OPINIÓN. La antorcha y el manantial_ “Una mirada para gobernarlos a todos”, por Juan Diego Vidal

Abandono mi Morón tras dos semanas entrañables y deseadas, abundantes de buenos ratos con familia y amigos, reposos al sol con mi peluda, pensativos paseos de placentero silencio por las calles adoquinadas e inclinadas durante las frías horas, y algún que otro disgusto. Dejo mi pueblo tras haberlo habitado como hacía años que no lo hacía, y vuelvo a la tierra que hoy me proporciona las habichuelas y el desempeño profesional. Y en mi marcha me llevo preocupaciones acerca de algunas de las situaciones que en los últimos días nos rodean, situaciones que, en algunos casos, marcarán el transcurso de nuestras cosas en las próximas fechas.

Vuelo hacia las islas mirando de reojo el crecimiento de iniciativas culturales que Morón sigue viviendo últimamente, lo cual me hace feliz, pero al mismo tiempo observo sus contradicciones, que hacen que una vez más el talento inmenso, rebelde y necesario de artistas como Raúl Cortés se vea postergado al rincón de lo secundario. Sin embargo, La isla de dos cielos triunfó en el remozado Módulo Azul, y eso, junto con otros valores que están muy por encima de los empeños de algunos, dejan signos de esperanza en quienes estamos empeñados en no claudicar, empeñados en poner la belleza, el mensaje y la coherencia por encima del éxito o la foto.

Surco los aires entre península e ínsula quedándome cada vez más ojiplático por el nivel de mala educación, insultos, mal perder, utilización indigna de las víctimas y, en algunos casos, falta alarmante de cultura en esa casi mitad del Congreso de los Diputados no triunfante en las últimas elecciones (y, por ende, opositora en los debates de investidura de estos días). No son los primeros ejemplos de semejantes comportamientos por parte de la bancada ultraconservadora del ayer o del hoy, pero lo que estos días han mostrado muchos diputados de Vox, C’s y PP a ojos de todos los ciudadanos es, en esencia de su desquicie por la proclamación de un Gobierno progresista y plural, una demostración de irresponsabilidad por parte de quienes se llenan la boca de palabras como patriotismo o España y, sin embargo, actúan como sazonadores de la crispación en las calles.

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Dejo las pistas de San Pablo atrás cuando ojeo un titular futbolero que me recuerda que, en un nuevo triunfo de la gran industria internacional, empresarial, robotizada, deshumanizada, consumista y cada vez más superficial que hoy maneja los hilos de mi amado balompié, la Supercopa de España se jugará esta semana en un país –Arabia Saudí– donde tantos derechos fundamentales del ser humano son vulnerados a diario. Un país bien conocido por las potencias occidentales, amiguetes de intercambios en los negocios del petróleo y la guerra, que promete al mundo aflojar un milímetro la soga que ahoga a las mujeres a cambio de albergar en sus masculinizados estadios una competición que ahora juegan los clubes que más clasismo aportan al negocio.

El aeroplano ya divisa tierra y yo, pensando en aviones, no puedo evitar preocuparme más y más por el temblor que no para de crecer en las calles de Teherán, temblor que puede agitar al mundo entero y que ha sido provocado, de nuevo, por los asesinatos a diestro y siniestro a cargo de los desquiciados líderes del Pentágono y la Casa Blanca, ante lo que el Gobierno iraní ha declarado no quedarse de brazos cruzados. Uno lee y repasa informaciones, analiza los análisis, escucha a especialistas en el conflicto, intenta comprender…, y odia pensar que, a diferencia de otras veces, esta situación sí que eleva el riesgo de una guerra de consecuencias inimaginables a la categoría de ‘probable’. <<No será para tanto: ojos que no ven, corazón que no siente>>, dice alguien detrás de mí, refrán egoísta donde los haya tras el que se excusa la indiferencia más cruel. Lo que ocurre es que, en este caso, en Morón veremos y sentiremos pronto si el conflicto va a más, porque la imponente Base Aérea militar que USA y OTAN regentan a escasos kilómetros de las casas de nuestros vecinos no da mucha opción de poder vivir tranquilos.

Pero ya cuando el aeropuerto de Palma se alarga bajo el aparato alado en cuyo vientre me encuentro, el destino me regala una sorpresa. Me viene a la mente (no sé por qué) esa frase sublime de la obra maestra de John Ronald Reuel Tolkien, El Señor de los Anillos: “Un Anillo para gobernarlos a todos. Un Anillo para encontrarlos, un Anillo para atraerlos a todos y atarlos en las tinieblas”. Y la frase me viene como aro al dedo al pensar en esa maravillosa noche vivida en las calles de mi pueblo el pasado 5 de enero, cuando, un año más, la magia de las esculturas animadas que en Morón podemos disfrutar por carrozas, dio rienda suelta al arma más poderosa, capaz de hacer creer que un mundo mejor es posible: la mirada. En concreto, las miradas de felicidad, asombro e ilusión que la noche de la cabalgata pude (pudimos) ver en los miles de niñas y niños que observaban, radiantes, las carrozas de los reyes magos.

Así, finalmente, cuando el desánimo provocado por las inquietudes anteriores amenazaba con aguarme el pie a tierra mallorquina, de súbito sentí una sonrisa interior. Quizá fuera un instante fugaz y utópico, pero aquí estoy, alargando cuanto puedo ese instante mientras escribo estas líneas: ojalá fuésemos todos conscientes de la fuerza que tienen las miradas de los niños. Porque si así fuera, estoy seguro de que haríamos lo que estuviera en nuestras manos para conseguir que esas miradas se convirtieran en la auténtica grandeza de nuestro mundo, y que ellas, las miradas de los niños, sirvieran para atraer todos los males, todos los insultos, todas las guerras, y gobernarlos a todos, eliminarlos de la faz de la Tierra hasta que estos dejasen de existir.

Una mirada de ternura y bondad, la reflejada en los rostros de los más pequeños hace un par de noches, para superar las grandes inquietudes. Una mirada con la que poder gobernar los grandes problemas y vencerlos a todos.

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