OPINIÓN. La antorcha y el manantial_ “Reflexiones tragicómicas con Raúl Cortés. Parte I”, por Juan Diego Vidal

El sarcasmo es inteligencia, el humor es tocar el cielo, la poesía es la vida misma, y la rabia es lo que mantiene la dignidad siempre en pie, nunca arrodillada ante nada ni ante nadie. Y si, por si fuera poco, esas cuatro dimensiones se funden en una, el resultado es: Raúl Cortés.

Versos que penetran sin contemplaciones. Obra que retumba sin pretensiones. Historias proscritas que no admiten la indiferencia. De ahí esta charla, este intercambio. Con naturalidad, sin preparar (sin acomodar) el terreno, sin nada que -querer- callar, con mucho que decir, sin aspavientos exagerados, sin bailarle el agua a quienes exigen pasar por el aro con tal de ceder favores. No hizo falta decorar las tablas del teatro (su amado teatro), ni retocar medios. Con naturalidad, sencillez, claridad y honestidad. Así transmite el dramaturgo moronense. Y así se gestaron estas líneas, sin más preámbulos que estas palabras aquí presentadas, invitándoles a una lectura tranquila, sosegada, sin prisas y con ganas de mirar más allá…

Historias de personajes cuyos nombres evolucionan; metafísica; un todo que, por encima de los bandos, siempre gana en las guerras; una gestación íntima, cotidiana, puerta con puerta de una guerra fraterna; Isaac Rosa asombrado; un pueblo doliente que, por verse ya muerto, no se rebela; ese otro pueblo que aprieta los dientes y al que ni dios calla…

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Páginas de valientes que son capaces de huir dejando toda su vida tras las puertas cerradas de su hogar; un encogimiento de hombros que acepta y decide formar parte del olvido; una herida cuya memoria atacada, violada, pisada y borrada no puede (ni aun queriendo, si ese fuese el caso) olvidar; esos negados del auxilio, valedor del poderoso, matador sin apretar el gatillo, mirador en el «eso no es cosa mía»…

Y qué decir de ese hijo que es el sí de tantos noes; o de quien calla no por no poder hablar sino por no querer arriesgar; el tropezar dos (y tres, y cuatro, y…) veces con la misma piedra por no importarnos un carajo saber un poco más acerca de ella; justicia Vs injusticia; pecheras engalanadas con chatarra y maldad; esa prenda eternamente tejida para un hijo que nunca volverá…

Tampoco se olvidan esas presencias que impresionan; esa burocracia arcaica que se regodea en las diferencias sociales; ese sarcasmo; ese torero completando el cuadro; ese «Esto ya no tiene gracia»; ese tormento y ese pa-pe-li-tos en forma de muros…

Y, finalmente, también me guardo ese pueblo de mucho pregón exaltado y poco teatro; el ‘orden, seriedad y seguridad’ impuesto por cojones como la prioridad del pueblo; el morir donde el artista murió para, quizá, resucitar juntos; los disparatados sainetes; esos mandamases gustosos de lo podrido, con sus cortes imperiales aplacando la réplica y, así, perpetuando el lisonjeo…

Con todo eso y con mucho más me quedo (esos que un día acabarán lo que otros dejamos a medias -convicción que, esperanzado, conozco y comparto-, y esas sonrisas de luz invencible). Porque todo eso y mucho más es Los brazos contra el cielo y Solo queda caer. Hoy hablamos de Viejo carnaval de sombras (Raúl Cortés, Editorial Hiru & Llaüt, 2019), y lo hacemos con su autor:

JD: Lo primero de todo, gracias, Raúl, por compartir estas reflexiones conmigo. ¿Qué te parece si nos olvidamos de la clásica entrevista? Vamos allá. Inconformismo – Proceso creativo – Justicia poética – Amor por la diversidad – Resistencia – Comunidad – Pensamiento crítico. Podría seguir, pero me detengo en esas siete dimensiones que, sin conocerte en persona, percibo en tus creaciones y en la forma de verbalizar tus opiniones. En caso de no haber errado, define en una frase tu conexión con cada una de ellas.

Raúl: El inconformismo, cuando es búsqueda, es mi forma de entender la vida y el arte. El proceso creativo es caos, tormento, incertidumbre, entusiasmo, batalla desesperada por rozar la luz… es la verdad que más me interesa del teatro. La justicia poética es la vana esperanza que me sostiene, una de las derrotas que soy. Amor por la diversidad… Es que sin diversidad este viaje sería muy aburrido. La resistencia es una pregunta cada vez más presente. No sé cuánto más podré resistir… La comunidad es aquello que nos han arrebatado o que hemos entregado, si no vendido. ¿Pensamiento crítico? Ese desfiladero, hoy, cada vez es más angosto.

JD: Leyendo tu última obra, uno tarda poco en meterse en la historia y los personajes. Hay momentos en Los brazos contra el cielo en que me vino a la mente el popurrí de Los equilibristas (comparsa gaditana del año 2017, del autor Miguel Ángel Gª Argüez), concretamente la cuarteta en la que le cantan, con especial sensibilidad, a «la rabia, los dientes…»

Raúl: ¿Cuánto más hace falta para que estallemos de rabia? ¿Acaso no tenemos razones para almacenar toneladas de rencor y liberar la ira? ¿Cómo es posible que esto no salte por los aires? Será, como decía León Felipe, porque “ya no hay locos, todo el mundo está cuerdo”. ¡Pues qué sano sería desatar una ola de locura! Y no me refiero solamente a esa rabia “quemacontenedores”, a esa rabia ceñuda y airada -que también me parece totalmente legítima. Pero no, a mí me interesa otra rabia más creativa; eso sí, que no deje de ser rabia por muy creativa que sea. En esta época, la alegría es una forma de esa rabia a la que me refiero. Levantarse una vez más, tras la caída; esa rabia. Reírse, a pesar de todo; reírse a carcajadas con una risa tan afilada que corte más que el cuchillo… y clavarlo. Que cada uno elija su manera de escupir, pero que escupa. Porque la rabia, hoy, es defender la vida.

