OPINIÓN. La antorcha y el manantial_ “Un arma distópica y subversiva”, por J.D. Vidal Gallardo

Imagen: detalle de ilustración de una viñeta de El Roto

Sobre las once de la mañana se sentó el chaval en un banco de madera situado justo en el centro de la plaza, en pleno distrito comercial, tecnológico y financiero de la ciudad, en medio de tiendas, sedes bancarias, locales de apuestas y grandes centros comerciales. A esa hora, el gentío ya atravesaba el lugar de arriba abajo, pero aún no era nada comparado con lo que aguardaba. Se trataba de un sábado primaveral, de mucho ambiente en las calles y restaurantes, rebosantes las primeras, llenos los segundos.

El chico, tras acomodarse en el rígido asiento, miró largo rato a los viandantes y, sin más dilación, sacó algo del interior de su mochila, lo abrió, agachó la cabeza y comenzó a mirarlo. Lo que agarró con sus manos, de color índigo, apenas podía ser identificado si quien pasaba por allí no se fijaba bien, pues tanto la mochila como las ropas del individuo eran también de tonos añil o azul oscuro. Así que, al principio, pasó desapercibido.

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Un par de horas más tarde, sobre la una, la plaza era ya un hervidero de personas que, cual hormiguitas, recorrían cada centímetro cuadrado de la plaza, llenaban el interior de las tiendas, hacían cola para entrar en los centros comerciales y corrían para ocupar mesas en las terrazas de los bares. La aglomeración, el ruido ensordecedor o los cláxones de los vehículos de las avenidas adyacentes no parecían alterar la burbuja del joven del banco, quien, inmerso en su mundo, no despejaba la vista de lo que sostenía. Y eso comenzó a llamar poco a poco la atención de algunos de los que por allí deambulaban.

Las miradas comenzaron a apuntarle de reojo, meros vistazos, ojeadas indiferentes. Pasó la hora del almuerzo y él seguía allí, en el banco, tras haberse comido un bocadillo y bebido una botella de té helado, con el objeto invariablemente posado en sus rodillas. “¿Estará esperando a alguien?”, decía a sus espaldas el dueño de un punto de informática y robótica. “Qué tipo más raro, ya estaba ahí hace tres horas, cuando vinimos”, espetó una a sus amigas desde las escaleras mecánicas del interior de un lujoso emporio, a través de cuyas ventanas observaba, desde las alturas, a las personitas de la plaza. Sus compañeras de compras no disintieron, solo soltaron una risita servil a modo de hienas.

Sobre las seis de la agradable tarde, la plaza volvía a estar abarrotada: las últimas horas del desenfrenado consumo comercial se fundían con la segunda ola de bullicio hostelero y con la atmósfera previa a las fiestas nocturnas. De nuevo, una olla a presión. Quien fuera hablando con alguien que estuviera a su lado tenía que gritar para hacerse oír. Y nuestro protagonista, ahí seguía, en el banco, mirando su objeto de deseo, pero ahora expresando de vez en cuando sonrisas, suspiros u otras emociones. “Este tío empieza a dar mal rollo”, decían quienes llevaban horas viéndolo allí. “No me fío, puede ser un loco solitario que prepara algo”, decían otros. La gente dejó de acercarse a él, y las miradas ya no eran aisladas, fugaces, de soslayo, sino penetrantes, aterradas, de creciente rechazo. “Ese trama algo”, comentó uno que acababa de llegar a la plaza con sus amigos. Detrás de ellos iba otra pandilla, y una de las mujeres dijo: “Lleva así desde esta mañana, mirando lo que sea que tiene entre manos. No ha llamado ni hablado con nadie, nadie se ha reunido con él, no ha mirado el móvil ni entrado en tiendas…”.

El runrún fue expandiéndose de tal manera que sobre las ocho de la noche todos en la plaza miraban desde lejos al chico del banco. La mayoría lo grababa con sus teléfonos móviles y alguno de los allí presentes debió de llamar al cuerpo de seguridad, porque de repente dos coches irrumpieron entre la muchedumbre y de su interior salieron seis agentes que, en un movimiento envolvente, rápido y eficaz, rodearon al sospechoso, al que apuntaron con sus armas ante los evidentes signos que hacían de él un probable delincuente tramando un ataque masivo en tan conocido emplazamiento de la urbe, atestada de ciudadanos de bien.

