OPINIÓN. La antorcha y el manantial_ “Lleida, Madrid, Palos de la Frontera, Bojador… Dónde poner el foco y cómo plantear el debate ”, por J.D. Vidal Gallardo

Excelencia

Las sociedades dirigen sus miradas a unos sitios y no a otros en función de dónde es puesto el foco mediático (entre otros tipos de lentes). Y lo que es más importante: las opiniones se conforman influenciadas por el tratamiento, modo y forma en que se proyectan las imágenes e informaciones por parte de las pocas manos -por lo general, no periodísticas en sus más altas cumbres- que rigen los medios. Así de simple resulta (y de preocupante, porque los ciudadanos/as -incluidos quienes somos periodistas- no podemos olvidar que ni los medios de comunicación ni menos aún las redes sociales son los únicos pilares que poseemos para construir nuestro parecer de la realidad). Y así de relevantes son, a la vez, el qué y el cómo se transmite en medios y redes (ya sea a través de periodistas, políticos, economistas, youtubers, artistas…).

Quedarse en el flash, en la primera imagen, en el grito más alto, en el titular más impactante o más cercano a las afinidades, en el decibelio más ruidoso, suele ser cosa de sociedades poco maduras y autocríticas, que se estancan, con herramientas más írritas y perentorias, más tendentes a dejarse llevar por el badajo que hace sonar los miedos. Por el contrario, fijarse y entender todos los rincones de la foto, las circunstancias que contextualizan la información, el bosque que hay detrás de los primeros árboles, el porqué de tal comentario en el bar, las partes que completan el todo, y fomentar el diálogo, es propio de sociedades más avanzadas, menos maleables, que abarcan más, que escuchan mejor. En estos días de tan llamativos flashes en España -aunque casi todos dispuestos hacia unos pocos asuntos y enfocados casi de la misma manera-, quizá estemos demostrando qué tipo de sociedad somos… Ejemplos:

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Detención en Lleida de Hasél, autor y cantante de rap condenado por letras que, según dictan las sentencias, suponen enaltecimiento del terrorismo e injurias a la Corona. Como consecuencia, en diversas ciudades españolas se suceden actos de protesta en contra de la detención. Entre el tratamiento mediático de la noticia y las reacciones sociales derivadas, destacan titulares, declaraciones e imágenes como: “Hasél es terrorista”, ‘El rapero etarra’, ‘Rap contra España’, “No es artista”, motos o contenedores ardiendo en las calles, algún que otro escaparate roto, adoquines de manifestantes contra porras policiales… En esencia, eso y poco más. En esas estamos. Quedándonos ahí, en la fachada del asunto, sin adentrarnos en los muchos pasillos internos que alberga el galpón. Arrojándonos prejuicios y debatiendo poco o nada sobre lo que todo ello connota.

Porque apenas se debate sobre cuán protegidas están o no la libertad de opinión, la libertad de expresión o las distintas posibilidades de manifestación en España. Apenas se debate sobre hasta dónde llegan esas libertades y/o hasta dónde ‘deberían de’ llegar. Apenas se debate sobre si detrás de las detenciones o imputaciones a cantantes, escritores, humoristas, ilustradores o actores, verdaderamente hay límites legislativos traspasados o, más bien, advertencias al resto de la población tipo ‘más allá no podéis ir’. Apenas se debate sobre hasta qué punto están en peligro derechos y libertades colectivas cuando se cercenan las personales (casi siempre, las de los mismos). Se habla sobre si el Hasél de turno es o no un angelito (como si en eso radicara lo relevante del tema), pero apenas sobre si más allá de que se esté de acuerdo o no con sus tuits o letras, estas han de ser constitutivas de prisión. Se habla sobre si lo que ha dicho o cantado o tuiteado es absurdo o coherente, detestable o respetable, vergonzoso o lúcido, pero apenas sobre si esas expresiones (hoy, las suyas; mañana puede que departamos sobre las tuyas) han de llevar o no a alguien a la cárcel, o sobre qué significa semejante situación en democracia.

