OPINIÓN. La antorcha y el manantial_ “La novia”, por Juan Diego Vidal

El día de la boda, la hora del sí quiero, la llegada al templo sagrado, el banquete, la celebración, las familias, los amigos, el novio… Y yo, la novia.

El día de la boda ya está aquí. Parece mentira, pero ha llegado. En apenas unos minutos llegará el coche, conducido por uno de mis cuñados, para llevarme adonde tendrá lugar el acto religioso. Miro a través de las ventanas, el día transpira felicidad, es primavera, suena el canto de los pájaros en el tejado. El tiempo es espléndido. El sol ilumina cada rincón de las calles, y sus rayos, que penetran en la habitación, hacen que me vea radiante cuando me miro al espejo, vestida de blanco para la ocasión.

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La hora clave se acerca, los vecinos se aglutinan en las puertas de sus casas, saben que estoy a punto de bajar y salir al exterior. Entonces podrán verme lista para el gran día. Miro el reloj y me doy cuenta de que estoy apurando mis últimos instantes sola. Es ahora únicamente cuando he logrado un momento para mí, un paréntesis con mi intimidad, un suspiro de necesaria soledad en el que poder escribir estas líneas antes de que vuelvan los peluqueros para rebuscar en mi cabello, los estilistas para opinar sobre mi vestido, las maquilladoras para trucar el sentido de mi semblante, y mis estresados y estresantes familiares.

El templo está, a buen seguro, preparado. Los adornos, dispuestos. El sacerdote, listo, no solo él, también quienes le ayudarán en el oficio, y su repensado sermón. Las flores de la fachada exterior, los pétalos a la entrada, la alfombra en el pasillo por el que dentro de un rato me conducirán junto a mi futuro esposo, los peldaños relucientes… Oigo las campanas a lo lejos, ¿me llaman o me alertan?

El banquete y la celebración, los manjares, los músicos, las mesas engalanadas para la ocasión… Estarán dando los últimos retoques al salón quienes se encargarán de supervisar que todo vaya bien una vez salgamos del templo y lleguemos al lugar de la fiesta. Será entonces el momento de dar rienda suelta a la alegría, el derroche y el descontrol.

Las familias son un hormigueo constante a estas horas, corriendo, yendo y viniendo. Tanto sus padres y hermanos como los míos no disimulan su nerviosismo, aunque ya todos están preparados para la ceremonia. Es un día importante también para ellos. Algunos ya esperan en el santuario, indicando al resto de los invitados dónde poder sentarse. Mis padres y una de mis hermanas me esperan abajo, para acompañarme y no dejarme sola.

Los amigos están exultantes. La mayoría son amigos de él, puesto que nos casaremos en su ciudad. Los míos no han podido venir. Mi pueblo queda lejos. El caso es que los amigos de mi futuro marido comen y beben desde esta mañana. Es un día especial. Ríen a carcajadas, gastan bromas, comparan la calidad de los tejidos de sus trajes, cuentan chistes.

El novio, me dicen, está feliz. Va a casarse conmigo, como él quería. Lucirá un traje hermoso, como un auténtico galán. Podrá mostrar sus mejores galas. Porte no le falta, tampoco medios para deslumbrar a todos. Desde hoy será un hombre casado, como la mayoría de sus amigos y socios del negocio. Un paso importante en sus planes, planes que lleva a cabo tal y como tenía calculado. Él, me dicen, está feliz. Muy feliz. ¿Que cómo estoy yo?…

Yo soy la novia, tengo 15 años, y estoy aterrorizada. Me han vestido como una princesa adulta, pero resulta que no soy princesa, ni soy adulta. Soy pobre, de ahí que mi familia haya consentido darme en matrimonio con quien me escogió. Él sí tiene dinero, mucho, y con lo que ha pagado a mis padres podrá sacarles de algún que otro apuro. Digo hoy, por tanto, adiós a mis amigos, a la escuela, a mi sueño de seguir estudiando y ser independiente… Digo adiós a todo eso porque tengo que cumplir con lo que me ha sido asignado: ser la esposa de un hombre mucho mayor que yo, al que apenas conozco y al que no amo. Una carga menos para mis padres, una esposa joven, virgen y fértil para mi marido, una esclava de sus deseos, una sirvienta de sus necesidades. ¡Me siento sola en el mundo y quiero gritar!

Me gustaría seguir escribiendo, pero ya me avisan: el coche que viene a recogerme ya está aquí. Debo retocarme el maquillaje para que no se den cuenta de que he estado llorando. Ya todo está dispuesto. Los invitados muestran sus mejores galas, brindan, gritan de alegría. Hoy es el día de la boda, y todos esperan a la gran protagonista: la novia…

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