OPINIÓN. “La Lupa”. “Paradojas” por Mila Guerrero

    Suelo tener la sensación de que el ser humano, es, en esencia, una complicada paradoja. De naturaleza contradictoria por antonomasia, no pierde oportunidad para reafirmarse en tal característica. De hecho, a medida que evolucionan los tiempos, parece que se acrecienta más esa capacidad de regir y comportarse con distinto criterio ante similares circunstancias, o de realizar actos que parecen inconciliables, dependiendo de factores, si no aleatorios, al menos a primera vista, sin mucho sentido.

    Apartamos a los más tiernos infantes de todo contacto con lo que consideramos violencia. Los sobreprotegemos denodadamente. Los mimamos, no nos atrevemos a contrariarlos siquiera, el peligro de los traumas acecha tras la puerta y, por supuesto, andamos lejos incluso de mencionar, no digamos ya de hablarles de la muerte. Hasta hemos llegado a transformar los cuentos tradicionales – una de cuyas funciones ancestrales consiste en enseñar a los niños los peligros básicos de la existencia -, en historias de bondades y fiesta.  En el cuento de garbancito, la madre valiente, en mis tiempos, empuñaba un cuchillo, y, rajando la barriga del buey, liberaba a su hijo. Ahora lo que esgrime es una pluma, le hace cosquillas en la nariz al animal que se ha tragado al niño, el animal estornuda, lo expulsa, y ya no hay necesidad de heroicidad carnicera (guardo un ejemplar de esta historia en mi biblioteca, por si hubiera algún lector incrédulo).  Con la historia de Caperucita hemos hecho ya bastantes veces de su capa un sayo, y las versiones fluctúan entre las que el cazador ya no tiene necesidad de matar a nadie, o las que todos se van de fiesta, incluso las hay con lobo vegetariano, rizando el rizo de la inverosimilitud más ñoña: el mundo es bueno, la muerte no existe.

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    Sin embargo, como si el encanto de la infancia más inocente estallara enseguida como una efímera pompa de jabón, pronto los abandonamos en manos de pantallas que reproducen sin descanso peleas salvajes, disparos, explosiones, monstruos espantosos, sangre, horror, tortura y muerte. Y nosotros, los adultos de acción más delicada con la infancia, no dudamos ni un momento en hacer del sufrimiento y la muerte un espectáculo, y exponerlo, como antaño se exhibían los sufrimientos de los condenados en la plaza del pueblo, en un sitio bien situado a la vista de todos: la pantalla plana de numerosas pulgadas que tenemos en el salón. No importa quién sea el sujeto , ni siquiera  que sean los inocentes, a los que, llegado a este punto, hemos dejado de proteger en pos de los instintos más morbosos y carroñeros.

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