OPINIÓN. La antorcha y el manantial_ “Tríptico breve, ¿e inconexo?”, por Juan Diego Vidal

Imagen nº 1:

Se levanta temprano. Desayuna de manera contundente, lo quiera o no, porque espera un nuevo día y tiene que aguantar todo lo posible. Tiene que generar. La suben al coche y la llevan a su colegio de pago. Si una mañana (o dos, o tres…) no quiere ir al colegio, tampoco pasa nada. Ya en casa llega lo importante. Debe maquillarse bien. <<Deja, que yo te retoco>>. La cama está coquetamente vestida, las paredes adornadas, el resto de los espacios de la recién estrenada mansión lujosamente preparados por si se diera el caso de tener que ser enfocados. <<¿Estás lista? Venga, da igual, ¡comenzamos!>>. Acción.

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—¡Hola, guapas y guapos! ¿Cómo estáis? Jo, yo súper súper cansada… ¿Pero sabéis qué? ¡Que tenía muchas ganas de estar aquí con vosotros, un día más! Hoy os hablaré de un tema muy interesante que os ayudará en muchas situaciones de vuestra vida, como por ejemplo… Umm… O sea… Bueno, luego os cuento. ¡Repasaremos lo que me pasó ayer al ir a la tienda Apple con mis padres! Veréis qué cosas tan surrealistas me sucedieron… Y al final del vídeo mi papá me hará un cuestionario sobre lo que me gusta comer, mamá me hará un juego de retos, ¡oh, my god!, y para terminar os daré más detalles sobre el libro y el disco que estoy a punto de publicar. Así que: Tres, dos, uno… ¡Let’s go, dear fans!

El padre, a su niña, como si de la reina del pop de los 80 se tratase: <<¿Cómo estás? Venga, seguimos, lo estás haciendo muy bien>>. Abanico, agua, y adelante. La madre y sus asesores en redes sociales se encargan de editar la grabación. En pocas horas, miles de niños de entre cinco y once años se quedarán embobados delante de la pantalla del móvil de sus padres viendo el último vídeo que su ídolo, de la misma edad, protagoniza en un canal YouTube. <<Son cosas de niños, no le des más importancia>>, dirán los progenitores de los infantes espectadores mientras, junto a ellos, siguen las recomendaciones del otro infante, el del vídeo, acerca de qué camiseta ponerse para una fiesta de cumpleaños o el relato de cómo el día anterior se le cayó en la terraza el último móvil que le regalaron.

Mientras el padre graba a su hija en el dormitorio, ahora hablando de la broma que le gastarán a la madre por la noche, ésta comprueba en el salón cómo sube el número de seguidores del canal de internet. Sonríe. El símbolo del euro se hace dorado en sus ojos. Ring, Ring. Suena el timbre de la mansión. La madre abre la puerta y ve a las amigas de su hija, quienes la buscan para jugar un rato. <<Oh, lo siento, venid mañana. Hoy no puede. Aún está trabajand… Ejem… Aún está estudiando. ¡Adiós!>>, sentencia la madre, y cierra la puerta.

 

Imagen nº 2:

A Javier le encantaba el fútbol desde pequeño. Cada día jugaba en las calles con sus amigos. Soñaba con ser futbolista de mayor. Fue creciendo y compaginando las clases en el colegio con los entrenamientos en el equipo de su barrio. Amaba ese deporte. Lo seguía a todas horas. En casa veía partidos por televisión e internet. Escuchaba la radio. Leía las crónicas de los periódicos.

Ya siendo más mayor, recién pasada la adolescencia, poco a poco se aficionó a ir al bar con los amigos para ver los partidos mientras tomaban una copa. Allí comenzó a conocer a gente, al igual que a través de los foros de las páginas deportivas de internet… Los amigos le proponían cosas, los espacios publicitarios eran cada vez más insistentes. Sportium. Luckia. Bet365. 888Sport. Betway. Codere. William Hill. Betfair. Betstarts. Bwin... «Juega, juega, juega. Gana, gana, gana». «La casa de apuestas más antigua». «Donde apuestan los que apuestan desde…». «¡Regístrate y gana ya!». «Nosotros te damos el doble». «¡Goooooooool»… Pronto el amor por el juego comenzó a ser secundario. Ahora podía invertir y, quizá, hacerse rico un día. Fútbol. Baloncesto. Carrera de galgos. NBA. «¡Que el lateral derecho marque antes del descanso se paga 8 a 1!»… Eso sí: «Juega con responsabilidad, siempre, siempre…»

Javier veía anuncios de casas de apuestas en el intermedio del partido, en los descansos de la película, en la publicidad de la radio, en las páginas centrales del periódico, en sueños, en el local del final de la calle (y en el que está junto al mercado, y en el que está frente al bar donde va a desayunar, y en el que está a unos pocos metros del colegio donde recoge cada mediodía a su hermano pequeño…). Javier no oía otra cosa que «Apuesta diez euros y te llevas ciento cincuenta»…, o «Tío, Javi, nos abrimos una cuenta entre los cinco, ponemos dos euritos cada uno por jornada, ¡y fijo que al final nos forramos!»

