OPINIÓN. La antorcha y el manantial_ “Reflexiones tragicómicas con Raúl Cortés. Parte II”, por Juan Diego Vidal

Siete días más tarde y unos cuantos grados centígrados menos, aquí estamos de nuevo, con ganas de volver a entrar en calor. El parto lo dejamos a medias hace una semana, así que llega la hora del último empujón, el que al fin permita presentar al mundo entero lo que hace siete lunas asomó por entre los chorros del manantial, como queriendo abandonar la oscuridad de las entrañas de la creación. La criatura, guiada por una simple antorcha, vio los primeros rayos del sol con https://moroninformacion.es/opinion-la-antorcha-y-el-manantial_-reflexiones-tragicomicas-con-raul-cortes-parte-i-por-juan-diego-vidal/.

Ahora no hay marcha atrás. Viejo carnaval de sombras tiene aún cuerpo para mostrar, y su autor, Raúl Cortés, no menos cosas que decir…

moroninfo-mar17

JD: ¿Hay salida para esos callejones que evidencian nuestras derrotas colectivas?

Raúl: Las hay. Y si no las hubiera, habría que crearlas. No hay muro en el que, tarde o temprano, no aparezca una grieta. De todos modos, cada derrota es una posibilidad para fortalecer el carácter. Y hay gente muy fortalecida ya, abriendo espitas. Hemos de seguir el rastro de esas luces…

JD: Corrígeme si me equivoco, pero no te veo muy preocupado por que la carne muera, sino, más bien, concienciado con la obra que pueda quedar

Raúl: Sinceramente, no creo que quede nada: ni la carne, ni la obra, nada. Seremos un vago recuerdo, al principio. Después, un nombre remoto. Finalmente, nada. Y eso sucederá en muy poco tiempo, porque vivimos una época de aceleración y vértigo. Todo acontece rápidamente y rápidamente se va, desaparece, sin más. Y no creo que mi obra vaya a ser diferente. ¿Quedar, dónde… en la historia? La historia es experta en silenciar los gritos de la gente. Y mi obra, que es un grito, también será silenciada. No me preocupa la eternidad de la obra, sino que la obra sea una herida abierta, en carne viva.

JD: ¿Crees, como yo, que no existe en este planeta ejército alguno capaz de derrotar el amor de una madre?

Raúl: Yo, que no entiendo de patrias, en mi madre reconozco la única bandera que puedo bendecir. Lo más importante lo he aprendido de ella: ni universidades, ni libros, ni nada… Si lograse parecerme un poco a ella y saber lo que ella sabe, mi vida, al final de los días, habría tenido sentido.

JD: Como autor y director de teatro, ¿cuán difícil es representar sobre las tablas una escena cargada de ‘entrañas’ como la de los ruegos entre los tiros al final de Los brazos contra el cielo?

Raúl: Tengo la sensación de que esa escena pide poco. Cuando la conmoción es tan grande, lo mejor es que el director desaparezca, que solo quede el actor desnudo frente a la inmensidad de la tragedia y la profunda sencillez del personaje. La angustia, si es honda, no admite artificios ni retórica.

JD: Autoridades de poco hablar y mucho comer… ¡Para echarse a temblar! ¿Cómo es la autoridad con la que a Raúl Cortés le gustaría tratar?

Raúl: La cuestión es que la autoridad no la concede un cargo… y menos hoy. Un cargo, un título, un nombramiento, en principio, no tiene nada que ver con la autoridad, pero como se han desterrado los matices, tendemos a confundir ambos extremos. Si, quien se sienta en el confortable sillón de terciopelo, es un mediocre sin remedio, seguirá siendo un mediocre sin remedio –ni autoridad- por muy alto que sea su cargo. Ahora bien, hay vecinos cuya ejemplaridad, cuyo trabajo, cuyo conocimiento, cuya generosidad, cuya experiencia, cuya bondad, cuyo entusiasmo, cuya curiosidad son tan inspiradores que me generan una profunda admiración. Ante ellos, callo y aprendo, porque esas virtudes imprimen autoridad, se detente un cargo o no.

 

JD: ¡Yo quiero un Ilustrado Único de Cultura, Inteligencia y Sabiduría del Todo en mi vida!

Raúl: ¿Estás seguro? ¿No prefieres a un Consejero Gerente de Cultura, Inteligencia y Sabiduría del Todo? Bueno, en cualquier caso, no te ibas a aburrir, con la de pamplinas que dicen…

JD: A veces me pregunto si los que conformamos los prados no podríamos hacer algo más por entender ciertas cumbres

Raúl: ¿Más… todavía?

