OPINIÓN. La Lupa_ “Venganza” por Mila Guerrero

    Allá por 1805, al Sr. Horatio Nelson, almirante de la armada británica, se le ocurrió que la mejor manera de mantener a los españolitos a raya, era ganarles una batalla en el cabo de Trafalgar, y conseguir para siempre la gloria de tener una plaza a su nombre en su adorado Londres. Sin embargo, tamaño desaire en nuestras propias costas es algo que no se perdona, y el militar no se imaginaba hasta qué punto el español de raza es resistente, correoso como una carne mal guisada, y que la versión andaluza se le puede a uno atragantar como una tapa sin cerveza. La venganza por aquella tremenda afrenta al orgullo patrio perdurará, sin duda, hasta la eternidad.

    Imagino que, en otras épocas, la susodicha venganza habrá conllevado otras estrategias, pero en nuestros días no hay mejor reflejo del machacón contraataque, que la invasión paulatina que los andaluces de a pie les estamos metiendo por la escuadra a los ingleses. Cual martillo pilón incansable, con la excusa de aprender el idioma, les hemos ocupado los supermercados, los bares, los restaurantes de comida rápida y   las atracciones más conocidas con mano de obra barata. Por si eso no fuera suficiente, cuando llegan las vacaciones, no reparamos en gastos para visitar la capital de la Gran Bretaña y ponernos nuestra muesca en el cinturón.

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    Ni siquiera entonces se nos olvida la afrenta de la pérfida Albión, y no acabamos de cogerle el gusto:   que si aquí no para de llover nunca, que qué cantidad de gente hablando raro, chiquillo, que hay que ver lo malaje que son los ingleses, que a quién se le ocurre pagar antes de comer, que cómo les puede gustar el “fichanchí”.

    En los puentes de Andalucía, siempre hay destacamentos de tropas de refuerzo, almas caritativas que se sacrifican por la causa de la invasión.  Esperábamos, cansados, mojados y apilados en un ascensor a que las puertas se cerraran, cuando dos individuos más subieron a la carrera.  Algunos segundos después, uno de ellos, con la dificultad propia de la aglomeración, buscó a su compañero con la mirada apurada, y creyendo equivocadamente que no habría nadie que le pudiera entender, en tono triste, confesó: “Quillo, con lo bien que se estará ahora en El Rocío…”.

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