OPINIÓN. Los veranos lentos_ “De campamentos, amistades por carta y otras que todavía duran”, por Antonio R. Ramírez Albarreal

    Pero como no todo el verano, ni todos los veranos, eran de viajar por ahí, seguía, no ya haciendo los cuadernillos de verano, sino yendo y viniendo a clases particulares, que si en invierno cuestan, cuando llegan las vacaciones y toca recuperar, todavía son más pesadas. La línea de salida para empezar estas clases la marcaba siempre “San Fermín”, como un reloj. Aun así, pude aprovecharlas y ese esfuerzo de salir de la cama temprano solía tener recompensa plena en septiembre.

    Algunos veranos, no recuerdo que fueran muchos, un par de ellos o quizás tres, ese preadolescente de brazos largos, piernas largas y gafas enormes decidió que no sería mala idea probar unos campamentos. Recuerdo haber ido a algunos con dos o tres más desde Morón. Después, conocíamos a otros de distintos puntos de Andalucía y casi ni nos volvíamos a ver hasta la vuelta. Otras veces, las menos, fui solo, y aunque se hace duro los primeros días, después merece la pena. El último día, recogías la dirección de correo y hasta el verano siguiente seguías dándole vida a esa amistad, que se renovaba una semana cada verano. De aquellos campamentos recuerdo que una de las costumbres era que, por los grupos en los que nos veiamos cada mañana, salíamos hacia la playa de La Barrosa, como digo, en pequeños grupos, cargados de agua y una sandia para desayunar durante el camino. Toda una aventura.

    Irremediablemente el tiempo sigue pasando, las cosas de niño empiezan a quedarse atrás. Y durante algunos veranos nos vamos a Torremolinos a pasar unos días con unos amigos de siempre de mis padres, para mi suerte, venían con acompañante y desde hace años compartíamos edad y juegos, viéndonos algo menos en los inviernos, pero los veranos eran nuestros.

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    Eran otros tiempos, no siempre tenía ganas de estar en la playa y algunas tardes me las pasaba dibujando o bien saliendo por la tarde a dar una vuelta. Me paraba en los rompeolas o me ponía de objetivo llegar a un lado o a otro. Una vez incluso, casi sin darme cuenta llegué desde la Carihuela a Benalmádena. Otras, cuando nos juntábamos, que era la mayoría de las veces, creo que tengo fotos nuestras desde los 7 u 8 años hasta los 14, todas en verano, la rutina era otra y nos pasábamos todas las tardes al principio jugando, y ya siendo algo más mayores, compartiendo las cosas que nos habían pasado durante el año y pensado qué poder hacer por allí.

    Guardo muy buenos recuerdos de esos años, y sí, aún mantengo la amistad con mi tocayo, no nos vemos ni tanto ni tan seguido como antes, pero seguimos sabiendo el uno del otro. Hay amistades que nunca se acaban.

    Y por supuesto, cuando uno ya va creciendo, cuando llegaba septiembre y volvías a ver a los compañeros de clase, esa sensación de revivir como había sido el verano y que hasta que no se acaba la feria, no llegaba a su fin.

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