OPINIÓN. LAS LENGUAS DE TRIPLE FILO. “Whisky” por Antonio M. Morales

    Cuando escribo venzo el impulso de decir idioteces (aunque comprendería que cualquiera pensase que lo que escribo es una idiotez), y construyo mi universo intentando dar lo mejor de mí, a sabiendas de que muchas veces lo mejor de uno se encuentra en ese rincón silencioso donde los fantasmas te invitan a café y puedes contemplar el tiempo transcurrido como anticipo del único tesoro verdadero: el tiempo que nos queda.

    Cuando escribo, silenciosamente, busco la imagen poética para hablar de la belleza o de la muerte, y no hay nada que me pueda separar de mi cuaderno, ese lugar mágico donde un día decidí que las palabras serían mis compañeras de viaje, mi testaferro y mi Dios.

    Cuando escribo busco ese conector de discurso que me haga entender los misterios insondables del inframundo, donde los cuerpos ateridos de whisky y soledad  se amontonan en la boca del metro mientras paseamos junto a ellos con las bolsas del Primark repletas hasta las manillas.

    Cuando escribo busco la metáfora que me haga encontrar al otro en la espuma taimada – como nieve lacerante- de los cuerpos donde habitan las algas cuando nieva sobre el Mediterráneo.

    Cuando escribo deseo que mi voz te llegue como una promesa cálida de habitabilidad, que si te hiero no sea sin querer, que si te beso sea con ganas.

    Cuando escribo sé que ser honesto no significa estar en posesión de la verdad (la palabra “verdad” también se vuelve del revés frente al espejo), y huyo de dejar caer mis sintagmas como un pie sobre una hormiga, porque sé que los pisotones duelen y porque para mí cada línea es un altar.  Y yo en los altares solo hago dos cosas.

    Mientras escribo estas palabras intento desentrañar el contexto que las hará tuyas, y sé que a veces la poesía (no digo que esto lo sea) encuentra los mejores lectores en los retretes inmundos junto al apretón advenedizo: que “el amor es un animal de dos espaldas” lo aprendí en el váter del Perete.

    Cuando escribo busco la luz -a ser posible natural, porque los focos deslumbran- y la encuentro al tiempo que comprendo que todo lo importante que tengo que decirte puede que a ti no te importe un pimiento.

    Por eso para el final me he guardado un as en la manga. No sé si lo estabas esperando, pero yo te lo digo por si acaso has pensado que más arriba me dejé una frase inconclusa: yo a los altares solo voy a rezar o a beber, y a ser posible prefiero las plegarias de corazón y el whisky del bueno, porque tanto la palabrería como el garrafón me dan dolor de cabeza.

    Y como sé que este texto también puede volverse del revés frente al espejo, espero que tras leerlo tú no tengas que tomarte una aspirina, que también sería posible.

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