OPINIÓN. La Lupa_ “Todos contentos”, por Mila Guerrero

    Imagínense que se apuntan a un gimnasio, a clases de baile, o a un taller de costura, por poner un ejemplo. Se supone que la motivación es el gusto de aprender la materia, y que la herramienta para favorecer la habilidad es la práctica en cuestión, guiada, a poder ser, ya sea para agrandar los músculos y mejorar la salud, saberse los pasos a compás, o sacar modelitos lo más fantásticos posible de esos retales tan apañados que se encuentran en las tiendas de tela.

    Continúen imaginando que, a pesar de que ustedes ponen lo que consideran necesario para conseguir sus objetivos, la realidad es que van poniendo kilitos en vez de perderlos, su musculatura no es que mejore mucho a simple vista, el tema de los pasos del tango se les ha atragantado de todas todas, o las faldas que se cortan y cosen no tienen ni una costura a derechas… por decir algo. Sin embargo, ninguno de sus allegados, amigos o conocidos se atreve a decirles la verdad. Como en el cuento del rey desnudo, su historia es la contraria, todos se afanan en mostrarles su admiración, su apoyo, no cesan los mensajes de ánimo para que siga con esa actividad que tan maravillosamente bien están realizando.

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    Para seguir con el ejercicio imaginativo, el monitor o profesora,  costurera profesional, docente o lo que venga al caso para cada situación, celoso de su profesión, viendo que los resultados no son precisamente de lo mejor, va cada vez esforzándose más en hacer de ustedes unos deportistas natos, unas Sara Baras en potencia, unos prodigios del arte de manejar los pinceles – si de pintura estuviésemos hablando –, y en su ímpetu, les aprieta un poquitín casi sin querer: cada vez más de vez en cuando les dice que para perder kilos también hay que cerrar el piquito a la vez que hacer abdominales, practicar una y otra vez con la guitarrita hasta que te duelan los dedos o los labios se te pongan rojos si es que estamos tocando el clarinete (es un decir), o aplicarse más en estudiar la teoría de la cocción a baja temperatura para mejorar el resultado final de la receta, suponiendo que el curso fuera de cocina. Con tan mala suerte, fíjense, que ese mismo día en que el profesional de turno está soltando el discurso mete miedito a ver si reaccionan y dejan de tomarse del todo a guasa las clases, para que el producto final sirva de provecho, aparece el director de la academia para el asunto, y claro, entra rápido en pánico al ver sus ceños fruncidos con la idea cruzada de que tengan que esforzarse a partir de aquel momento.

    Lo siguiente es un poquito más complicado de imaginar porque quizá no lo hayan presenciado nunca. Es la escena en la que el jefe le dice al empleado que haga el favor de dejar de aplicarse tanto, que así no va a conseguir que el alumnado mejore, que lo que tienen que estar los clientes es felices, que vengan al tema con alegría, a pasar un buen rato. Claro, que entonces el profesional suele caer en la cuenta de que en realidad el objetivo del dueño dista mucho de la pedagogía del aprendizaje y mejora de las habilidades y destrezas de los alumnos para alcanzar las competencias necesarias que los haga mejores. El objetivo real es que el año que viene sigan pagando religiosamente las cuotas necesarias para que sigan asistiendo a las clases, y entones, todos contentos.

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