OPINIÓN. La antorcha y el manantial_ “Mi España”, por Juan Diego Vidal

Miquel tiene 46 años. Casi 20 de ellos los ha trabajado en los campos de vides de Felanitx (Mallorca). Faena regada de horas y horas de desempeño, conocimientos de la tierra, piernas fuertes pero fatigadas, espalda gibada y compañeros alegres que silban, tararean y conversan mientras sus manos no paran de laborar. Hoy, además, es representante de un sindicato de trabajadores, siendo el compromiso con los derechos laborales y sociales su seña de identidad.

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Yolanda, de 34 años, llegó a Barcelona con ganas de comerse el mundo tras terminar Bellas Artes. Como los inicios no fueron fáciles precisamente, afrontó las facturas del piso compartido en el que vivía mediante curros “de lo que fuese” que le iban saliendo. Una casa que limpiar por aquí, un anciano al que cuidar por allá… Casi una década después, sigue siendo empleada del hogar, obra que le reporta el pan con que sustentarse.

A sus 29 años, hace algo más de un lustro que Óscar lleva su música a colegios, institutos y escuelas de toda Andalucía. También a salas y teatros pequeños. Afincado en Granada, amante de las melodías e incansable estudioso de corrientes, autores o instrumentos, este artesano de la educación enseña las maravillas de la fusión a alumnos de infantil, primaria y secundaria (también a maestros y profesores) mediante amenas explicaciones: salsa con rock&roll, reggae con hougaku, clásica con rap, o su especialidad, flamenco con música árabe. Sus clases son pura armonía de convivencia, empatía, tolerancia y respeto por las culturas y pueblos de todo el planeta. Y los niños y niñas que pasan por sus talleres aprenden qué teclas tocar para luchar por un mundo mejor.

Con apenas 20 años, Ana está desempleada. No logra incorporarse al mercado laboral, aunque no deja de intentarlo. Le sobra madurez: lleva desde los 15 sin sus padres, en un centro para menores cerca de Madrid. Sus comienzos allí fueron delicados, padeciendo al principio -dentro o fuera de esas paredes- soledad, miedo e impotencia. Mas nunca desistió, y desde que cumplió los 18 se bebe las oficinas, portando siempre sus papeles, reclamando una oportunidad, pidiendo ser una más y buscando demostrar que su granito de arena será de gran ayuda a la sociedad. Ana no pierde la esperanza, sabe que pronto sentirá el sosiego de poder contribuir, disfrutar servicios, ejercer derechos: verse crecer.

Gaizka, 53 años, ya casi más vasco que de la región que lo vio nacer. Su tienda es muy conocida en los alrededores del bilbaíno Basurto-San Mamés. Sus vecinos tienen en él a un experto asesor informático. No hay cuestión relacionada con internet, webs, redes sociales, diseño gráfico, componentes de ordenador o dispositivos electrónicos que se le resista. Es un referente en la materia incluso para los responsables de pequeños comercios de los barrios colindantes. De sonrisa sonora, corazón generoso y memoria prodigiosa, Gaizka también colabora con distintos proyectos sociales de su comarca.

Y Nuria, enamorada de su casita marinera en Moaña, pero sobre todo del trabajo que desempeña a diario en una empresa de energías renovables limpias, sita en Vigo. A punto de cumplir su quinta década de vida, esta emprendedora de espíritu indomable lleva literalmente la mitad de ella en Galicia, adonde llegó con lo justo. Durante sus primeros años en tierras celtas trabajó en bares y hoteles mientras estudiaba en la Universidad. Tras finalizar las prácticas laborales en la compañía que hoy dirige, esta la fichó, y ahora se encarga de proveer a la población de luz o calefacción procedentes de recursos y fuentes éticas para con los usuarios y respetuosas con el ecosistema.

Miquel, Yolanda, Óscar, Ana, Gaizka y Nuria. Seis de los incontables ejemplos de personas trabajadoras, voluntariosas, incansables y persistentes de la España de hoy. Seis de los infinitos casos de españoles que hacen de este un país de gente noble y capaz. Fieles reflejos de coterráneos que nunca dejan de luchar por una patria que siempre crece y avanza, siempre adelante, siempre a más y mejor… ¿Verdad? Como Julián, albañil al que veo deslomarse desde mi ventana bajo el sol abrasador; o Sonsoles, madre soltera con tres hijos que imparte clases de idiomas. Y así, un largo etcétera.

