OPINIÓN. Los veranos lentos_ “El panda rojo”, por Antonio R. Ramírez Albarreal

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    Y los veranos seguían pasando y no siempre tocaba ir al campo. Otras, sonaban los grandes éxitos de Pepe DaRosa en cinta de cassette en aquel pequeño Panda rojo mientras hacíamos un viaje a la playa o a cualquier otro sitio.

    La magia que tenía embarcarse en un viaje en coche es difícil de imitar. Esos primeros viajes con el coche lleno, hasta casi todo lo que daba, cuando la seguridad vial era meterse cuatro en los asientos de atrás o moverte sin preocupación entre los asientos de atrás y el maletero o pasarte adelante.

    Tengo dos viajes de esos veranos, de cuando uno todavía es niño, que me suelen venir a la memoria con la tranquilidad de las olas llegando a la playa durante la tarde.

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    Por un lado recuerdo un viaje que durante un tiempo fue el clásico del verano. Unas veces íbamos a la Barrosa, otras, a Conil. Era un viaje que como niño te exige mucho. Estás en ese momento del verano en el que consigues despertarte un poco más tarde, no demasiado, pero lo justo para saber que puedes descansar algo más.

    La liturgia de estos viajes comenzaba una o dos semanas antes. En la mesa de un bar, mientras los pequeños corríamos de un lado a otro, se negociaba donde iríamos aquel domingo. El destino, por aquel entonces, solo tenía dos nombres, El Palmar o La Barrosa. Una vez que todo estaba decidido venía lo mejor, hablar con tus primos sobre qué íbamos a hacer aquel dia, y era a lo único que nos dedicábamos mientras la cena se iba acabando.

    La segunda parte era preparar el dia antes qué se iba a comer en la playa. Como éramos tantos se montaba un pequeño “coma todo lo que pueda” y se repartía qué haría cada parte de la familia: Unos tortilla de patatas, otros filetes empanados, por otro lado una sandia gigante. Ahí comenzó algo que aún hoy en dia seguimos haciendo, sentarnos juntos, comer y compartir lo bueno y lo no tan bueno que va viniendo en el día a día.

    Por último, el día de playa. Unas veces teníamos suerte y podíamos disfrutar de un día bestial con idas y venidas del campamento de sombrillas a la orilla a jugar con las olas y volver. Otras, por suerte no cogíamos muchos días así, el levante nos obligaba casi a mantener la formación de tortuga sujetando las sombrillas para que no volaran. Eso si, la mesa siempre con comida, que el levante es lo que da.

    Eran días larguísimos: cuando te levantabas apenas eras capaz de pensar en todas las cosas que iban a pasar, sin embargo, sabías que el día había acabado cuando veías caer la tarde entre los campos cercanos a la venta “El Paisano”.

    Y si esos, que los hacíamos todos los años, eran una fiesta, imaginaos que un día os dicen que ese verano no hay playa, al menos la de siempre, y toca subir a Cantabria a conocer a la familia repartida por allí.

    Recuerdo varios viajes a aquellas tierras. En este, el primero, era un mico. Tengo por casa una foto con un gato muy pequeño que durante años fue lo único que recordé de aquel largo viaje en coche. Con el tiempo he ido recordando aquellos paisajes verdes: la visita al nacimiento del Ebro, cerca de Corrales de Buelna, el pueblito donde nos quedábamos y al que volvimos unos años más tarde, y, por supuesto, conocer a una familia que ni siquiera sabía que tenía (algún día os lo contaré toda la historia en alguna novelilla), en fin, una experiencia totalmente distinta a la que estaba acostumbrado y que me dio para contarlo en el cole hasta que volví a subir, ya sabéis cómo son los niños.

    Como digo, los distintos veranos de una infancia que iba llegando a su fin, en la que había comenzado a vivir en familia sensaciones, olores y paisajes que me acompañan hasta hoy. Esas pequeñas fotos que ninguna cámara disparó pero que guardamos con cariño especial en nuestra memoria.

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