OPINIÓN. La antorcha y el manantial_ “Los gestos, los sueños”, por J.D. Vidal Gallardo

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Isiaka Funmilayo está a punto de saltar al terreno de juego. Casi cincuenta mil almas animan en las gradas de un estadio abarrotado del que, si todo va bien, su equipo saldrá campeón casi dos horas más tarde. El nigeriano ha sido esta temporada el líder del plantel, jugando un papel relevante en la indiscutida marcha de los suyos al frente del torneo. Ahora, a segundos de saltar al verde, siente que llevará a su escuadra a conseguir un título largo tiempo anhelado por su afición. Isiaka divisa el césped desde el pasillo que precede a los banquillos, huele la hierba, anima a sus compañeros, saluda deportivamente a los jugadores del equipo rival, trata de dejar su mente en blanco… Está listo para salir a jugar. Está deseando salir a jugar y demostrar una vez más su talento. <<¡Vamos allá, chicos. Buena suerte a todos!>>, grita el árbitro principal de la contienda, y los tacos de los futbolistas suenan por decenas enfilando la salida del túnel de vestuarios. Los fans, con sus banderas, papelillos y bufandas, convierten el coliseo en una fiesta. Isiaka, concentrado, sonríe para sus adentros. Está con confianza. Deseaba que llegara ese partido, esa tarde, ese momento, ese preciso instante. Y la afición también lo deseaba, por eso corea su nombre recién asoma en el campo el crack nigeriano, que lo primero que hace es girarse a la grada y saludar a toda la afición. Segundos más tarde centra su saludo en alguien, en una persona concretamente, una persona a la que mira con signo de cariño y agradecimiento infinito pero cuyo rostro no distingue bien. Y de repente… De repente, suena el despertador. Isiaka, medio adormilado aún, lo apaga con su mano lacia. Bosteza, comprueba la hora, comienza a vestirse para ir al colegio y se va a desayunar. Su madre y su hermana pequeña lo esperan en la cocina. “Jo, qué pena que me haya despertado justo cuando comenzaba lo mejor”, se resigna al salir del dormitorio de su humilde piso.

Desde que llegó a Sevilla hace ya diez meses para reunirse con su padre tras haber pasado dos años separados, Isiaka (recién cumplidas 11 primaveras) no había vivido una tarde como la del día anterior. Esa tarde, Joseph, su padre, que mientras espera los papeles de regularización vende pañuelos en un cruce de una conocida avenida hispalense -además de aprender otros oficios e ir cada tarde a clases de español-, le llevó a casa un balón de fútbol, el primero que Isiaka tiene desde que partiera de las afueras de Abuya casi un año antes acompañado de Faith, su madre, y de Kemi, su hermanita. Aquella tarde de finales de abril, una joven vecina del barrio a cuya avenida va Joseph cada mañana desde bien temprano para currar, se dirigió hasta donde él para decirle: <<¡Hola, Joseph! Mira, te traigo esta mochila para Kemi. Está nueva, es preciosa, ojalá le guste a tu pequeña, que me dijiste que empieza en el cole el año que viene. Y esto es para Isiaka>>, y le puso un balón en las manos, respondiendo él con asombro y gratitud. Al parecer, un sobrino de la joven lo tenía en casa desde hacía meses y ni le había hecho caso (no fuera a ser que una simple pelota le quitase tiempo de disfrutar con su nuevo teléfono móvil, con el que pasaba horas y horas viendo vídeos por internet…). El caso es que, ya anocheciendo, Joseph llegó a casa, regaló la mochillita a Kemi, a quien se le arreboló la cara de ilusión, y después Isiaka recibió el balón… ¡Menuda alegría, la suya! ¡Le faltó tiempo para bajar al parque a echar un partidillo con otros niños!

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Esa noche, Isiaka se acostó radiante de felicidad, con la pelota pegada a la cabecera de su cama. Y justo antes de quedarse dormido, tras haberle explicado su padre cómo llegó el balón a casa, un pensamiento se le metió en la cabeza: se prometió con todas sus fuerzas a sí mismo que algún día, llegase a ser futbolista profesional o no, haría todo lo posible por dar con la mujer que le hizo semejante regalo, ponerle rostro y agradecerle su hermoso gesto. Así, cavilando ese deseo futuro, se quedó dormido, y luego… Luego tuvo un maravilloso sueño, el sueño que la alarma acaba de interrumpir, el sueño del que Isiaka ha despertado luciendo dos sonrisas eternas, una en la boca y la otra en el corazón.

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