OPINIÓN. La antorcha y el manantial_ “Patas arriba, el mundo al revés”, por J.D. Vidal Gallardo

Detalle de la portada de Patas arriba: La escuela del mundo al revés (Eduardo Galeano).

En 1998, el añorado Eduardo Galeano publicó Patas arriba: La escuela del mundo al revés. Brillante, ingeniosísima, una perla más de cuantas jalonan su bibliografía. Las reflexiones del genio uruguayo solían manar principalmente de la recuperación de datos olvidados, la sabiduría del pueblo, la memoria nativa y colectiva o las voces de los nadie, y en esta obra recopiló de forma original y sarcástica (el magistral arte del doble sentido) ejemplos del nivel de distorsión de la cordura alcanzado en esos días. Realidad “de ombligo en la espalda y cabeza en los pies” propia del mundo de Alicia (recoge la contraportada). Tiempos de incoherencia blanqueada, de falta de integridad normalizada… Y yo me pregunto: ¿Y si allá en ese otro barrio donde ahora se encuentre, Eduardo Germán María Hugues Galeano estuviera elaborando la secuela de aquel tomo, bajo la fiel mirada de su compañero Morgan? Episodios para repasar estos 22 años le sobrarían… Me lo imagino redactando sentado en una silla junto al río de la Plata, parándose el tiempo mientras él recita la sanación de nuestros días majaretas: lecciones de una escuela en la que lógica y sensatez volverían a imperar; en la que la falta de empatía sería corregida; en la que los planteamientos de azotea cucu dejarían de regir y legislar; y en la que la consciencia sería rescatada para decir a la humanidad: che, boludos, la razón se inventó para ser aplicada.

Quizá, en ese hipotético segundo ‘Patas arriba’, Gius recordaría que la libertad de expresión ha de ser defendida como merece, incluso aunque por el hecho de ejercerse moleste a poderes judiciales que a veces olvidan lo de la ‘neutralidad’, a jefaturas de Estado que de parlamentarias tienen poco, o a ‘verdades todopoderosas’ de jerarquías religiosas (Larry Flint y otros ejemplos). Así, frente a las corrientes que tachasen de antidemocráticas las opiniones que pudiesen soliviantar a cualesquiera de las citadas instituciones, el libro recomendaría responder mediante un sonoro “¡Cómorrr?” (¡grande, Chiquito!), seguido de una saludable carcajada y, al fin, el debate y la explicación.

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Quizá, el montevideano haría mención a que, felizmente, la mentira, tras unos años de incomprensible éxito y buena reputación, volvería a ser rechazada, por granuja, bribona y embaucadora. Y a que las redes sociales ya no las potenciarían, sino que las combatirían. Y a que, por ejemplo en nuestro país, los políticos que alertasen sobre rivales que supuestamente pretendieran imponer una forma de Estado diferente a la vigente, serían instruidos para saber que, de ser planteada esa opción, nadie pretendería imponerla, sino llevarla a la voluntad del pueblo, y que, en todo caso, para ello se tendría que pasar antes por un proceso de votaciones en las cámaras representativas, modificación de parte del texto constitucional, nuevas votaciones en las Cortes, y entonces un referéndum. “Aprender ciertos conocimientos democráticos y legislativos antes de intentar alarmar a la gente nos ha venido bien”, reconocerían los otrora hijos del apocalipsis. Dichas páginas también aplaudirían la vuelta de los medios de comunicación a la información contrastada, y el esfuerzo de unos redactores jefes que manifestarían: “Lo de los bulos, montajes, datos parciales y desinformaciones fue una mala racha. Ya renegamos de eso”.

Quizá, la obra mostraría que ya no acapararían portadas quienes pretendiesen utilizar una pandemia para exigir un entierro digno para personas mayores mientras, curiosamente, se opusieran a ayudar a otros que pidieran lo mismo: sacar a sus familiares de cunetas y poder enterrarlos dignamente. Y que las ONG, los voluntarios o los colectivos sociales y humanitarios volverían a gozar del reconocimiento unánime por su valiosa labor, y los ataques llamándolos “chiringuitos” quedarían en el pasado. Y que sanidad, educación y otras redes públicas verían aumentarse sus plantillas de profesionales, sus condiciones y derechos laborales o sus partidas para investigación. Y que las crisis financieras provocadas por los desfases de multimillonarias corporaciones privadas dejarían de ser costeadas por los bolsillos de los ciudadanos. Y que las contribuciones fiscales de las grandes riquezas serían adaptadas con congruencia y justicia, sin paraísos fiscales ni campañas publicitarias de obras de caridad a las que poder acogerse para intentar librarse.

Quizá, el libro se congratularía de que, tras décadas jodiendo al planeta, las personas fuimos (al fin) capaces de entender que un medioambiente enfermo nos manda a todos al carajo; que las artes nos hacen libres; que los colores no buscan excluir o discriminar, sino mezclarse y descubrir nuevos tonos; que los trapos de tela con franjas y escudos, en lugar de para expulsar o atacar a alguien, resultan más útiles si se cosen a otros trapos con otras franjas y otros escudos para sacudir el polvo de la sinrazón e izar la bandera universal del sentido común; que los himnos con letras militares y marciales serían más alegres si no fueran militares y marciales; y que las rayitas pintadas en los mapas no señalan dónde empiezan y acaban territorios o países, sino que son sofisticadas técnicas para dibujar formas divertidas de caras, nubes, botas, árboles o champiñones inversos.

Quizá, Galeano terminaría ese segundo volumen explicando que la tragedia generada por un virus dolería lo mismo que la sufrida por un migrante cuyos sueños se hunden en el fondo del mar; que un delincuente, por bonachón que fuera, tendría que responder por sus actos; que robar un trozo de pan para comer no sería penado; que las casas vacías pasarían de ser empleadas para especular, a ser habitadas por quienes no tuvieran dónde dormir; que nadie cobraría menos por razón de sexo; que el sexo de una persona no determinaría que amase a él o a ella; que el placer gozoso y respetuoso jamás sería pecado y que el pecado sería no gozarlo; que celebrar un gol sería ‘lo más’, pero que aún mejor sería cantarlo este cuando llegase fruto de la belleza o cuando el pequeño pudiera con el grande, lo hiciera o no tu equipo; y que las grandes decisiones de la humanidad serían tomadas por los niños, de sapiencia superior a la de los adultos, quedando estos únicamente para proveer de almohadas las únicas guerras que aquellos ordenarían…

Y así, muchas más corduras que quizá, solo quizá, coparían las páginas de Patas arriba: La escuela del mundo al revés. Segunda Parte (la cual, por cierto, el propio Gius podría ilustrar, aunque, puestos a imaginar, igual se lo pediría al gran Quino, recién llegado a su barrio…). Sin embargo, hasta que Eduardo Galeano nos avise de que tiene lista la obra, no nos queda otra que seguir imaginando, porque por el momento parece que son las locuras las que siguen dominando el marchar cotidiano, sostenido por quienes se empeñan en poner las cosas patas arriba. Quién sabe, puede que también esto sea (aun no pretendiéndolo los sostenedores de nuestro mundo al revés) un homenaje a una de las mentes más lúcidas y de las plumas más comprometidas paridas por el último siglo.

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