OPINIÓN. La Lupa_ “Serpientes”, por Mila Guerrero

    El mundo está lleno de serpientes. Las hay gordas, flacas, con los ojos negros, marrones, mezclados, azules o verdes. Las hay largas, de esas a las que tardas un rato en ver enteras, y también de un tamaño más moderado, de las que piensas que no podrían comerte. Las hay sigilosas, cautas, observadoras, venenosas, y rápidas, que guardan las distancias y a las que no ves venir hasta que no las tienes prácticamente encima, con los dientes clavados en tu cuerpo y el veneno ardiendo venas arriba. También existen las que se mimetizan con su víctima, que la estudian, la siguen, que esperan pacientemente el descuido y se quedan en los alrededores a disfrutar de su victoria, confiando en poder repetir.  Las hay que exhiben colores brillantes y estudiados estampados, y otras más feuscas, con la piel entre cetrina y gris; las hay de las que suelen tener cita quincenal para arreglarse la barba en la Barber shop más cercana, o que se cubren las canas religiosamente cada mes, y de las que lo mismo calzan botas con tachuelas que tacones de diez centímetros.

    Aunque pueda parecer que se hacen, las serpientes, nacen. La única transformación o evolución que experimentan en su vida es el cambio de piel, por otra parte, condición que las hace más fáciles de descubrir. A priori tener nuevo aspecto supone que puede que no las reconozcas a primera vista, pero también significa que dejan un rastro que se camufla con cierta dificultad. A veces no es tan difícil localizarlas, se puede seguir el reguero de pieles viejas, retorcidas y secas que van dejando a su paso.

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    Las serpientes, como todo el mundo saben, cazan luciérnagas. Lo contaba la fábula estupendamente: no las comen, no las persiguen en venganza de un mal que les hayan hecho, es que, sencillamente, no soportan verlas brillar; así que dedican buena parte de su existencia a detectarlas e intentar apagarles la luz.

    El mundo está lleno de luciérnagas, pero por esas paradojas que ocurren en este curioso planeta, todos piensan que hay un mayor número de serpientes. Quizá sea porque las luciérnagas, discretas de diario y celosas de su intimidad, quizá por temor a ser descubiertas y colocarse en ese peligroso punto de mira constante y fatal, solo brillan felices cuando sienten calorcito, y en el silencio de la oscuridad.

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