JD: Artistas dispersos que ya no creen en nada, que «si clásico o contemporáneo», que «si crítico, inconformista o rebelde»… Raúl, ¡a ver si se lo estáis poniendo en bandeja a los que desean la ovación del público ante la herida de muerte de la cultura!

Raúl: Deleuze decía -yo creo que confundiendo su deseo con la realidad- que “la filosofía sirve para detestar la estupidez”. Ojalá el arte también sirviera para eso. Pero si antes hablaba de la mediocridad del periodismo, el arte no le va a la zaga. El artista, en su legítima –pero tediosa- aspiración de triunfar, ha sacrificado su impertinencia, su vigor, su arrojo. Ha renunciado al misterio. ¿Cómo va a haber misterio si lo cuenta todo, hasta la más insignificante de sus ocurrencias, en las redes sociales? El artista ha olvidado el sigilo como forma de vida y creación… Hay una sobreexposición compulsiva del yo, una hipervisibilidad verborreica del yo, porque si quieres formar parte del negocio, este negocio te obliga a “estar”, permanentemente. A producir constantemente. Cualquier cosa, lo que sea, y mientras más rápido, mejor. ¡Cantidad, cantidad, más cantidad…!

JD: Si es que ya lo dice Zurrapa en su antológico alegato (capirote y cirio mediantes): ¡¿Pero qué es esta moda de tanta cultura y tanto libro, que aburre y entristece a la juventud?!

Raúl: Si es que ahora todo el mundo es artista… Y todos los artistas queriéndose ir a Madrid, a triunfar. ¡A triunfar! Ya ves tú, con la de gente que hay en Madrid, que ya ni se cabe. ¡Qué agobio, por favor!

JD: «Horizonte en el que nada se ve; flores y tierras en que nada se siente; brisa con la que nada se entiende»… En estos tiempos de ojos vendados, ¿cuánta falta hace la poesía lazarilla para guiarnos?

Raúl: Es difícil concebir esta existencia tan prosaica sin el bálsamo de la poesía. Por eso, me voy a permitir dos recomendaciones. La poesía de Manoel de Barros, un magnífico y asombroso poeta brasileño; y el último poemario de la poetisa granadina Olalla Castro, “Bajo la luz, el cepo”, una obra imprescindible.

JD: Hablas en tu obra de «cajones llenos de todo menos de sentido común». ¿Qué hay en el interior de tus cajones?

Raúl: Una batalla permanente. Unas cuantas contradicciones. Derrotas hay varias, y algunas son importantes. Una definitiva incapacidad de adaptación a estos tiempos (me falta cinismo e inteligencia estratégica). Paciencia. Serenidad. Fuerza para seguir un poco más, al menos un poco más… Y, sobre todo, una vasta colección de errores. Creo que conforman el más amplio y rico patrimonio que he atesorado a lo largo de la vida: mis errores.

JD: Cuando leí ese final de Solo queda caer en que Zurrapa y La Parásito parecen estar decididas a desquitarse de lo dispuesto por el alcalde pero, finalmente, se pliegan ante él, me acordé de la frase de Groucho Marx: «Estos son mis principios. Si no le gustan… tengo otros». ¿Es cada vez más difícil la distinción entre el ‘chaqueteo’ y los principios un símbolo de nuestro tiempo?

Raúl: Es la cara más reconocible de la posmodernidad, esto que llamaron sociedad líquida. Se trata de debilitarlo todo tanto que no quede nada. Lo primero, los principios. “El pensamiento débil”, así lo definió Gianni Vattimo. Y lo más interesante es que se ha hecho virtud de esto. La integridad, por ejemplo, es anacrónica. El relativismo ha venido a concedernos bula para todo. El comportamiento propio que antes podría causarnos un agujero sin remiendo en la conciencia, ahora se entiende como dinamismo, flexibilidad, aptitud para el cambio. Al fin nos hemos librado de los dogmáticos, de los rígidos que ponían en peligro la convivencia, el diálogo y la democracia con sus incómodos y obstinados esencialismos… Pero, y de los adalides del todo vale, ¿quién nos libra ahora?

JD: Penúltima cuestión. De emigrante a emigrante: tus idas y venidas de Morón, tu estancia allende los mares, tus vivencias en el continente americano, los muros y el río Bravo, el Estrecho y las verjas, los campos de refugiados en el sudeste asiático, la mochila con lo mínimo a cuestas, la búsqueda de una vida mejor, los sueños… ¿Hacia dónde migra esta época que nos ha tocado vivir?

