OPINIÓN. La antorcha y el manantial_ “Paseo en tren con Lola y Lolo”, por J.D. Vidal Gallardo

Lola: “Oye, ¿qué harás en verano? Yo aún no lo sé…”.

Lolo: Quilla, “¡ya estás pensando en eso? Que no es ni diciembre todavía, por si no tas dao cuenta. ¿Por qué crees que llevo puesto jersey de cuello alto? No veas, con lo que a mí me agobian las cosas al cuello…

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Lola: “Sí, enseguía… No decía lo mismo cuando estuvimos saliendo de shiquillos, que nos íbamos a Cortadura, te daba besitos en el cuello y tú te ponías…”.

Lolo: “A lo que íbamos, Lola. ¿Que qué voy a hacer en verano? Po’mira, como me da a mí que pa’entonces ya vamos a estar a una mijita de na de poder vacunarnos todos y la cosa estará algo más aliviá, voy a ir al mar a diario, eso sí, de siete a diez y media de la mañana, que luego empieza a venir la peña y me plantan la sombrilla al lao de la oreja”.

Lola: “Qué exagerao, tan temprano… A esas horas no está puesta ni la arena”.

Lolo: “¿Qué arena? A donde yo voy no hay eso: yo prefiero las calitas de por asquí, con sus güenas pieras, de las que te señalan la espalda, que luego parece que la llevas tatuá”.

Lola: “¿Y si tanto te molestan las piedras, por qué no vas a playas de arena fina, que también hay muchas en la isla?”.

Lolo: “Porque en las calas el agua está más transparente, y así veo mejor de lejos cuando venga un tiburón, llego a tiempo a la orillita y evito llevarme un bocao”.

Lola: “Lolo, pisha, tú estás fatal de la azotea… ¡Tiburón aquí en Mallorca, dise!”.

Lolo: “Mira esta, qué ilusa… Vi ayer en las noticias que las especies marinas están medio locas, por el calentamiento de las aguas, y ya no saben ni pa’dónde van. Se ven ballenas del Pacífico en Croacia, y truchas escocesas en Japón, y cualquier día de estos llega aquí un pobre tiburón procedente de la costa sudafricana, o una coñeta desde La Caleta…”.

Lola: “Coñeta… ¡La coñeta de tu tía! Oshú oshú…”.

Lolo: “Oye, pues hablando de tías: le han tocao las iguales a mi tía Marta”.

Lola: “¡No me digas! A Marta, sí, claro… ¿La maestra-escuela, no?

Lolo: “‘Maestra-escuela’, qué antigua eres, Lola, hija… No, a esa no, sino a mi otra tía Marta, la que vive cerca de tu hermano Fernando, allí en La Viña”.

Lola: “Ah, ya, a esa tía Marta… Qué bien. ¿Y cuándo ha sido eso?”.

Lolo: “El jueves pasado”.

Lola: “¿Y se ha llevao un buen pellizco o qué?”

Lolo: “Ya te digo”.

Lola: “De lujo, ¿no?”

Lolo: “Un bastinazo”.

Lola: “Oye, ¿por qué no la invitas a que venga unos diítas, y quedamos los tres y nos vamos por ahí a comer pa amb oli y sobrasada rica?”.

Lolo: “Ji ome, ahora quieres que venga, cuando tú nunca las podío ni ver”.

Lola: “Lolo, nanai, eso no, eh… Que estaba de broma, así que no seas injusto”.

Lolo: “¿Injusto?… Pa’injusto lo de tu arbusto, que hay que ver cómo las dejao…”.

Lola: “¿Qué le pasa a mi arbusto? ¿Algún problema?”.

Lolo: “No, na…”.

Lola: “Po’eso”.

Lolo: “Que ponerle forma de orejas de gato al seto… Yo sé que te gusta el tema de la jardinería, y que estás obsesioná con los gatos, pero…”.

Lola: “Pero na, Lolo, es mi arbusto, y hago lo que me sale del guashipei. Si no te gusta, la próxima vez que vengas a mi casa te vas con la vecina, que tanta gracia te hace”.

Lolo: “Quilla, tampoco hace falta que reacciones así, joé. Que me resulta curioso cómo has puesto el arbusto, pero, ojo, que me gusta. Y por cierto…, no sé a qué ha venido el comentario de tu vecina. Ya sabes que la Xisca me cae muy bien, pero no hay más na”.

Lola: “Por mí como si os vais en verano los dos solos de playeo a las siete de la mañana”.

Lolo: “Desde luego, Lola… Con lo salá que tú eres y lo cambiá que estás últimamente”.

Lola: “Que no, Lolo, que estoy de broma otra vez. Además, Xisca es taco de buena gente, y prepara la coca, oh… ¡Pa’morirse! Qué cosa más rica”.

Lolo: “¿Coca? ¿La Xisca le da al tema…? No sabía yo que tenía problemas de drogas”.

Lola: “¿Estás tonto, Lolo de mi vida? La coca de trampó, con su masa, sus pimientos, su cebolla y sus tomates, típica de aquí”.

Lolo: “¡Ah, vale! Pensaba que te referías a la otra coca… Oye, hablando de comida, ¿te vienes a mi casa ahora cuando lleguemos y preparamos algo de cenar?”.

Lola: “No, Lolo, que tú sabes que yo, hasta que no pase la pandemia, si no es para currar no salgo apenas de casa. En verano, si todo va mejor, quedamos cuando tú quieras”.

Lolo: “Po’na, hija, tendremos que esperar hasta que llegue el veranito…”.

   *Miércoles 25 de noviembre. En el trayecto de tren Palma-Manacor, tras un duro día de trabajo y cuando ya casi había logrado quedarme dormido, dos voces comenzaron a sonar en los asientos que quedaban a mi espalda. Al principio, pensé: “No veas la que me están dando…”, pero, una vez desvelado, ¡no me lo pude pasar mejor! Tras media hora sin parar de hablar, se bajaron en la estación de Sineu, mientras que yo tenía aún veinte minutos por delante hasta llegar a mi destino, veinte minutos que pasé riéndome lo más grande al recrear su charla acerca de sus planes de verano, sus explicaciones del calentamiento global, el arbusto con orejas de gato, la coñeta de la prima Marta o los malentendidos con la coca. Lola y Lolo, dos de los muchísimos andaluces que vivimos y trabajamos en Illes Balears. Dos gaditanos a los que ni siquiera llegué a verles las caras, pero que me alegraron la noche. ¿Que de qué trata este manantial? De na en concreto. Bueno, sí: de lo bonito que es escuchar tanto arte, estés en la tierra en la que estés.

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