Apenas nos fijamos en que en muchos otros tribunales e instancias europeas disponen de manera meridianamente más clara qué es libertad de opinión, qué es enaltecimiento del terrorismo o de la violencia, qué es libertad de expresión, y qué no pueden reprimir las autoridades, por altas que estas sean y aun suponiendo ellas el objeto de una burla, crítica o sátira. Se grita sobre si los manifestantes están siendo pacíficos o violentos (como si todos ellos/as fueran uno), o sobre si la policía reparte leña dentro de sus funciones o excediendo en mucho la proporcionalidad de su fuerza, pero apenas se debate sobre el sentir existente en el ánimo de un sector importante de la sociedad; ni sobre lo mucho que cuesta en España que ciertas corrientes expresen su malestar ante el modelo de sociedad que el sistema impone desde hace años; ni sobre si se reprimen o no libertades y expresiones en función del bolsillo o de la condición de quienes las defienden; ni sobre lo ‘normal’ o lo brutal de algunos comportamientos policiales en las calles…

¿Juzgar a alguien por ser o no un capullo, un ejemplo, un santo? El debate ha de ir mucho más allá. No se trata de estar de acuerdo con un rapero, o de pensar igual que ‘x’. Sino de si la libertad de opinión/expresión se protege o se reprime en función de lo que se dice y de quién lo dice. Incluso de si la expresión artística o crítica está bajo sospecha (si así es, chungo para el resto de la sociedad). En los últimos meses ha habido representantes políticos que en entrevistas, mítines o redes han afirmado cosas como: <<estamos siendo invadidos por los inmigrantes>>, o que han asociado a la comunidad musulmana con el terrorismo; o ex militares (cuyo peso en los aparatos del Estado seguramente sea mayor que el de un rapero) que han escrito que <<hay que salvar la patria>> o que querrían <<matar a 26 millones de hijos de puta>>… Ninguna libertad democrática se vio, al parecer, amenazada por semejantes barbaridades. Por no hablar de aquellos ‘delitos’ propios de siglos atrás y que aún siguen siendo vigentes aquí, sobre todo los relacionados con ofensas a banderas, Coronas, familias reales o elementos ligados a fes y religiones. La cordura queda relegada al garete en estas últimas parcelas, cuyas influencias casi siempre someten al sarcasmo, la creatividad o las libertades varias (somos muy modernos pero, frente a reyes y dioses, uno ‘tiene que’ ver, oír y callar, cual habitante que acababa fatal si protestaba contra los sangrantes diezmos y alcabalas…). Medievo 2.0.

Al fin y al cabo, en este Estado se vuelve -una vez más- a mirar la actualidad en función de las jodidas entrañas de cada uno, en lugar de hacerlo de una vez por todas con sosiego y reflexión (¿que aún te preguntas a quién beneficia eso, esa polarización, ese ambiente caldeado? Venga, no me jodas…). Pero es la gente la que ha de empoderar su decisión acerca de los temas de los que hablar o, al menos, de los que no se puede dejar de hablar. El pueblo concienciado y comprometido es el que da pasos adelante. Y difícilmente serán dados los pasos si, por ejemplo, ante lo que está pasando estos días (más allá de la detención de un rapero y las posteriores protestas), se sucumbe a la necedad de quedarnos con el titular que nos interesa y damos por fenecido lo demás. Eso es renunciar a intentar ver un poco más allá.

En ese sentido, quizá vaya siendo hora de que (también desde el Gobierno) se explique si se están asumiendo responsabilidades en los puestos de mando de la policía por las lesiones sufridas por parte de ciudadanos/as cuyas protestas en espacios públicos se hayan ejercido de forma pacífica (para eso se investigan los hechos). O que se explique por qué se condena tan rápidamente a los vándalos que destrozan mobiliario o que hieren a otras personas, y no se procede de igual manera cuando la violencia injustificada es ejercida desde otros ámbitos, incluidos los de poder. Estaría bien también que, de esa forma, los profesionales cabales y sensatos de los cuerpos de seguridad no vieran manchada su labor por los desfases de sus compañeros. O que el sentir y la acción mayoritaria de quienes se manifiestan no se vieran lastradas por los actos incívicos de unos pocos. Pero sea cual sea el caso, ¿por qué no tratar todo con la máxima objetividad posible? (Desde todos los sectores de la sociedad, no solo desde los medios).

