

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    Los veranos seguían pasando y ya metido en los veinte todo cambia. Estamos en la edad en la que uno experimenta más sensaciones. Recuerdo los veranos como una sucesión de noches y playas o piscinas.

    En esos primeros años recuerdo pasar algunos veranos en Chipiona. Por aquel entonces nos íbamos todos allí, con mis abuelos, a una casa en la que recuerdo varias historias marcadas de una forma cristalina.

    Por un lado, recuerdo a mis abuelos, mi abuelo, siempre nos esperaba en su bar favorito, con un plato de sardinas, mientras, mi abuela, bajaba con nosotros a la playa, donde pasábamos la mayor parte del dia. Cuando nos íbamos de vuelta, lo mejor, y que se convirtió en una gran tradición, parar a comer unas sardinas y volver todos juntos para comer.

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    Eso, durante el dia. Las noches eran otra cosa, a veces, las más tranquilas, las recuerdo dibujando o escribiendo mientras me ponía de fondo los festivales de jazz de La 2, cuánto les debo, lo poco que sé de jazz lo aprendí entre esas noches y alguna que otra sesión en la casa de uno de mis maestros, pero como ya he escrito más de una vez, eso forma parte de otra historia.

    Otras, recuerdo que tanto los amigos de mi primo como los míos iban algún que otro fin de semana. Hay una que siempre cuento y es memorable.

    Una noche salimos los cuatro al faro, donde estaba y creo que allí sigue, la zona para ir a tomar algo. Al principio comenzamos, sin esperar demasiado de la noche, entre risas y charlas se nos fue marchando la madrugada, sin saber cómo, la mañana ya nos amenazaba. Así que comenzamos el camino de vuelta, sin prisas estábamos compartiendo lo que nos había ocurrido, en un momento nos giramos y nos falta mi primo. Volvemos sobre nuestros pasos y lo encontramos con un grupo de gente contándoles un chiste, de repente, empieza a unirse más gente y cada vez tiene más entidad, porque la gente empieza a corear las consignas que les dice mi primo. Unos dicen “el pan”, otros “que habla” y al final cuando se desvela el gag, una mezcla de risas e ingenuidad al escuchar el desenlace. Un final de altura para la noche que habíamos pasado.

    Son también los del instituto y el comienzo de la universidad. Los sábados de la EME1 y de los primeros amores.

    Confusos, misteriosos e irrepetibles, así son y así es casi todo.

    La EME1 tenía ese encanto que solo las discotecas de verano tienen. Era el sitio perfecto para salir en verano, donde nos seguiamos viendo cuando acababa el curso y donde podías seguir viendo a aquella chica que conocías del instituto pero que apenas tenias tiempo para hablar con ella. En mi caso, siempre recordaré a una que fue la que me hizo empezar a escribir poemas…o como se quiera llamar a aquello que hice con mis primeros veinte.

    Aparte de eso, que tiene más recorrido pero no toca aquí, esos días de verano pasaban con la lentitud que se merecían tras los largos inviernos, y daban la suficiente vidilla y experiencia como para recordar esa parte entre risas y algo de añoranza. Esas vueltas andando, esas charlas en el escalón del zaguán comentando las noches bebiendo agua fresca que, aunque no era lo más divertido de la noche, todo el que se ha sentado en ese escalón lo recuerda

    Los veranos siguen pasando…

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