JD: Reconozco que sentí curiosidad al reflexionar sobre pueblos que pudieran vivir sin gobiernos, pero luego me vino un tufo a distopía cuando pensé en los que no pueden hacerlo sin teléfonos

Raúl: Sin “estos” gobiernos. Pero, en realidad, el problema no son los gobiernos. El problema somos nosotros: el pueblo que ya no es pueblo, porque no se siente pueblo, porque reniega de serlo, porque incluso se avergüenza de haberlo sido. El corazón sabe organizarse él solito, sin nadie que venga, desde fuera, a gobernarlo. Pero la cuestión es que, hoy, el pueblo es un pecho vacío. Y así estamos: arrodillados, sin rubor, ante cualquier bufón que se dice rey tan solo por haberse puesto, sobre la cabeza, una corona de cartón.

JD: ¿Qué, cuáles son los perros que ladran en esta época?

Raúl: Por desgracia, en esta época solo hay perros que ladran… y mucho, todo el día, para hacer el mayor ruido posible y que no se saque nada en claro. Ladrar, ladrar todo lo que se pueda, pero morder, no. Eso nunca. Ya se muerde poquito…

JD: Me preguntaba si hay también en Latinoamérica quien pretende construir maléficos y confusos batiburrillos entre anarquistas y comunistas, o si eso es especialidad de la casa por estas latitudes…

Raúl: Batiburrillos hay en todos lados porque nuestro tiempo ha hecho del batiburrillo su seña de identidad. Y lo ha hecho sin ningún tipo de complejos; al contrario, con orgullo. Pero lo que ha pasado aquí es realmente interesante. Hemos asumido que la Guerra Civil dividió al país en dos; de hecho, se habla con naturalidad de las “dos Españas”… Tal vez, si se le hubiese preguntado a Durruti y a los cientos de anarquistas presos en las cárceles del estado, se hubiese sumado alguna España más, por lo menos. La historia del anarquismo en España es la historia de una persecución y una criminalización importante. Los movimientos y las ideas libertarias se han combatido con inquina por parte del aparato del estado, que no se ha conformado con neutralizarlas. En muchas ocasiones, el objetivo fue hacer desaparecer tanto a las ideas como a las personas que las profesaban… y esa hostilidad no parecía inquietar a nadie, ni a la derecha ni a la izquierda. Y creo que lo han conseguido: hoy día, el anarquismo es poco menos que la expresión residual de un anacronismo, no le han permitido conservar ni siquiera una pátina de romanticismo. Es el margen último de lo marginal. Pero, como diría Galileo, “sin embargo, se mueve…”

Raúl Cortés junto a los otros autores moronenses que participan en la «Tragicomedia de El Gallo de Morón»

JD: Tengo la sensación de que cada día hay más vecinos quietos y mudos, pero igual es que el poder de los medios es eficaz al no siempre mostrarnos a todos aquellos que sí se mueven y que no se callan…

Raúl: Es incuestionable que los medios hacen muy bien su trabajo. El expresivismo es una estrategia política contemporánea tan interesante como narcotizadora. Aparentemente, el derecho de expresión es innegociable, todos podemos decir lo que queramos… pero lo cierto es que se ha vaciado la capacidad transformadora de ese derecho. Decía Walter Benjamin: “El fascismo es permitir que las masas se expresen pero que no hagan valer sus derechos”. Y los medios tal vez deberían preguntarse a quién sirven cuando, con tanta pulcritud, se afanan en conseguir que la gente se exprese, pero no haga valer sus derechos. Durante un tiempo pensé que el periodismo salvaría su dignidad en el ámbito local, que ahí había más espacio para ser intrépido, valiente o simplemente heterodoxo. Hoy esa esperanza también ha desfallecido. Y entiendo que todos tenemos que comer, pero… no sé, hay límites. Estoy pensando, por ejemplo, en Radio Morón Cadena Ser, cuyo nivel actual es sonrojante. Y es la decana del periodismo local y eso, en sí mismo, debería suponer una responsabilidad. No sé si sabes que, hace unos años, se pujó porque Morón tuviese una emisora municipal. Nada queda de aquello. ¿Por qué? Porque Radio Morón hace las veces de emisora municipal: es el mejor portavoz que tiene el equipo de gobierno. Pero no porque Ser Morón sea socialista, no. Estoy seguro de que ocurrirá exactamente lo mismo cuando llegue al poder cualquier otro partido. Por eso, a pesar de lo que se escucha, nadie dice nada públicamente. Los partidos de la oposición callan y esperan su turno, todos… porque ellos, cuando sean poder, también querrán un periodismo domesticado, que les ponga la alfombra y no haga preguntas incómodas.

JD: ¿Cuál es tu pena desnuda?

Raúl: Yo usaría el plural. No hablaría de pena, sino de penas. Pero, desde luego, todas están desnudas porque, por mucho que uno las tape, por mucho ropaje o adornos que uno les ponga, la herida supura igual. Prefiero la pena desnuda, para mirarla de frente. Para preguntarle y escuchar, para aprender, cuanto antes, lo que ha venido a enseñarme…

    …Dejamos aquí la primera mitad de esta charla. La segunda tajada, la que completa esta exposición explícita e íntima al mismo tiempo, se desparramará dentro de siete días. No sé ustedes, pero yo me he quedado con ganas de más…

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