OPINIÓN. La antorcha y el manantial_ “Invierno(s)”, por J.D. Vidal Gallardo

Hay otoños que son más invierno que otoño. Y no todos los inviernos son iguales… Hay inviernos que son más fríos que otros inviernos. Hay inviernos que hielan más y que paralizan más que otros. Inviernos más segadores de palabras que otros. Inviernos más sombríos, más tenebrosos que otros. Inviernos en que la guadaña parece hacerse más grande que en otros. Inviernos en los que el precipicio es igual de vertiginoso, pero la mar infinita se vuelve más comprensible.

Hay inviernos en los que se echa más en falta esa mirada acompañada de un calmo candor. Inviernos en los que el ambiente ahumado de la chimenea vuelve a ser necesario, porque el abrazo que antes todo lo arropaba, ya no está. Inviernos en los que esa risa inconfundible dice: “Es hora de otear nuevos barrios”. Inviernos de acero que se hacen más duros que otros. Inviernos en los que las hojas de la encina no bailan y no te hablan como otras veces. Inviernos en los que resulta más difícil salir a caminar por carriles plagados de mariposas traviesas y perfumados de romero, tomillo y lavanda, que se desmelenan al acariciarles. Inviernos en los que esa foto que tantas veces has mirado, adquiere de repente un significado diferente, más profundo, más rotundo, más doliente. Inviernos en los que el pesar pesa más. Inviernos en los que la memoria queda más olvidada, y en los que el recuerdo abrasa más. Inviernos en los que el verso cuesta más (o menos, según se mire). Inviernos en los que la nostalgia es más nostálgica, la melancolía más melancólica y el llanto más hondo. Inviernos que hacen más insondables los sueños y más palpables las pesadillas. Inviernos en los que la manta tapa menos, la lluvia sana diferente, el té no calienta y el puchero a nada sabe. Inviernos en los que al amigo lo tienes demasiado lejos. Inviernos en los que la impotencia es más potente. Inviernos en los que la cercanía significa menos y la distancia torna más distante. Inviernos que levantan médanos de tinieblas más impenetrables de lo que lo hacen otros inviernos.

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Hay inviernos en los que el desalmado se vale más si cabe de las desgracias ajenas o colectivas. Inviernos en los que el miedo avanza hasta amenazar con hacerte retroceder. Inviernos en los que la cobardía se asienta, la injusticia se regodea y el progreso se estanca. Inviernos en los que resulta más fácil trastocar la realidad y no querer salirse de la zona de confort. Inviernos que vichan con colmillo afilado. Inviernos crueles que intentan que no veas que hay otros inviernos todavía más crueles. Inviernos en los que cuesta más dar la mano a la mano aterida, sea esta como sea. Inviernos en los que las cuevas se hacen más profundas, los silencios más mudos y los ruidos más feroces y más peligrosos. Inviernos en los que la alegría tarda más en lograr salir de la madriguera, que parece tapiada con sólido lacre. Inviernos cuyos vientos silban con más fuerza que en otros. Inviernos en que a la magia le cuesta más hacer de las suyas y burlar su prisión.

Hay inviernos cuyos laberintos son más complejos que los de otros inviernos. Inviernos que duran años e incluso décadas o siglos; inviernos que parecen ser eternos; inviernos…

   Sí, claro que hay también otros inviernos. Aquellos que uno no desea que terminen jamás, inviernos bellos, renovadores, sorprendentes, que te llevan a conocerte mejor, impulsores de cambios, inspiradores a raudales… Inviernos que recompensan la paciencia (requerida en esta estación como en ninguna otra). Puede que esa sea la clave: a veces (muchas veces; casi todas las veces), la llave la tiene la madre de las sabidurías, la paciencia, y el saber mirar, porque son interminables los pasillos e innumerables las puertas de las emociones, de manera que por muchas ventanas cerradas con las que uno se tope, no menos se estarán abriendo al mismo tiempo. Por eso, y a pesar de todo, el invierno siempre (siempre) trae consigo contagiosas dosis de optimismo y esperanza.

(…o quizá sea este uno de esos inviernos de desasosiego, y cuanto mayor es la desazón, más ansía uno creer en la quimera… ¿Qué le vamos a hacer? ¡Qué sería del mundo sin quienes nunca desisten y siempre se reinventan, aun en el tránsito del más largo y frío de los inviernos!).

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