OPINIÓN. La antorcha y el manantial_ “Un día entre miradas, danzas y magia”, por J.D. Vidal Gallardo

Excelencia
Foto de J. D. Vidal Gallardo.

Tu mirada. Esta mañana me crucé con tu mirada, mirada apagada que se me clavó en las entrañas, ojos perdidos en la nada, párpados caídos, melena recogida rodeada de exuberantes alegrías sueltas, pasos sin rumbo en medio del gentío, sábanas de tristeza entre la algarabía de alrededor, cenicientas nubes siguiéndote a pesar de que el sol abrasara cada metro cuadrado a tu este y a tu oeste… ¿Qué te pasaba, mujer? ¿Qué te pasaba? Hoy me crucé con tu mirada, y por más que te busco en mis deseos, no te encuentro, ya nada puedo hacer para ayudarte… Y sin embargo, no dejo de pensar en esa mirada: ¡tu mirada!

Vuestras danzas. Por la tarde me topé con la belleza, el esfuerzo, la gracia y el arte. Os vi entre tutús, mallas, polainas y zapatillas de punta, entre plié y relevé, entre arabesque y retiré, intentando obedecer lo que la voz de la profesora os exigía, con todas vuestras ganas y toda vuestra voluntad por cuadrar cada movimiento, cada salto, cada brazo extendido, cada pierna tensada… Hoy tuve la suerte de encontrarme con la belleza de vuestro esfuerzo y la gracia de vuestro arte, y más aún, con el brillo espontáneo de vuestras sonrisas: las sonrisas de niñas y niños de 3 y 4 años danzando en clases de ballet.

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Su magia, su Omega. Por la noche volví a maravillarme con el mágico Omega, con la fusión del flamenco más rompedor, con las alas rockeras de las lagartijas, con los versos eternos del eterno romancero de Fuente Vaqueros, con las melodías de Cohen, con las voces valientes de Graná, con esos sonidos que abren bocas, paran pulsos y encienden corazones, con esas conexiones ancestrales de cantos andalusíes, con esas auroras neoyorquinas, esos pequeños valses vieneses, esas formas que van hacia la sierpe y esos asesinados por el cielo…, con esa lógica aplastante que a los puristas saca de ‘quicio’, con esos quejíos profundos como los pozos y luminosos como los planetas… Hoy redescubrí la joya infinita de Enrique Morente, y ahora solo queda esperar a que la mística de la estrella tartésica me permita volver a redescubrirla una y mil veces.

    Y es que hoy fue uno de esos días que clava sus pupilas en las tuyas, recordándote que veinticuatro horas dan para mucho, dan para sufrir y para gozar, para aprender y para desaprender, para caerse y para levantarse, para reír y para llorar, para querer quitarte de en medio y para querer estar en todas toditas las partes… Hoy, el día me miró con su hermoso y cambiante rostro de mil colores. Y yo, que le devolví la mirada, ya me sumerjo en la madrugada.

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