Raúl: Una cosa es la vida y otra cosa es la sociedad que nos ha tocado vivir. Creo que la vida sigue siendo un reto apasionante. Veo a gente levantarse, cada mañana, arañando la tierra si es preciso, para sostener en alto la antorcha, su antorcha, nuestra antorcha. Hay experiencias de una ternura, de una solidaridad, de una luminosidad conmovedoras. Realmente, hay gente muy buena por el mundo y haciendo cosas muy importantes. Creo que la vida aún nos ofrece la posibilidad de ir más allá, de soñar, a pesar de todo. A pesar, principalmente, de una sociedad pensada por y para occidente. El hombre occidental, hoy, es la medida de todas las cosas y el mundo se desliza hacia la barbarie. Aquí no hay lugar para la pausa, para el corazón, para la naturaleza, para el otro… la mercancía es lo único que cuenta. La barbarie ya es…

JD: Ahora sí, acabo. No podemos cambiar (aunque sí estudiar y explicar) el ayer, pero dime qué papel protagoniza (lo que ‘crees’, lo que ‘deseas’…, qué más da, si en nuestras opiniones ponemos mitad pensamiento mitad sentimiento…) el teatro, tu amado y salvador teatro, en el hoy y en el mañana. No solo en tu hoy y en tu mañana, sino también en el de la sociedad global.

Raúl: Pues no soy muy optimista, la verdad. Va a depender de la determinación del teatro frente al mercado, la moda, la fama… impostores todos que llenan las obras de vaniloquios. Sin abismo no hay teatro, pero abismarse no es comercial ni políticamente correcto. Hoy, incluso cuando el teatro quiere ser crítico, en la mayoría de los casos, es políticamente correcto. Urge apartarse de los grandes centros de producción, que imponen sus propios patrones, acelerando los tiempos, uniformando la expresión, reduciendo las voces, empobreciendo los acentos, magnificando los individualismos y despojando las poéticas. Si conservo la esperanza es porque miro a las periferias. Creo que de allí vendrá el impulso necesario. Las periferias, ignoradas –cuando no denostadas- por los grandes núcleos, ofrecen un ecosistema más libre, más propicio para el arte: silencio para poder escuchar, ritmos lentos para poder buscar, autonomía para poder equivocarse y el grupo como espacio natural de creación. Y, sobre todo, necesidad. La necesidad de gritar para seguir existiendo, para seguir siendo…

    …Y así concluyó la charla, al son de las teclas y la distancia. (Sí, ya sé, estamos terminando y no nos hemos referido -directamente…- al olor aún fresco que nos dejaron los recientes resultados electorales, con esa fragancia a pluralismo, progreso y -quizá; ojalá- nuevos tiempos que algunos intentar neutralizar con un tufo a proclamas reaccionarias alzadas sobre el insulto, la exageración y la no aceptación de lo dictado por las urnas. Pero, una vez leídas estas líneas -las de hoy y las del pasado martes-, ¿no creen ustedes que hay cosas no menos importantes que lo resultante del 10N? ¿No es cierto que existen demasiadas cuestiones acerca de las cuales nos vendan los ojos -a la opinión pública- para que no seamos capaces de ampliar el debate público? Pues es precisamente por ello que con este doble artículo hemos querido filosofar sobre esos otros temas universales que, mires desde donde los mires, recorren las venas del día a día allende los mares. Más que nada, por una cuestión de coherencia y justicia social).

Ojalá este coloquio se repita dentro de no demasiado tiempo, pero entonces cara a cara, con cualquier brebaje como único intermediario. Raúl Cortés, dramaturgo. Léanle. Escúchenle. Merece la pena. Deberíamos estar orgullosos de contar en Morón con mentes lúcidas y valientes como la suya. Por cierto, desde aquí, congratularnos por la buena huella que dejó su adaptación de La isla de dos cielos (guiada junto con la actriz Cristina Mateos -Compañía Periférica-, obra que gira en torno a la capacidad de concienciación e iniciativa de la juventud ante la emergencia medioambiental de nuestros días) en el ciclo de Teatro de Otoño en La Puebla de Cazalla, así como en las representaciones llevadas a cabo estos días en el Módulo Azul de nuestra ciudad y en algunos de nuestros centros educativos.

Gracias, Raúl. Toda la suerte del mundo, para tus proyectos, para la vida. Y suerte también para el mundo, necesitado hoy más que nunca de corazones honestos, miradas críticas y poesía inconformista.

moroninfo-mar17
Compartir