Madrid, en los últimos meses, aporta varios chances de estudio. No fueron tratadas de la misma manera manifestaciones con mensajes antifascistas que otras con proclamas negacionistas (de la pandemia de COVID-19). Ni las que tuvieron lugar en Vallecas que las que se vieron en barrios de vecinos de alto nivel adquisitivo. Ni las que protagonizó personal sanitario que las que llevaron a cabo sindicatos policiales fuertemente politizados o sectores de la enseñanza concertada y religiosa. Por no hablar de que también en los últimos días, casi 300 orgullosos falangistas y nazis se concentraron en la capital española para lanzar una serie de eslóganes, proclamas y discursos que además de incitar al odio, al racismo (no solo de índole antisemita), a la xenofobia o al revisionismo histórico y cultural, conllevaron una escasísima reacción por parte de voces judiciales o políticas. Eso sí, esta última quedada cara al sol fue debidamente protegida por las fuerzas del orden (protegido su derecho a manifestarse) y mediáticamente publicitada. Por lo que, por un lado, se observa a nazis sirviéndose de las libertades de expresión que la democracia otorga para, con ello, soltar veneno. Al mismo tiempo, clases privilegiadas bien blindadas. Pero, del otro lado, iniciativas ciudadanas más vigiladas, y letras, representaciones teatrales o viñetas que acaban con sus autores entre rejas o con antecedentes por, supuestamente, atentar contra la democracia… ¿Mismo rasero?

La libertad de expresión y las actuaciones policiales están hoy en el debate público. Y poder hablar de ambas cosas es, en sí, positivo. Debemos poder hacerlo. De nosotros depende lo cualitativo del debate. En cuanto al primer punto y tras escuchar la particular versión de la presidenta de la CAM, Isabel Díaz Ayuso, de lo que es y no es arte o libertad de expresión, el cantautor Ismael Serrano escribió: <<Yo sí defiendo la libertad de expresión de todos los artistas, hasta la del más cutre. Y hasta la del borracho de karaoke. No se trata de lo que es arte y lo que no. Se trata de que nadie vaya a la cárcel por sus expresiones artísticas. Aunque nos parezcan horribles>>. Acerca del segundo punto, habrá quien, tal y como Macarena Olona ha vuelto a hacer pocos días atrás, jalee las cargas policiales para ganarse el fervor de los suyos, citando pasajes bíblicos y calzándolo todo en la horma del belicismo de barrio que tanto agrada en su formación; pero seguro estoy de que serán más los/as que, en lugar de alentar esos comportamientos en modo hooligan, prefieran buscar vías para mejorar las respuestas de los estamentos judicial y de seguridad a las expresiones ciudadanas (no parece muy ético aplaudir la detención de quien agrede, incendia o rompe en una concentración y, al mismo tiempo, no decir nada sobre la porra que lesiona un ojo o que fractura un hueso entre quienes ejercen su derecho a manifestarse).. Quiero pensar que, en pleno 2021, la sociedad ha de ser capaz de exigir actuaciones judiciales o policiales (y mediáticas, políticas, etc.) que busquen una convivencia mejor, y de saber más sobre aquellas prácticas represivas de derechos y libertades que cuanto antes tienen que ser superadas. Es cuestión de soberanía del pueblo.

De ahí lo necesario de fomentar debates públicos que propicien la denuncia ciudadana de los comportamientos que dañen la democracia, máxime cuando vienen de las propias instituciones. Y si el debate transita en torno a libertades personales y derechos colectivos que puedan llevar tiempo siendo recortados: sea. Si analiza cómo la jerarquía ultraconservadora+el apazguatamiento de parte de las izquierdas está logrando que no se hable de nada de esto: sea. Y si versa sobre la acumulación de focos mediáticos, sobre el uso desmedido de gases lacrimógenos, o sobre leyes inmutables desde los tiempos de dictadura franquista: ¡sea! Sea todo debate que sirva para mejorar la democracia, y que en ese debate el empuje ciudadano protagonice el espacio público de forma integradora, abierta y plural, sin amenazas, sin coacciones, sin datos sesgados. Porque cercenar esa parte crucial del debate que a algunos no les interesa, es también ejercer violencia contra la ciudadanía. Y cuanta más violencia sufre la ciudadanía, más se fomentan la indignación y la injusticia. Y cuanto mayor es la indignación, más rabia e impotencia hay. Son esas las mechas prendidas por los poderes (y por quienes con ellos comulgan) para que luego se traduzcan en fuegos. “El fuego de los violentos”, dirán. Y con la excusa de ‘apagarlos’ controlarán más, enfrentarán más a los de abajo, aglutinarán más. He ahí la jugada. Condenarán la violencia de quien quema un contenedor, pero no condenarán (de hecho, ocultarán) otros tipos de violencia.