Les pido que aguanten esas historias en sus memorias. Encuadren a estos protagonistas en sus quehaceres, en sus enclaves. ¿Los tienen? Ahora introduzcan unos mínimos cambios en los datos: Cambien la M de Miquel por la de Mamadou, quien arribó a Baleares procedente de un vuelo desde la península, pero que antes llegó a esta tras tener que dejar su Senegal añorada, atravesar peligros en el Sahel, sobrevivir al Mediterráneo y soportar penurias en los mares verdes de las plantaciones del sur. No cambien nada más: las breves líneas dedicadas a Miquel están referidas, en realidad, a Mamadou. Hagan lo mismo con Yolanda, o mejor dicho: Yasmín, ciudadana ecuatoriana. Óscar es Omar, y es marroquí. Ana es Amal, siria. Gaizka es Gao, chino. Nuria es Nicoleta, rumana. Julián es Joseph, nigeriano. Y Sonsoles no se llama así, sino Sanja, y es eslovena. Ahora sí, lo aquí narrado bajo ‘nombres más españoles’ es tan solo una pequeña parte de sus historias, las cuales se completan con largos tiempos de espera de regularización en algunos casos; explotación laboral sufrida en otros; comunidades y vecindarios de cuyas familias ya forman parte; amigos por doquier; colaboración en las mejoras del barrio; costumbres, creencias, artes o ideas hermanadas con las de donde ahora residen; y un sinfín de momentos dulces y amargos que jalonan sus cotidianas convivencias en este país.

¿Los ven ahora de manera diferente? Decíamos antes: “personas trabajadoras, voluntariosas, incansables y persistentes; nobles y capaces; formadas e inquietas; ciudadanos que hacen una España mejor”, más diversa, más enriquecedora y que mira al futuro. Gente que ayuda a sus familias a salir adelante mientras contribuye con el entorno donde hoy habitan… Les pregunto a ustedes: sabidos sus nombres reales, ¿piensan que ya no son tan trabajadores, ni tan inquietos, ni tan buenos ciudadanos?

   Reverdecen hoy los viejos argumentos ansiosos de sacar rédito(s) y alistar soldados a su causa empleando anticuadas relaciones. Vinculando lo nacional, lo patrio, “lo de aquí”, “lo nuestro”, “los de dentro” con seguridad, trabajo, estabilidad, familia tradicional y carnets de españolismo. Y enfrentando esa relación con aquella otra que vincula lo extranjero, lo foráneo, “los inmigrantes” o “los de fuera” con crimen, escasez de empleo, caos, destrucción de ‘España’ y demás topicazos que en pleno 2020 chirrían lo más grande. Así pues: ¿qué tipo de pensamiento y actitudes creen que son las que permiten avanzar a un país, y cuáles las que lo anclan en una mentalidad disonante con el mundo diverso y abierto que nos enseña la evolución?

Supongo que habrá quien arrime la respuesta a sus más íntimas experiencias. A lo que invito, por el contrario, es a echar un vistazo a la cuestión desde una perspectiva más amplia, a abrir el cuore, a saber mirar con el prejuicio encerradito en una maleta y a emplear esta para conocer (el) mundo*, agrandando así la mente.

*(“El mundo”, sí, porque el viejo recurso de enfrentar a unos con otros azuzando los colores de un trozo de tela, el terruño en el que nacimos, los dioses a los que rezamos o no, el tono de nuestro cutis, el grosor de nuestra cartera, nuestros ropajes o nuestras lenguas no es algo exclusivo rojigualdo [aunque no veas lo arraigado que está aquí en algunos, pisha…]. En Cardiff, un joven enlazaba el hotel donde servía desayunos desde bien temprano con un restaurante a cuyos comensales atendía hasta la madrugada. Y en Bruselas, otro echaba interminables jornadas como camarero-encargado… No se llamaba Jonathan David el primero, ni Jean Damien el segundo: ambos eran un migrante andaluz con las mismas letras iniciales en su nombre. Él también escuchó por dichos lares lo de “Los españoles vienen a quitarnos el trabajo”, “Los xxxxx nos imponen su cultura” o “Los de Xxxxx reciben dinero por no hacer nada”. Por fortuna, JD [que pasó semanas pero no años -como aquí les sucede tristemente a muchos/as- esperando regularizar su situación, aunque mientras tanto no dejó de buscar una vida mejor] vio cómo en ambos lugares esas voces van a menos, de manera que tanto la capital galesa como la belga se despiertan y avanzan cada día gracias a las multicolores manos que las pueblan).

Les deseo un feliz agosto (a pesar del virus pesao y de los abrazos imposibles). De vuelta en septiembre, con la llegada de la nueva temporada, despertaré en un país en el que quizá sigan sonando las recurrentes llamadas a un patriotismo propio de otras épocas con el que, desde luego, no me identifico. Pero suene lo que suene, yo seguiré teniendo claro en qué España creo. Y Mamadou, Yasmín, Omar, Amal, Gao, Nicoleta, Joseph o Sanja son parte esencial de ella. Como ese andaluz que durante años se sintió abrazado por el día a día de otras tierras y de sus gentes.

Pd, Eduardo Galeano soñaba: “Seremos compatriotas y contemporáneos de todos los que tengan voluntad de belleza y voluntad de justicia / hayan nacido cuando hayan nacido y hayan vivido donde hayan vivido / sin que importen ni un poquito las fronteras del mapa ni del tiempo”. Y yo siempre soñé -y soñaré- como él.

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