OPINIÓN. La lupa_ “Las cosas”, por Mila Guerrero

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    Recuerdo aquella cantinela de los padres de los principios de la Democracia y el desarrollo, con la que les prometían a sus vástagos, a pecho henchido, que se deslomarían sin pensarlo para que sus hijos pudieran tener todo aquello que ellos no tuvieron. En principio se suponía que la repetida frase era con la más noble de las intenciones: educación y libertad, oportunidades, apertura de miras y fronteras, valores, resistencia, reivindicación. La promesa también incluía su dosis de consumo, con el carnet de conducir, el coche y las vacaciones en la playa como colofón, y los pudientes, la segunda residencia. Los niños de aquella época se criaron así, oyendo cómo sus padres se vanagloriaban a boca llena ante los amigos de sus sacrificios, para dárselo todo a sus hijos, todo. Una vez derrengado el padre- y la madre de preparar croquetas y tupperwares – por fin ponían a sus hijos en suerte, con bodorrio por todo lo alto y con la sensación de haber disfrutado lo indecible con el objetivo cumplido. Luego, en vez de la jubilación llegarían los nietos… pero esa es otra historia.

    Sin embargo, sus regalados hijos, aquellos por los que tanto se sacrificaron, no comparten con sus padres ese sentimiento de tener que compensar. No son tan generosos con los suyos. Ellos dan el último modelo de teléfono móvil, la mejor videoconsola, el más vistoso de los regalos de la tienda, una consola de cada marca si hace falta. No hablemos de las toneladas de caprichos ni de la variedad de cachivaches inútiles; los atiborran desde temprana edad de todos los armatostes conocidos. La competitividad es máxima, hay que tener más cosas que el vecino, y más caras, si es posible.

    Sí, antes he dicho que no son tan generosos. Y no lo son porque en la misma medida, les inoculan la permisividad más absoluta, la relajación de la disciplina y las costumbres, y les escatiman las normas más básicas de la educación en sociedad. Los abandonan a su suerte delante de una pantalla, no importa el tamaño. Los mantienen alejados, y los sostienen privándolos de aquello que realmente les serviría para ser, en vez de para tener. Se les ha olvidado que su primera obligación es mantenerlos a salvo. Los corrompen con la creencia de que lo importante son las cosas.

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