Hoy Javier tiene veintidós años, acaba de empezar a estudiar por las tardes en la Universidad y ha conseguido su primer trabajo, a media jornada, el cual desempeña por las mañanas. Durante los últimos cinco años no hizo ni una cosa ni la otra. Tampoco siguió jugando en el equipo del barrio. Al contrario, fue un lustro marcado por sus permanentes visitas al centro especialista donde fue tratado y adonde aún acude periódicamente a las revisiones. Son diecisiete los expertos los que le diagnosticaron una adicción al juego y a las apuestas, de las que no podría haber salido sin ayuda. Durante esos cinco años su cabeza no estuvo en condiciones de centrarse en nada. Durante cinco años se consumió. Tuvo un mono permanente. Desde entonces trata de resistir el imán que le atrae hacia las puertas del casino, las luces de la casa de apuestas, las aplicaciones de móvil para jugar online o los incesantes espacios de los medios que, desde su supuesto servicio público y su responsabilidad social, no paran de bombardearle con publicidad de este tipo.

Javier, a sus veintidós años, comienza a salir del agujero tras casi ser engullido para siempre. Ahora, más fuerte mentalmente pero aún temblándole los ojos cuando pasa por delante de una casa de apuestas, es uno de los que sale a la calle para decirle a los políticos: «¡Dejen de permitir que el poder y la fortuna de estos negocios sigan arruinando tantas vidas!»

Imagen nº 3:

Es mi novia. Yo sé lo que le gusta. La conozco mejor que nadie. Sus amigas son unas… Ellas que se vistan como quieran, pero a la mía no la confundirán. Mi novia sabe que yo siempre miro por ella, por su bien, por eso nunca se pone prendas para provocar.

>>¿Lo del brazo? Se habrá caído. ¿No estarás queriendo decir que yo…? ¡Ni lo repitas que te reviento la cabeza! ¡Yo la quiero más que nada en este mundo, me moriría sin ella! ¡Pero si llevamos ya cinco años juntos, desde los dieciséis! Nadie la conoce como yo. Eso del brazo es por una caída en la ducha hace un par de días…

>>Buah, en la cama lo pasamos genial. Le he enseñado varias posturas. ¡Lo flipas! Yo le indico y ella lo hace. Al principio le cuesta, pero es que no sabe cómo van esas cosas… Yo le ayudo y le digo cómo ponerse. Me fijo en las pelis p… En las pelis calientes y eróticas, ahí se ve lo que le gustan a las mujeres. A la mía también le gustan esas cosas. Yo lo sé, la conozco bien. Lo de los besos y las caricias ya se ha quedado antiguo. ¡Yo le enseño lo total, lo fuerte! A mi hijo el día de mañana no le hará falta asistir a los cursos esos de educación sexual, que a saber lo que les dicen…

 

>>Está mejor, más centrada ahora que antes de conocerme. Hasta hace un par de años aún le gustaba salir hasta tarde con las amigas, a bailar y eso… Y decía que quería estudiar nosequé. Yo creo que tenía muchos pajaritos. Ahora se lo pasa mejor, yo lo noto. Salimos los sábados por la noche un rato, la llevo a cenar, tomamos una copa y la dejo en casa. Ya no quiere estudiar algo que ni me acuerdo qué era. Yo creo que en el fondo no le gustaba. Ahora busca trabajo, de lo que salga, aunque ella sabe que puede quedase tranquila en casa porque conmigo no le va a faltar de nada.

>>En fin, las cosas de las mujeres… Venga, vamos a tomarnos otra cerveza, que me preguntas mucho por mi novia. ¡A ver si va resultar que te gusta, eh! ¡No lo quiero ni pensar! Vamos, yo es que me imagino pillándoos a los dos liados…, ¡y os m…

 

Fin del tríptico. Reseña (¿necesaria?):

Niños. Adolescentes. Adultos. Los unos, acelerados a la fuerza. Los otros, corrompidos. Los últimos, envilecidos. Los tres como sucesión y consecuencia de un origen, un punto en común, una planificación alabada, protegida y hasta defendida. Los tres como ejemplo de lo que hoy no es casualidad, ni esporádico. Los tres como imagen de un sistema que sabe lo que hace. Los tres desamparados y desprotegidos. Los tres, que en realidad son uno.

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