OPINIÓN. La antorcha y el manantial_ “Rodeados de Hombres Grises”, por J.D. Vidal Gallardo

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Los niños apenas tienen tiempo ya para leer libros que los hagan viajar, o para corretear en calles, parques, campos y plazoletas, o para hacer volar las cometas, o para jugar de la mejor de las maneras jamás inventadas: con la imaginación.

Los adolescentes apenas tienen tiempo ya para charlar con sus abuelos, o para preguntar dudas a sus padres, o para maravillarse con la naturaleza, o para detenerse a descubrir el significado de la letra de una canción, o para sorprenderse ante el aleteo de sus primeras mariposas al fijarse en esa mirada que jamás olvidará…

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Los jóvenes apenas tienen tiempo ya para soñar, o para pasarlo de lujo en una sala de cine, o para disfrutar de esa terraza al aire libre con los amigos a base de farra, cañas y tapas, o para comprender las condiciones en las que están currando, o para interesarse sobre qué pasa en el mundo -o en el barrio-, estudiar en qué les afecta y comprometerse con aquello para cuyo cambio hace falta arrimar sus hombros.

Los adultos asentados en edad madura apenas tienen tiempo ya para atender a lo que sus sentimientos verdaderamente desean para sus vidas, o para pensar en algo más que no sea obsesionarse con el dinero, o para comprobar cómo crecen sus hijos o sus sobrinos, o para cantar y bailar, o para gozar cocinando, o para interesarse por algo más que no sea aquello que los engancha a las pantallas de sus teléfonos móviles.

Y los ancianos… Ellos sí tienen tiempo, pero se sienten solos, porque el resto de la población carece tanto de esa dimensión (el tiempo), que apenas dedica a sus mayores poco más que unos vacíos minutos.

    Puede que no distingamos a los Hombres Grises que Michael Ende nos describiera en su fantástica Momo, pero a buen seguro están aquí, cerca, a nuestro alrededor, y ahí, y allá, robando el tiempo a todas las personas. Quizá por eso vivimos con un cohete perennemente incrustado en el orto, volando de un sitio para otro, agitada nuestra respiración, calcorreando sin parar nuestra ‘agenda mental’, veleidosa nuestra fuerza de voluntad, maestros en el arte de la excusa continua, o puede que incluso siendo sinceros en la razón de acudir a ella (lo cual no es menos preocupante): «Lo siento, he de irme, tengo que…», «Hoy no puedo, a ver si mañana…», «Disculpa, no tengo tiempo para…», “Joder, otra vez olvidé hacer esto hoy…”. Y así un día tras otro, resollando nuestro pecho cada noche al irnos a la cama…

Sí, definitivamente los Hombres Grises están ganándose el sueldo, y están hurtando todo el significado de nuestro tiempo. De otra forma, resulta difícil explicarse cómo a medida que avanzan los años nos volvemos más innobles, más superficiales, empleando más horas en vorágines varias, descuidando la inmensidad de causas y momentos preciosos que nos ofrece la existencia.

Pero nuestra especie, capaz de lo peor, también lo es de lo mejor, así que a ver si entre tanto Hombre Gris somos capaces de recuperar la cualidad de saber escuchar, como Momo, la protagonista de la novela antes citada, y así volver a exprimir el tiempo como este merece ser exprimido, aprendiendo de la sabiduría que nos rodea, alejando las prisas, los individualismos y los arranques compulsivos de nuestras rutinas, apreciando en la calma lo que solo la calma permite apreciar.

De lograr algún día semejante hazaña (que de hazaña tiene poco, más bien conlleva unas gotas de sentido común), ese día encontraremos en nuestro entorno más seres llenos de luz y colores -o sea, más Momos- y menos Hombres Grises. Ese día el estrés y el agobio dejarán de ser las grandes pandemias de nuestra época, de nuestros tiempos… ¡TIEMPO! Ese día, cuando consigamos oír el silencio en medio de tanto follón y tanta carrera, seremos capaces de saber qué es el tiempo, cuán valioso resulta, y la de episodios inolvidables que podemos tatuar en la piel de sus seis letras. T-i-e-m-p-o… Ese día, quizá no dispongamos de tiempo suficiente… pero para chorradas; lo cual significará que lo habremos recuperado para dedicarlo a lo que verdaderamente nos proporcione ratos de crecimiento y felicidad.

Y entonces la vida dejará de ir a mil por hora; y volverá a avanzar lentamente, casi parada; y podremos degustar lo que queramos degustar; y todo merecerá un poco más la pena. Ese día volveremos a disfrutar del Tiempo, con mayúscula, y sabremos escuchar los muchos mensajes que a cada segundo nos deja, sin dejar que nadie nos lo robe.

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