Lo resume perfectamente el economista y divulgador moronense Óscar Gª Jurado: <<Sin condena. Vivimos en una sociedad violenta. Hay riqueza para que nadie pase hambre, y sin embargo hay hambre. A pocos kilómetros de mi pueblo hay uniformados preparados para matar. Industrialmente. La fábrica de violencia se llama base USA. Pagamos a gente para pegar. Pagamos a gente para violentar a otras. Muere más gente por falta de comida que por coronavirus. La desigualdad aumenta. La violencia es real, permanente y se mueve de arriba abajo. Vivimos en una sociedad violenta que solo se plantea que lo es cuando el de abajo hace fueguitos. La violencia bajo esta economía aumentará. El hambre evitable, la necesidad creada, la injusticia permanente generarán más violencia. Y, me parece, seguirá sin ser condenada>>.

De manera magistral lo explica el periodista y escritor Juan Miguel Baquero, en alusión a las imágenes e información que vamos conociendo sobre el incendio (otro más) que devastó un asentamiento de personas migrantes en Palos de la Frontera (Huelva): <<Aquí no arden contenedores. Aquí arden chabolas de migrantes. Y claro, a quién importa eso. Aquí no arde mobiliario urbano. Aquí arden infraviviendas de personas llegadas de África para nutrir nuestras mesas de frutos rojos. Aquí arden las ilusiones de los desterrados, los olvidados, los nadie. Como los sueños de Niara (19 años, nombre ficticio), que desliza desesperanza hilvanada en un perfecto castellano. Y Said (17 años), un menor de edad que completó una odisea en patera desde su natal Al Jadida (Marruecos) hasta Faro (Portugal). Lleva poco tiempo aquí. Apenas entiende lo que le digo. Quizá descifro en sus ojos una suerte de desencanto. Duele ver el paisaje desolador. Como si fuera un escenario de guerra. Duele el olor a quemado. Las escasas pertenencias convertidas en cenizas. Duele el trasiego de almas quizá medio rotas. Y campos de refugiados en mitad de mi tierra. Duele una sociedad tan hipócrita. Porque aquí no arden contenedores. Aquí arde la dignidad humana. Y eso a quién demonios le importa>>.

Se expone en los escasos trabajos que hablan sobre lo que Marruecos (y todos los Estados -también el español- e instituciones que no hacen nada al respecto) perpetra (desde hace décadas, intensamente en los últimos meses) contra la población de Sáhara Occidental (territorio español hasta antes de ayer), como leemos en este reportaje que repasa la situación de Sultana Khaya en su casa de Bojador: https://www.publico.es/internacional/sultana-khaya-activista-saharaui-retenida.html?

Al parecer, estas violencias no son tan antidemocráticas, así que se obvian y se tapan (los desahucios, otro ejemplo lancinante de violencia masiva ejercida de arriba abajo). Estas violencias parecen no interesar, al igual que tampoco por qué se ejercen, ni quiénes las ponen en marcha. Estas violencias apenas reciben la atención de los focos, seguramente porque esos focos tienen terminantemente prohibido alumbrar otros fuegos que no sean los que hoy interesa iluminar. Y yo me pregunto: ¿Qué tipo de sociedad queremos ser: la que se fija solo en una pequeña parte de los hechos, o la reflexiva que aspira a querer informarse a través de más diversas fuentes? ¿La que se conforma con los poquitos focos que le llegan, o la que es valiente y los pone (los focos) en los terrenos que las clases dominantes prefieren mantener en penumbra? ¿La que apuesta por proyectos que animan a llevar la cultura y la ciencia a todos los rincones de la sociedad (sobre todo a los más desfavorecidos), o la que apuesta por quienes hacen más grandes las desigualdades?

Responda lo que cada uno responda, hay algo que resulta diáfano e irrebatible: cuanto más formada y mejor informada está una sociedad, mejor puede esta reconocer los diversos modos de violencia ejercidos contra ella; más persigue esa sociedad la justicia y la igualdad; más pacífica, empática y tolerante es; y, por supuesto, más libre se desarrolla, tanto a la hora de manifestar sus expresiones como de denunciar los excesos del Poder.

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