“¡Arriba las manos!”, le gritaban sin parar los policías al peligroso paranoico, pisándose unos a otros, tensos, en un bucle de frases nerviosas que dificultaba el poder entenderles. “¡Arriba las manos! ¡Está detenido! ¡No haga ningún movimiento! ¡Nos acercaremos a usted lentamente! ¡Compañeros, prevenidos para abrir fuego si intenta algo sospechoso!”. Entre el público expectante había quien temía los disparos, pero en general la sensación era de estar asistiendo a un espectáculo insuperable, de ahí que los flashes y cámaras de los móviles estuvieran trabajando a todo trapo, sin dejar pasar la ocasión de grabar el momento para luego compartirlo en internet. Mientras, alguno que otro se desgañitaba al fondo, con sedientas expresiones y miradas inyectadas de show: “¡A por él! ¡Acabad con él! ¡Deténganlo! ¡Grábalo todo, tío!”

Al fin, uno de los agentes se acercó a menos de un metro del sospechoso, por detrás, le apuntó a la sien con su pistola, asomó la cabeza por encima del hombro del joven, alcanzó a ver lo que este llevaba acariciando y observando desde por la mañana, y vio de lo que se trataba. Sin despegar la vista del objeto ni de su dueño, susurró por el pinganillo a sus compañeros: “Señores, a la de 3 acercaos corriendo y ayudadme a reducir al individuo. Esto es peor de lo que pensaba… Una, dos ¡y tres!”, y en un abrir y cerrar de ojos los seis agentes atraparon al turbio personaje, lo esposaron, requisaron su arma y se dirigieron a los coches entre la ovación de la exaltada masa. Pero mientras la exitosa operación concluía, uno de los que grababa la escena vio sobresalir de la bolsa portada por un agente el arma arrebatada al potencial asesino, y no pudo ahogar su grito de terror: “Oh, no, un libro… ¡Un libro! ¡El delincuente asesino del banco tenía un libro!”.

Entonces sí, las miles de personas que, apretujadas, asistían al estremecedor momento entraron en pánico y comenzaron a correr despavoridas, llorando, tapándoles los oídos a los más jóvenes, arramplando con todo. “¡Libros! ¡El tío siniestro llevaba un libro! ¡Vámonos de aquí, rápido!”, chillaban, atemorizados, unos y otros, mientras que los pocos que no corrían se preguntaban: “¿Un libro? ¿Y qué es eso?…”.

   Al día siguiente del inesperado episodio, el sistema volvió a hacer gala de una eficaz demostración de lo preparada que estaba la población para actuar en situaciones semejantes: las autoridades condenaron al sospechoso; las fuerzas de seguridad se congratularon por la eficacia de sus hombres; los gobernantes advirtieron de los peligros de armas como la incautada al delincuente; y los medios de comunicación e influencers de todas las redes sociales celebraron un nuevo caso de riesgo andante aniquilado. Así pues, la sociedad, esa sociedad, volvió a respirar tranquila, y el día a día retornó a su rutina de comercios a tope, cámaras grabalotodo, obediencia incuestionable y mensajes unidireccionales. “Recordad: con nosotros nadie podrá subvertir el desorden establecido, ningún Leviatán derribará nuestra moral, y os aseguro que vuestras conciencias serán siempre libres…”, sonaba en los altavoces de fondo, de manera insistente, en todas las calles, avenidas y espacios, “…libres de libros y otras armas igualmente perniciosas para vuestras débiles mentes”. Los ciudadanos, felices y aliviados al escuchar tan protectoras proclamas, olvidaron lo del día anterior y volvieron a la normalidad.

El epicentro comercial de la urbe recuperó su ajetreada y frecuente afluencia de público en los días venideros, pero ya (¡menos mal!) sin ningún joven sospechoso apostado en el solitario y resiliente banco dispuesto en aquella plaza. Y, mejor aún, ningún libro ni arma semejante volvió a verse por allí en mucho tiempo.

    Pd, lugar de los hechos aquí narrados: Cualquiera. Fecha: No se sabe; quizá pronto.

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