OPINIÓN. La antorcha y el manantial_ “Seguro que tras lo de NN en Bohoniki, todo cambia”, por J.D. Vidal Gallardo

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Aylan Kurdi llegó a las costas de Bodrum (Turquía) en septiembre de 2015. Tenía 3 años. Su menudo cuerpo, allí inerte boca abajo, en la orilla de una playa, impactó al mundo entero. Aquel episodio fue el símbolo, el hasta aquí llegó la cosa, el árbol que ya no podía seguir tapando el bosque y que supuso que, entonces sí, los gobiernos de todo el planeta y la concienciación de todas las personas se unieran con tal de poner solución al drama de la migración forzosa, esa que mucha gente emprende obligada porque no le queda otra, porque el hambre le pisa los talones, o la guerra, o la persecución por distintos motivos, o la necesidad de mejorar su vida y la de sus familias. En definitiva, por las razones que han llevado al ser humano a migrar a lo largo de toda la historia.

La imagen de Aylan significaría que, de una vez, todos entendiéramos la negligencia de las administraciones, instituciones o macroempresas que originan que tantísimas personas tengan que irse de sus casas; significaría también que reconociésemos la indiferencia social de la que habíamos participado. Ese caso conllevaría que, al fin, los estamentos de poder se comprometiesen a confrontar con quienes se lucran a base de la migración amasando negocio y mercancía, y con quienes provocan miles de vidas arrebatadas, perdidas.

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Pero algo falló… La foto de Aylan desapareció de la memoria colectiva, porque la memoria, que en estos tiempos parece especialmente frágil, fue envenenada y formateada con abrumadora facilidad. Y se fue al garete la esperanza por que cambiasen las cosas. Al mismísimo garete. Como si el banco de peces más grande jamás imaginado desapareciese por el retrete inmundo del olvido y la maldad humana. De hecho, hoy, pocos lo recuerdan ya, a él, a Aylan Kurdi.

En 2018 salió a las librerías Partir para contar. Un clandestino africano rumbo a Europa (de Manhmud Traoré y Bruno Le Dantec. Editorial Pepitas de calabaza; libro que alcanza ya su tercera edición), una obra en la que se cuenta, como pocas veces se había leído antes, la odisea de más de tres años vivida por Traoré entre África y Europa a través del Sahel, el Sáhara, Libia y el Magreb, así como cuanto sucedió en 2005 en Ceuta, la realidad de la vida errante de un migrante clandestino, las esperas, las extorsiones, la estigmatización, el racismo, las brutalidades sufridas, pero también la ayuda recibida y la valentía de muchas personas buenas, valientes y comprometidas. Una obra muy directa al tratar el funcionamiento de los centros de internamiento o de los campamentos improvisados, y no menos directa al explicar cómo muchos gobiernos, mafias, grandes hombres de negocios en la sombra o algunas de las instituciones policiales o militares tanto de diferentes Estados como de la Unión Europea en general forman parte de una trama que destroza tantas vidas cada año. Leer aquel libro nos llevó a muchos a pensar: “Joder, estos testimonios, estos datos, estas referencias… Estas páginas tienen que contribuir a cambiar las cosas”… Pero nada.

El 24 de junio de 2019, Óscar Alberto Martínez Ramírez y Valeria, su hija de 23 meses, amanecieron abrazados en el río Bravo, imponente arteria que une México y los Estados Unidos de América. Llevaban dormidos varias horas, quizá días, inmersos en el sueño eterno, el que deviene de no lograr sobrevivir. Otra imagen que rompió el corazón de quienes supimos del suceso a través de los medios. Ese abrazo sí que cambiaría las cosas, pensamos. No quedaba otra. Ese hecho sí que uniría todas las manos del mundo para detener el drama que sufren los millones de personas que a diario se ven forzadas a migrar en este planeta… Pero tras el impacto inicial y algún que otro telediario amarilleando con la imagen para abrir en portada, nada cambió.

Y tampoco cambió tras los similares casos sufridos por ciudadanos de Yemen, Myanmar, Siria, Palestina o la República Árabe Saharaui Democrática; ni tras los acontecidos en los diversos tránsitos que miles de personas recorren desde distintos puntos del sur y del centro de América rumbo al norte; ni tras los presenciados cada pocas fechas en esta cruel Europa que solo ‘sabe’ tratar el tema de la migración a base de vallas, muros, concertinas y ejércitos, como llevamos años viendo en las costas que dan al Mediterráneo o como ahora observamos en la frontera entre Polonia y Bielorrusia.

En esa misma frontera, donde las armas que se arrojan los Estados tienen forma humana, la muerte le llegó hace dos semanas a un chaval sirio de apenas 19 años llamado Ahmad al Hasan. De nuevo la misma pregunta: “¿Será posible que esto tampoco sirva para que la gente abra los ojos y para que los poderosos paren la maquinaria de una puta vez?”. Y la maquinaria siguió.

Pero estoy seguro de que lo recientemente conocido sobre NN sí que supondrá un antes y un después. Seguro que, tras saberse su historia, todo cambiará. Esta vez sí que sí. Seguro. Seguro que tras conocerse el final de NN (del latín nomen nescio: nombre desconocido), de 30 años de edad, sin identidad ni nacionalidad conocidas, y que desde hace seis días descansa para siempre bajo tierra en Bohoniki (Polonia), la ciudadanía del mundial gritará al unísono: ¡Basta ya de jugar con vidas humanas! Seguro que a partir de ahora nadie será usado jamás como arma en conflictos geopolíticos ni se verá obligado a tener que dejar su casa. Seguro que tras este caso, todas las personas (no solo las que sabemos qué conlleva vivir en otro país, sino todas) recuperamos la humanidad, la humildad, la empatía y sobre todo el sentido común que un día dejamos que nos fuesen arrebatados. Seguro que salimos de la trampa en la que como sociedad caímos hace ya demasiado tiempo, la trampa tejida tanto por quienes andan secos de escrúpulos como por quienes descargan toda su violencia, todo su odio, todas sus mentiras, toda su soberbia, todo su racismo, todo su clasismo y -no lo olvidemos- todos sus intereses* en los y las migrantes, que al fin y al cabo constituyen las verdaderas víctimas en esta situación. *(Violencia, odio, mentiras, soberbia, racismo, clasismo e intereses que se vieron bien reflejados, por ejemplo, en cómo algunas voces, fuerzas políticas o entes mediáticos de España y de otros países europeos trataron la llegada de unos cinco mil seres humanos a El Tarajal en mayo de este mismo 2021, buena parte de los cuales eran niños y adolescentes a los que dichas voces tildaron de ‘invasores’).

Sí, seguro que esta vez será diferente y que, tras la historia de NN, el problema se solucionará. Seguro que pronto veremos cómo la tragedia cesa, convirtiéndose el mundo en un lugar un poquito mejor. Seguro…, seguro, ¿no?

Imagen: bebé siendo rescatado por un miembro de la unidad subacuática de la guardia civil de Ceuta, en mayo de 2021
Imagen: una voluntaria de Cruz Roja consuela a un chico migrante, exhausto, recién llegado a la playa del Tarajal (Ceuta) tras haberse librado de la muerte en el mar Mediterráneo. Mayo de 2021.
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