OPINIÓN. LA LUPA_ “Que levanten la mano”, por Mila Guerrero

    Se llama Maribel, o Ana, o Carmen. Si es más joven puede llamarse Jessica, Alba, Lorena. Todos conocemos una, y en ocasiones, a más. A algunas las tratamos solo de lejos: la cajera del supermercado, la camarera del bar donde te tomas la cerveza de los sábados con los amigos, la administrativa del banco, la limpiadora del bloque, la cocinera del restaurante donde vas con la familia, la abogada que te sacó del apuro con la declaración de la renta, la enfermera que te atendió en urgencias, la panadera que te lleva el pan a casa,  la sobrina de una amiga, la dependienta de la zapatería a la que siempre vas. A otras puede que las tengamos más cerca: puede que sea  tu  vecina, la madre de un amigo de tu hijo, tu compañera de trabajo, tu cuñada, tu prima, tu amiga,  cualquiera. Solo necesitan una cosa para que las contemos en esta lista.

    La mayoría de las veces tendemos a asociar un perfil determinado a una mujer que sufre violencia machista, pero la triste realidad es que el único requisito que hay que cumplir para ser víctima de este tipo de crueldad es ser mujer. También solemos dar por sentado que la violencia tiene sus únicas consecuencias en ojos morados, labios partidos o brazos rotos. Sin embargo, existe, a diario, una agresividad constante, un abuso que permanece silente, oculto a los ojos no versados, a los oídos que no quieren realmente escuchar los sonidos de la realidad.

    A todas y cada una de nosotras, alguna vez durante nuestra vida,  nos han agredido en mayor o menor medida, pero callamos, por una amalgama de miedos que nos ahoga la garganta: porque nos enseñaron a que esa conducta de cierta agresividad con la hembra se asocia a los varones líderes y es en cierta medida inevitable, porque el perjuicio de la delación sea incluso mayor que el agravio, porque puede que seamos acusadas de provocar o buscar esa reacción en el otro, porque en nuestro entorno reconocerse víctima quizá tenga consecuencias que no queremos, porque en nuestro papel social asimilado se da por sentado aquel tan pegajoso de la culpa eterna…por tantas otras cosas.

    No hace mucho, en un país muy lejano, tuve la oportunidad de participar en unas jornadas en las que las protagonistas eran las mujeres. Mujeres económicamente independientes, con un trabajo estable y residentes en países donde te permiten que eso sea posible. Más de cien mujeres de diferentes colores, nacionalidades y religiones. En una de las ponencias, se lanzó una pregunta al aire. Una vez que nos aseguraron que el entorno era seguro, que teníamos libertad absoluta para hablar, y que, por supuesto, nada de lo dicho allí trascendería, se  pidió que alzaran la mano aquellas que habían sufrido agresiones machistas, nimias, moderadas o graves. Una inmensa mayoría de manos alzadas me erizó la piel, me instaló un nudo en la garganta. Las lágrimas vinieron luego, escuchando testimonios.

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